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Antonio Ecarri Bolívar

¿Por qué la salida es socialdemócrata?

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Después de transitar entre martes y miércoles en tareas partidistas por dos carreteras venezolanas, la autopista regional del centro y la Morón-Coro (ida y vuelta a Caracas y Coro, respectivamente, desde Valencia) con el estress que eso causa en Venezuela, quise descansar un poco. Me senté frente al televisor de mi casa y sintonicé CNN con la esperanza de hacer un “brake” ante tanta noticia pesimista local y, hete allí, que me salió el tiro por la culata, pues el locutor del noticiero informa del último reporte de la ONG  Intermón Oxfan para el Foro Económico Mundial de Davos –obviamente no se trataba de ninguna manipulación comunista, of course – sobre el acaparamiento de riqueza en el mundo con cifras espeluznantes y casi increíbles. En consecuencia, descanso mental, c´est fini.

De tal suerte que nos fuimos a Internet a constatar, en detalle, la información directa de la fuente citada y con este escándalo  hemos topado: “¡Las 85 personas más ricas del mundo, que cabrían en un cine de los pequeños, tienen tanto dinero como las 3.570 millones de personas que menos recursos tienen en el mundo, y que bastarían para llenar tres continentes! 1% de la población del mundo tiene la mitad de la riqueza. Este mapa de lo que se posee muestra, entre otras cosas, que en los países más ricos hay bolsas cada vez más extensas de pobreza extrema y, en los más pobres, élites que concentran la mayor parte del PIB del país. Y una buena parte de esa riqueza concentrada en pocas manos ni siquiera tributa, porque duerme en paraísos fiscales”.

Ya advertía, hace bastante tiempo, el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz que ese aumento de las desigualdades no solo es profundamente injusto sino que también es un factor que impide el desarrollo económico, pues es de Perogrullo concluir que, en la medida que esa grosera acumulación de riqueza continúe, va a aumentar la pobreza y no habrá quien tenga la capacidad adquisitiva para consumir lo que está produciendo la economía de mercado y, en consecuencia, vendrán explosiones sociales que podrían ser conducidas por demagogos populistas o serán reprimidas por gorilas fascistas que se entronizarán en el poder.

Esta realidad social es lo que permite que aún se mantengan en el poder, aunque de manera minoritaria en el mundo, regímenes tan atrasados como el coreano del norte, el cubano o el venezolano, con la excusa de oponerse a tan groseros como injustos desequilibrios, porque todos ellos conducen con más facilidad la ira y la humillación de sus respectivos pueblos. Sin embargo, lo peor de toda esta charada, es que esos gobiernos, de planificación central y pretensiones hegemónicas terminan de desprestigiar, con su ineficacia y corrupción, la alternativa a esas injusticias que es precisamente el socialismo democrático, único régimen que impide que estas desigualdades no generen en conflictos cuyo desiderátum es la tiranía de derecha o de izquierda.

Debemos comenzar por recordarle a las nuevas generaciones de venezolanos que durante los denostados (por el chavismo) 40 años de democracia, hubo un país que surgió de las cenizas de los regímenes militaristas y corruptos, que nos permitió vivir la etapa más larga de progreso y bienestar social, en paz y en libertad. Es menester hacer su balance, pues hubo fallas y errores, pero los beneficios fueron inmensamente mayores que sus equivocaciones. Que no sigamos viendo ejemplos de sociedades atrasadas y gobiernos fracasados como el cubano, sino la sindéresis de pueblos desarrollados, como el alemán por ejemplo, que acaba de inaugurar un nuevo gobierno de coalición socialdemócrata-democristiana permitiendo la necesaria estabilidad que hace viable la democracia y la libertad, sin conculcar los logros de progreso material de la sociedad de mercado.

Sí hay alternativa al neoliberalismo salvaje y al no menos salvaje comunismo decimonónico: es la socialdemocracia, más vigente que nunca y la que nos puede permitir recuperar, en Venezuela, estos quince años de desprestigio del socialismo a manos de un régimen que nada tiene que ver con el idealismo y mucho con el pragmatismo de los negocios y el peculado. Los socialdemócratas sí creemos en el idealismo, pues al igual que Tony Judt pensamos que “la política sin ideales se reduce a una contabilidad social: a la administración cotidiana de personas y cosas a lo cual puede sobrevivir un conservador, pero para la izquierda significa una catástrofe”.

Vamos pues, al reencuentro de los socialdemócratas y los socialcristianos en Venezuela. Ah,  y si hay algún otro pensamiento, avant garde, que se muestre para ver si no es proyecto personal sin ideología.       

aecarrib@gmail.com

@EcarriB