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Edgar Cherubini

El “sacudón” socialista en Francia

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Una profunda decepción corroe la confianza de los franceses que observan cómo empeora su calidad de vida bajo el gobierno socialista, manifestando su indignación al votar mayoritariamente por la extrema derecha tanto en las últimas elecciones municipales como en las recientes del Parlamento Europeo. Ante la caída en barrena de la popularidad de François Hollande (16%) y la decepción, tanto de los franceses como de los militantes de su partido debido a su anodina gestión, el primer ministro Manuel Valls ha conformado un nuevo gobierno como parte del “sacudón” anunciado al país la semana pasada.

El golpe de timón marca un inusitado cambio de rumbo hacia una postura “social liberal” como lo ha declarado Valls. En su discurso ante el MDEF, la federación de empresas privadas, Valls pareciera haber descubierto el agua tibia cuando afirmó contundentemente: “No hay empleo sin empleador”, “Francia necesita de la empresa privada”, “dejemos de lado esa oposición sistemática entre el Estado y las empresas, entre los dueños de empresas y sus trabajadores, entre las organizaciones patronales y los sindicatos. Busquemos más bien la cooperación mutua para encontrar caminos positivos y dinámicos que sirvan al interés general”, y repitió en varias oportunidades: “Yo amo la empresa”. Anunció igualmente el nombramiento como nuevo ministro de la Economía a Emmanuel Macron, el niño mimado de la Banca Rothschild, lo que provocó una ovación en el auditorio pleno de patronos y a la vez una división en el seno de la militancia del PS que sesionaba en su universidad de verano en La Rochelle. A pesar de los aplausos, este gesto del gobierno ha sido recibido con una mezcla de entusiasmo y escepticismo por la empresa privada, asfixiada por los impuestos, mientras puertas adentro del PS ha disparado las protestas de las corrientes intransigentes del partido contrarios a las recetas de austeridad de la UE y opuestos a tener consideraciones con el empresariado. El mismo día que anunciaba el electroshock, Valls fue abucheado por militantes contestatarios y en L’Humanité, el diario del Partido Comunista Francés, uno de sus editoriales titulaba: “Valls acaba de entregar el cadáver de la izquierda al capitalismo”.

El PS tiene una larga historia de desencuentros, y lo que está viviendo hoy se resume en una frase lapidaria pronunciada por Giscard d’Estaing: “El socialismo ha perdido el monopolio del corazón”. Tanto el discurso como las banderas que tradicionalmente ha esgrimido el socialismo ya no tienen el mismo poder de convocatoria ante una realidad compleja como la que viven Francia y Europa en el presente. El resultado de las elecciones de este año al Parlamento Europeo, donde la mayoría de los franceses votaron a favor del Frente Nacional, que entre otras iniciativas aboga por sacar a Francia de la UE y defender sus valores tradicionales hoy amenazados gracias al populismo socialista, confirma que al PS le será muy difícil conquistar de nuevo esos corazones.

A muchos preocupa que las fortalezas de Francia puedan mermar por falta de objetivos claros y una conducción política firme. En 2013 Francia tuvo un PIB per cápita de 34.051 dólares y continúa siendo el principal productor agrícola de la Unión Europea y el sexto más grande del mundo, sus exportaciones ascienden a más de 950 millones de dólares al año, pero en un entorno en el que la economía de la zona euro está estancada, el crecimiento de Francia, “la croissance” que tantas veces repitió Hollande durante la campaña presidencial, se paralizó en 0%. Con una población 66 millones de habitantes, el desempleo ha alcanzado la cifra récord de 3,42 millones, incluyendo los 500.000 desempleados suplementarios en los 2 años que van de gobierno socialista, todo lo contrario a sus promesas electorales.

