• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

Hay que saber caer

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Si hay una acción característica del voleibol, que no se da en ningún otro deporte, es el sistema de rotación mediante el cual, cuando un equipo le arrebata el saque al contendor, sus jugadores giran en sentido de las agujas del reloj para alternar las posiciones de zagueros y delanteros. Este sistema parece haber inspirado una práctica chavista que consiste en turnar a sus incontables enchufados en los igualmente innumerables tomacorrientes burocráticos de la administración pública; pero, lo que por su lógica sencillez y especificidad  resulta un hermoso lance en el balonvolea –como le llaman los españoles–, en el juego político nacional  ha devenido en mascarada para matizar con tonalidades de cambio lo que esencialmente es inmutable: la integración del cogollo cívico-militar bolivariano. Sin embargo, la última jornada de enroques tuvo algo de ruleta rusa dirigida contra un pagapeos que de justo nada tiene y fue sacrificado sin misericordia por su pares pecadores; así, se nos sorprende con la expulsión de un jugador que parecía algo más que comodín del team gubernamental: el inefable electricista que devino en demiurgo de las finanzas públicas y se convirtió en rector de los muy poco acertados planes de desarrollo del socialismo del siglo XXI.

No es la primera vez que el señor Giordani sale del gobierno, como se apresura a reconocer en extensa misiva que, al parecer, guardaba bajo su manga para, llegado el momento de la verdad, como parece haber llegado, cantarle las cuarenta a Maduro; mas, por intentar aclarar lo inexplicable, su carta deriva en confusa minuta de lamentaciones  en la que no se escatiman descalificaciones al heredero: «Resulta doloroso y alarmante ver una Presidencia que no transmite liderazgo, y que parece querer afirmarlo en la repetición, sin la debida coherencia, de los planteamientos como los formulaba el Comandante Chávez», escribe el Monje en esa quejumbrosa epístola en la que tilda a su circunstancial jefe de incapaz, improvisado y despilfarrador.

Lo que no llegó a ser una movida de mata, sino un caprichoso intercambio de posiciones aplicando el gastado esquema colorado de ensayar y errar con los mismos actores en distintos papeles, tuvo en el postrero canto del cisne de la planificación el ingrediente necesario para que el episodio se convirtiera en comidilla de primera plana en algunos medios que, como el ABC de España, nunca terminan de salir del asombro que les produce la peculiar forma de encarar la política por parte de la camarilla que se ha enseñoreado en el país para exprimirlo hasta la última gota. Pero quizá lo más interesante de la cuestión Giordani no es lo que contiene su mensaje, sino lo que puede o debe inferirse y suponerse a partir de él.

Podría pensarse, por ejemplo, que la defenestración del más veterano e influyente de los colaboradores del comandante eterno –empecinado en enrumbar el país por  el incierto y anacrónico sendero de la economía socialista, centralizada y planificada, por lo que su cesación, si a ver vamos, tiene algo de positivo– es parte de una purga ritual previa a la realización del III Congreso del Partido Socialista Unido de Venezuela, a fin de aligerar las cargas que pesan sobre los depositarios del poder y evitar señalamientos y recriminaciones en su contra de delegados críticos y cabezas calientes; una forma de curarse en salud por parte de quien, por ir a la caza de lo que no se le ha perdido, podría ser víctima no de un fantasioso magnicidio atribuible a la oposición, sino de un asesinato político a manos de sus compañeros de ruta en las tumultuosas asambleas militarizadas de ese venidero congreso partidista  que promete ser de órdago.
La decisión de apartar a Giordani de la escena pública también suscita inquietudes sobre la autoría de la misma, porque es poco verosímil sostener que quien es incapaz de desalojar de su casa a arrimados indeseables, pueda asumir responsabilidades de tan grueso calibre; vuelven, pues, a gravitar serísimas dudas sobre quién manda a quién en esta merienda roja, y el fantasma de los Castro se presiente tras acontecimientos que han logrado  desatar por escrito la ira del destituido y desviar un tanto nuestra atención del fútbol y, lo más angustiante, presagian la aplicación sin anestesia de un severo programa de ajustes que agravaría aún más la calamitosa situación del ciudadano común. Pero, ya se sabe, nadie está exento de cometer o decir estupideces, lo malo es hacerlo seguidamente y encima justificarlas o defenderlas. Por eso es importante compartir la creencia de Joël Dicker, autor que se ha ganado el favor del público por su novela La verdad sobre el caso Harry Quebert (Alfaguara, 2013), quien nos advierte que “lo más importante de la vida es saber caer”.