• Caracas (Venezuela)

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Siguen los misterios con la enfermedad del Presidente, ¿por qué? Porque desde el comienzo se escogió el camino de la opacidad; queriendo evitar el uso politiquero de un asunto tan natural como padecer dolencias, se logra un efecto contrario que es estimular el chismorreo, la psicología necrofílica que está en pequeños grupos de la derecha histérica. Están instalados unos criterios para el manejo de estos asuntos que son erráticos, y ya transcurrió suficiente tiempo para enderezar los tiros y recolocar las cosas.

Hay varios caminos cerrados que sólo producen ruidos y confusiones. Uno de ellos es apelar a la “privacidad del Presidente”. Hay que decirlo sin tapujos: un Presidente no tiene –de hecho– ninguna posibilidad de tener secretos aunque tenga todos los derechos formales de poseerlos. Resguardar la “privacidad” de un presidente es tarea imposible; pero invocar tal “privacidad” para tratar un tema tan delicado como su salud es un camino equivocado. Se paga un precio político inútil. Hay otras esferas de su intimidad que pueden correr mejor suerte, pero garantías para ello no existen.

Otro camino cerrado es el del superhéroe que es infalible a esas tonterías de estar enfermándose. Por esa vía se genera un imaginario completamente erróneo que obliga a fabricar fantasías y leyendas de invulnerabilidad que luego se revierten de un modo perverso (hace algún tiempo me ocupé de este aspecto del problema). Como no es ya posible un completo ocultamiento de este tema, entonces prosperan los simulacros y las versiones que no cumplen el papel primordial de informar para desmontar las manipulaciones necrofílicas de determinados opositores. Hacer como si nada ocurre es un poco idiota; hacer un montaje para minimizar esos problemas sigue estando en la misma línea.

Lo que el Presidente hace con su enfermedad no es la discusión, cómo se maneja esa información frente a los ciudadanos es lo que está en cuestión. Nadie tiene interés en estar opinando sobre su tratamiento o curucuteando sobre los detalles de su convalecencia, esos morbos mediáticos se los dejamos a las inframinorías que viven de estas miserias. Estas observaciones van en otra dirección: devolver la normalidad a un hecho que no tiene nada de misterioso: la gente, incluidos los presidentes, se enferman, se curan, se agravan, se mejoran, se mueren, se sanan. ¿Cuál es el misterio? Como lo he sostenido en otras oportunidades, lo más importante en este asunto es que el Presidente cuide de su salud, nada es más prioritario. Mientras tanto, es también muy importante que este episodio recurrente sea manejado con sobriedad, sin fabricar escenarios para mostrar a un Chávez superpoderoso que es incólume a esas bagatelas de enfermarse. Ese camino es enteramente equivocado.

Los temores a las manipulaciones de los adversarios son naturales, pero sin exageraciones. Estar pendiente del basurero mediático para actuar es francamente ocioso. Fabricar versiones para pintar panoramas risueños es errático. Ya sabemos que la “verdad” no existe (es siempre una negociación de poder). Pero de allí no se sigue que se pueda hacer o decir cualquier cosa en asuntos que involucran tan de cerca la figura de la máxima autoridad del país. Nunca será demasiado tarde para poner estas cosas en su lugar, para retomar la sobriedad y la transparencia en la información, para tratar este tema con la naturalidad de suponer que el Presidente se enferma.

No sólo hay una gran mayoría de ciudadanos que esperan con ansiedad noticias sobre la salud del Presidente, sino que todo ese asunto empastela el desempeño completo del Estado, del Gobierno y enrarece ambientes.

Insisto: lo prioritario es que Chávez cuide su salud. En el tránsito sería igualmente importante que la información sobre este asunto fluya con naturalidad, sin misterios, con una franca voluntad de enterar a la gente.

El reto del Presidente es salir adelante y hacer creíble lo que dice sobre su salud.