Obligado por las presiones económicas de la UE y las expectativas de sus ciudadanos, el PS trata de cambiar de rumbo. Esto ha provocado un desconcierto de la militancia, que no sabe si creerle a Hollande cuando ahora se declara “socialdemócrata” o a Valls cuando habla del “social-liberalismo”. Según entendemos, el social-liberalismo trata de conjugar una sociedad económicamente liberal con plena libertad de mercado, con un Estado que controla dominios estratégicos a favor de la justicia social. El social-liberalismo se sitúa más bien en el centro, entre la socialdemocracia y el neoliberalismo y fue la tendencia esgrimida por Tony Blair en Inglaterra y Gerhard Schröder en Alemania, un discurso que habla de la necesidad que tiene la izquierda de modernizarse y adaptarse a las realidades del presente para poder “regenerar el Estado benefactor”.

A los pocos días de su nombramiento, Emmanuel Macron declaró sobre las primeras medidas que tomará, refiriéndose al crédito fiscal para la competitividad y el empleo, así como el pacto de responsabilidad entre el gobierno y las empresas. “En relación con los impuestos –explicó– habrá muchos cambios a favor de las empresas, pero la competitividad no se limita solo al tema fiscal; el pacto de competitividad tiene que ver con la organización empresarial, el financiamiento, la productividad, la ampliación de la gama de productos, el control de calidad, la inversión empresarial, el empleo y una mejor adaptación de la legislación laboral”. Ante los cuestionamientos de la militancia del partido, Macron afirmó: “Nada impide ser de izquierda y tener sentido común”. Macron fue prudente al no hablar de los otros planes que se encuentran sobre su escritorio, entre los cuales sobresale el de la liberalización de las tierras públicas para el desarrollo inmobiliario, esto último, según dicen sus detractores, si bien producirá empleo al activar la construcción, supondrá un impacto ambiental en los patrimonios naturales de las comunas francesas, saciando el apetito de las voraces corporaciones financieras e inmobiliarias. Es el quid pro quo del libre mercado, dirán sus defensores.

Habría que releer a Norberto Bobbio, quien dedicó los últimos años de su vida a analizar las ventajas y desventajas del liberalismo y del socialismo, afirmando que debemos aceptar que “vivimos en una economía de mercado, pero no queremos vivir en una sociedad de mercado”. La idea no es impedir la globalización, sino la globalización sin ley, abandonada al capricho especulativo de las corporaciones y los capitales transnacionales. “El capitalismo propone las razones de la economía, pero la democracia propone los valores del consenso político”. Pero para lograr eso se necesitan estadistas y líderes políticos de envergadura, de los que Francia y la Unión Europea carecen.

En 2011, Pierre Rosanvallon, gurú de la izquierda intelectual, se anticipó al percibir durante las primarias presidenciales del PS, que “se trataba de un enfrentamiento de personas pero no una confrontación de ideas”, que el partido se había “reducido a ser un mecanismo para escoger candidatos”, que no había ni debate ni propuestas.  De allí salió nominado Hollande, quien ha demostrado en sus dos años de gobierno carecer de garra política y una gran ambigüedad, atemorizado quizás por los guardianes del templo de la izquierda conservadora francesa. El costo político de su gestión ha sido tan alto que el último sondeo del IFOP, del 31 de agosto, revela que tres cuartas partes de los franceses (75%) tienen una mala opinión del PS. Aún más, 76% cree que para el año 2017 (próximas elecciones presidenciales) el PS puede dividirse en varios grupos o corrientes. Es de hacer notar que 64% de los encuestados eran simpatizantes socialistas. Pero quien piense que las contradicciones del PS favorecen a sus contrincantes, están errados. 62% de los franceses cree que los partidos políticos “no son útiles”; 75%, que “no son capaces de reformas”; 82%, que “no se han adaptado a la situación actual del país”, y 85%, que “no se aproximan a las realidades cotidianas de los franceses”.

Francia y los franceses poseen las fortalezas necesarias para salir de este peligroso umbral cuando los partidos políticos, actualmente desacreditados unos por su ineficacia y otros por corrupción, entiendan que el futuro del país depende de su capacidad de transformarse. 

edgar.cherubini@gmail.com

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