• Caracas (Venezuela)

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Federico Vegas

El rompimiento

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Una vez le comenté a mi tío Miguel Ángel que en Venezuela siempre ha existido corrupción. Mi tío estiró el brazo con la mano abierta, como sopesando el peso de mi cacareado e inútil argumento, y contestó: “También es cierto que la tierra siempre se está moviendo, ajustando sus grietas, dilatándose y encogiéndose. Pero a veces lo hace con la violencia de un terremoto y se caen los edificios”.

Me tomó tiempo entender su lección. Los efectos de la corrupción, al igual que el de los movimientos telúricos, dependen de su intensidad, duración y la fortaleza de las estructuras afectadas. Después del terremoto de 1967 se revisaron a fondo las normas sísmicas, pero poco se está haciendo para preservar nuestras instituciones, hoy descalabradas por la más expandida de las corrupciones que ha conocido este país. No solo se ha abierto la caja de Pandora, se perdieron hasta las bisagras.

Todos coinciden en que la segunda parte de la palabra corromper viene del latín “rumpere”: partir, hacer pedazos. Sobre el prefijo hay dudas. Unos proponen que viene de “cor”: corazón; otros de “con”: juntos, globalmente. Prefiero esta segunda opción por ser más operativa. No se refiere tanto al centro del asunto como a la manera en que los hechos ocurren, se entrelazan.

Aunque mi primer contacto con la palabra corrupción tuvo que ver con ese corazón que se rompe, popularizado por el famoso proverbio de Chaucer: “Es mejor sacar la manzana podrida del montón, que dejarla para que estropee a las buenas”. En mi colegio se usaba a mansalva esta máxima para expulsar a alumnos cuyo comportamiento era, en realidad, una consecuencia más que una causa. Señalar al corrupto suele ser la manera de enfrentar lo podrido. Es una salida fácil e hipócrita, pues la palabra corromper nos está echando en cara, desde sus mismos orígenes, que se trata de algo que hacemos recíprocamente y requiere la participación de, al menos, dos personas. Su condición transitiva, bilateral, compartida, es muy distinta a esa suerte de putrefacción aislada señalada por los profesores para evadir sus responsabilidades.

Solemos prestarles más atención a los corruptos que al sistema en que estos participan. Si la lucha contra la corrupción se limita a la extracción de las manzanas podridas, llegará un momento en que se olvidará incluso el objetivo principal: producir manzanas sabrosas y repartirlas con justicia. Desde esta perspectiva podemos intentar contestar la pregunta: ¿Por qué estamos tan corrompidos y de una manera tan creciente, capaz de invadir toda instancia?

Cuando un policía detiene a un ciudadano por cometer una infracción suele surgir una variante: “¿No podríamos encontrar otra solución?”. Al final el infractor termina recibiendo un castigo por su falta y el policía un pago por su trabajo… Pero, entre ambos han desechado lo impuesto por la ley. En semejante ruptura influyen dos variables importantes: la diferencia de poder entre las partes y la sensatez de las leyes que se han roto recíprocamente. Mientras mayor sea la diferencia de poder y más inoperante el sistema vigente, más probable resultará que se imponga una situación cada vez más desfavorable para el ciudadano, hasta marginarlo en un sistema paralelo e incierto que puede llegar a prevalecer sobre el orden preestablecido.

En su ensayo “Etimología de la corrupción”, Mauricio Merino plantea que, a partir de esa ruptura, “lo que fue no deja su sitio a otra cosa, sino que conserva algún rasgo de sus orígenes, traicionándolos”. Parece ocurrir espontáneamente, pero se “produce por la intervención de alguien con suficiente poder para alterar el sentido que la cosa corrupta habría tenido si hubiera logrado evolucionar de acuerdo con sus propios orígenes”. De manera que cambiamos sin cambiar y quedamos bajo un cascarón sin estructura, tan frágil como falso. La gran trampa de la corrupción es que nos impide revisar a fondo “la naturaleza original de las leyes que nos afectan a todos”, contestar de una manera libre y colectiva la pregunta: “¿No existirá otra solución?”.

¿Cuáles son las posibilidades en Venezuela de una justa y legal reciprocidad entre los ciudadanos y la autoridad? Un poder cuyo principal objetivo es mantenerse intacto, hasta sofisticar la negación de toda alternativa, revisión y equilibrio, genera una relación tan corrupta como corruptora. En este limbo vivimos, esperando a que una sacudida nos entregue el testimonio de nuestros propios escombros.