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Sergio Antillano

Un rinoceronte eterno

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En los días revueltos de la Revolución francesa, la muchedumbre que invadió el Palacio de Versalles, encontró animales vivos enjaulados o encadenados. Era la colección zoológica que Luis XV había creado en su palacio. La mayoría de esos animales cautivos, fueron regalos de otros monarcas o capturados en expediciones; traídos desde tierras remotas hasta esa estancia real.

Un rinoceronte negro, encadenado, estaba entre esos seres “exóticos” que atesoraba la realeza francesa. En la efervescencia del momento, los parisinos irredentos liberaron a los animales prisioneros del rey. No eran tiempos de cadenas. Y el rinoceronte fue integrado a la marcha hacia París del río de gente alebrestada que arrió el africano animal, todo el largo camino hasta el epicentro de la revuelta.

Llevar a pie y bajo control un rinoceronte de gran tamaño y contextura, de más 1.300 kilos de peso, evitando sus embestidas y cornadas durante el trayecto de la multitud eufórica, desde Versalles al centro de París, debe haber causado impensables penurias a los rebeldes… y al animal liberado. Tanto fue así, que el rinoceronte, extenuado y confuso, murió en medio de vicisitudes que sucedían en las estrechas y congestionadas callejuelas del diminuto casco urbano del París de entonces.

No obstante, en medio de aquellos días de guillotinas y anarquías, de sueños y utopías proclamadas, de atropellos y temores, de muertes y embestidas; en medio de esa descomunal locura colectiva que intentaba cambiar el curso de la historia, hubo quienes se preocuparon y quienes se ocuparon de salvar la piel y forma de aquel particular animal… Le hicieron la taxidermia y conservaron el ejemplar, disecado… preservado para siempre.

Transcurridos más de doscientos años, ese rinoceronte de una especie también llamada “de labio ganchudo” (Dicerosbicornis), atrapado en África, traído a Versalles como juguete del rey, encadenado y exhibido en la privacidad del palacio y luego liberado por las masas y muerto en medio del fragor de la Revolución francesa, mira ahora a los visitantes desde una inmensa caja de cristal en la Gran Galería de la Evolución, del Museo de Historia Natural de París. Allí, su esbelta contextura, cuenta su historia y es preservado para siempre por un museo; forma parte de una conmovedora sala en penumbras y ambiente mortuorio, donde hermosos ejemplares de animales nos narran la tragedia de sus especies ya extintas o a punto de desaparecer para siempre del planeta. El rinoceronte negro es parte de una especie en grave peligro de extinción que cuenta ya con una subespecie extinta.

Ese ejemplar, que conserva disecado el museo francés, es el testimonio permanente de la forma en que nos relacionamos con los animales… y en la cual ellos llevan las de perder. Pero, al mismo tiempo es un conmovedor ejemplo de cómo hay siempre, personas que piensan en el porvenir y preservan lo que pueden, aunque la locura o brutalidad domine el momento y escenario colectivo.

En las semanas posteriores a la liberación de los animales de Versalles, cuando las cosas estuvieron más calmadas, algunos idearon y crearon con esa fauna liberada, el primer zoológico público de la historia, guiados por la premisa de que todos tenían derecho a recrearse y disfrutar de esos animales singulares, de tierras lejanas, que hasta ese momento, sólo la realeza podía ver. Nació allí la idea originaria de los zoológicos de hoy y seguramente resolvieron con ello los problemas que estarían causando osos, tigres, guacamayas y demás animales realengos en la París rebelde del momento.

Los museos de ciencias guardan ejemplares disecados, pieles, plumajes, esqueletos y otras partes de animales de ayer y de hoy. Los zoológicos guardan y preservan ejemplares vivos y muestras de sus hábitats o ecosistemas. Ambos estudian, preservan y divulgan el valioso patrimonio bio-genético de este planeta diverso. Son instituciones imprescindibles para investigar, conocer, preservar y educar sobre la fauna. Son poderosas herramientas de educación contra la extinción y la ignorancia.

En el mundo, hay miles las especies de fauna en vías de extinción. En Venezuela, el “libro rojo de la fauna venezolana” ubica en casi 750 las especies camino a desaparecer. Para evitar ese holocausto un país requiere de museos, zoológicos y, sobre todo, personas como aquellas que pensaron en el futuro y taxidermizaron al rinoceronte mientras París ardía por todos lados.

 

*Planificador ambiental, especialista en museos. Ingeniero