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Elio Gómez Grillo

El sabio Blas Bruni Celli

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Uno alcanza a distinguir la grandeza de un hombre sabio cuando ha conocido la figura y la obra de don Blas Bruni Celli (1925/2013). Venezolano, larense, hecho bachiller en El Tocuyo y doctor en Medicina y Licenciado en Filosofía en nuestra Universidad Central de Venezuela, desarrolló y llevó a cabo una obra inmensa de sabiduría científica y humanística, admirable y asombrosa.

Como médico se hizo oftalmólogo y profesor universitario en esa y otras especialidades –Histología y Anatomía Patológica–, cuya cátedra fundó en la Universidad Central de Venezuela, donde una promoción médica lleva su nombre. Además, fue profesor de Griego Antiguo y del pensamiento de Aristóteles, Heráclito e Hipócrates. También, catedrático en Inglaterra, en la Universidad de Cambridge.

Sus publicaciones comprenden más de un centenar de trabajos sobre temas médicos e históricos, que inició, apenas veinteañero, con un ensayo sobre el Procerato Tocuyano. Es imprescindible citar sus estudios exhaustivos sobre el doctor José María Vargas, hasta recopilarle sus obras completas y hacérselas editar. Analizó igualmente la figura del sabio Adolfo Ernst.

Fue autor de un libro considerado prodigioso, imprescindible, fruto de una verdadera hazaña personal, como opinan Francisco Javier Pérez, Simón Alberto Consalvi, Edgardo Mondolfi. Se trata de Venezuela en cinco siglos de imprenta. A ello se añaden sus discursos sus prólogos y otros trabajos históricos. Guillermo Morón lo despide vaticinando que “su nombre y su obra quedan para el patrimonio de Venezuela cuando su pueblo desaparezca”

La vida académica de don Blas Bruni Celli es también memorable. En Venezuela, fue miembro de cuatro academias, algunas de las cuales presidió: Academia Nacional de Medicina, Academia Nacional de la Historia, Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales y Academia Venezolana de la Lengua. Internacionalmente, fue miembro titular de la Academia Panamericana de Historia de la Medicina.

Don Blas Bruni Celli es, en fin –como lo dice Atanasio Alegre–, “una luz que no deja de parpadear… el último renacentista, gran maestro”.