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Antonio López Ortega

Sin rostro

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La Feria del Libro de Guadalajara que abrió sus puertas en diciembre pasado viene a confirmar lo que ya sabemos: que Venezuela ya no existe como país editor ni librero. Dejando de lado los empeños de la librería Lugar Común, y años antes los del Banco del Libro, con esfuerzos tan meritorios como austeros, el país no cuenta con presencia alguna, como tampoco la ha contado en el pasado reciente en la Feria de Bogotá o en la de Buenos Aires, las tres plazas continentales que configuran la vida y el progreso del hecho editorial entre nosotros. Hace apenas dos años, un escritor venezolano residente en Buenos Aires escribía la crónica de un stand bifronte –porque lo compartían Cuba y Venezuela– en el que se mostraba escasamente pura literatura doctrinaria. A ese extremo hemos llegado, pues en el mismo recinto ferial los stands de Ecuador o Bolivia, por poner un ejemplo, lucían espléndidos en cuanto a calidad y variedad. En este campo cultural, nuestro proceso no deja de ser regresivo, por no decir incomprensible: el país de Monte Ávila Editores, de Biblioteca Ayacucho, del Celarg, se asoma a estas citas continentales con criterios de verbena colegial, causando vergüenza y estupor.

Las consecuencias de estas (des)maniobras no se hacen esperar, porque salimos del concierto de naciones al que pertenecemos, del entorno cultural que nos es propio, y quedamos aislados. Vamos perdiendo la carrera de la proyección y el reconocimiento, reflejando tan solo atraso y desmemoria. Ya no hablamos de y desde nosotros, sino que los otros hablan de nuestros problemas como si fuéramos desvalidos. enfermose3scenario internacional nacionaes al qye pertenecemos y nos aislmoso editorial enfermosNo cabe duda de que en el escenario de los valores literarios ya nadie se acuerda de nuestros autores, de nuestras novelas, de nuestros poetas, de la proyección editorial que alguna vez tuvimos como embajadores de la literatura latinoamericana. Para cualquier organizador de eventos, Venezuela es una pérdida (o una sociedad perdida), que vive un anacronismo: siempre en dirección contraria a la senda que llevan sus países vecinos.

El Hay Festival que se celebra a finales de enero en Cartagena de Indias –una de las citas culturales que coloca a América Latina en una vitrina planetaria– debería ser un espacio natural para presentar a nuestros autores mayores: Rafael Cadenas, Elisa Lerner, Victoria de Stefano, Eduardo Liendo, José Balza, Ednodio Quintero o Ana Teresa Torres. Es lo que todos los países de la región hacen con sus autores, menos Venezuela con los suyos. En nuestro caso es incluso peor, porque si alguna política de proyección se define esta sería la de negar lo que tenemos para sustituirlo por proclamas del Che Guevara o de Ho Chi Minh. Para las directrices oficiales, el enemigo parece ser el interno, sin que nunca se reflexione sobre el terreno que vamos perdiendo y que, por ausencia, otros ocupan para proyectar sus valores culturales mientras los nuestros pasan al olvido.

una vitrina planetaria que colkoca a LAtniaomnero en Cartegena dIndiasanizador de evetnmos, Venmezuele es una pEn definitiva, somos un país sin rostro, o sin cultura. Los más memoriosos recordarán a Andrés Bello o a Rómulo Gallegos, y en tiempos más recientes el premio Octavio Paz para Eugenio Montejo o el Juan Rulfo para Rafael Cadenas. Pero más allá, o más acá, los comentadores hacen silencio para no pasar por ignorantes. Los nuestros son autores solitarios, cuya proyección de obra se debe al esfuerzo propio de cada quien o a las relaciones que hayan logrado entre amigos y editores que los valoran. Pero no hay país que los apoye o reconozca, pues la terredad de la que hablaba Montejo luce hoy enajenada, por no decir contaminada, por factores externos –esos sí– a nuestra cultura. Quienes contra viento y marea la sostienen, incluso contra injerencias foráneas, merecerán nuestro respeto. “El país más verde” (Montejo dixit) reflorecerá algún día.