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Maximiliano Tomas

El rey de todas tus pesadillas

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A pesar de lo que algunos entusiastas del formato audiovisual pretenden, y como si hiciera falta remarcarlo, la literatura y las series de televisión son dos cosas muy distintas. Entre ellas puede haber lazos en común, y de hecho existen marcadas influencias literarias en algunas de las mejores series de la última década. Pero ninguna ha venido a reemplazar a la otra, ni a declarar la muerte de nada. Las series son, sencillamente, las estrellas de la industria cultural contemporánea: como producto han demostrado un evidente salto de calidad en muy poco tiempo, y con la masificación del uso de la web sus audiencias se tornaron globales (algo que a la literatura le resulta prácticamente imposible lograr). Las series no son literatura como tampoco son cine: abrevando en ambas artes, se han transformado en máquinas narrativas de otro tipo, que reclaman ser pensadas con toda la carga de novedad que traen consigo. Las series parecen ser, sobre todo, las principales moldeadoras de la imaginación popular del siglo XXI (y para demostrarlo ahí tenemos clásicos tan recientes que el adjetivo resulta incómodo, cuando no un verdadero oxímoron: Lost, The Wire, Breaking Bad).

House of Cards fue quizá la serie más sorprendente del año pasado, y además presentó algunos rasgos originales en su producción y en su formato de distribución (realizada por Netflix , el día de su estreno se liberó la primera temporada completa: el golpe de gracia que le faltaba a los viejos tiempos televisivos). Pero mientras la segunda temporada de House of Cards, exhibida esta semana, no mostró nada demasiado notable, desde el 13 de enero hay otra serie que no deja de cosechar seguidores y sembrar polémicas: se llama True Detective , la produce HBO (el sello de calidad por antonomasia), está protagonizada por Matthew McConaughey (el candidato a ocupar el puesto de gran actor dramático que dejó vacante Philip Seymour Hoffman) y Woody Harrelson, y la concibió íntegramente un escritor desconocido de 38 años de apellido italiano, Nic Pizzolatto. A poco más de un mes de su comienzo quedan apenas dos capítulos para el fin de la primera temporada (para la segunda cambiarán tanto los protagonistas como la trama central) y Pizzolatto ha realizado su propio sueño americano: de un día para el otro se ha convertido en una celebridad con fanáticos entre los que se cuenta el propio Barack Obama.

¿Qué es lo que hace diferente a True Detective? Hablar del guión, las actuaciones, la dirección y la fotografía es poco menos que un lugar común: en la actualidad, para poner al aire este tipo de productos todos esos rubros deben ser sobresalientes (aunque hay excepciones, como la muy fallida The Following ). Y la historia, como siempre, es lo de menos: una pareja de detectives que investiga a un asesino en serie que comete crímenes rituales. El escenario es el sur de Estados Unidos, con su carga de soledad, humedad y religiosidad, y los policías sobrellevan como pueden sus propios demonios. Los brutales asesinatos ocurrieron en 1995. La actualidad de la serie transcurre en 2012. Los tiempos narrativos son complejos: la trama se desteje a través de las entrevistas en tiempo presente a los detectives que interpretan McConaughey y Harrelson. ¿Por qué la policía los convoca después de tantos años, por un caso que se supone ya habían resuelto? Porque puede que se hayan equivocado y el asesino siga ahí. Los flashbacks le permiten al espectador, además de asistir al despliegue de la historia como ilustración de los relatos de los detectives, comprobar que las cosas no sucedieron como las cuentan. Mienten: todos mienten en una serie que se llama True Detective (¿Detective verdadero o la verdad del detective?) y donde nadie es quien dice ser.

Mucho se ha discutido sobre demasiadas cosas en apenas un mes. El rol de las mujeres en la serie, por ejemplo: ciertas críticas señalan que son apenas un vehículo para la realización del deseo de los hombres , o que se las trata muy mal. También se habló de una nueva visita de la ficción a los pecados capitales, y sobre el tinte nietzscheano de los devaneos existenciales del personaje de McConaughey. Se han buscado, encontrado y señalado las principales influencias literarias y filosóficas de Pizzolatto: The King in Yellow, una colección de relatos de Robert W. Chamber publicado en 1895, y el ensayo de carácter existencial La conspiración contra la raza humana, firmado por un tal Thomas Ligotti y publicado en 2010. Pero como hemos dicho al principio, esto no es literatura, así que tampoco importa demasiado.

Lo que hace a la singularidad de True Detective es, sobre todo, la pregnancia de su universo simbólico: Pizzolatto ha aprendido de Twin Peaks la importancia de mantener la intriga sobre el asesino; de Lost la creación de un personaje o una influencia malvada de tintes míticos (el “Rey Amarillo” al que se alude y se responsabiliza por los atroces asesinatos); de Treme la ambientación en un escenario ominoso, como pueden ser a veces las llanuras y los pantanos del sur de los Estados Unidos, y su importancia en la historia como un personaje más. Los símbolos infernales están por todos lados (espirales, estrellas negras, tatuajes numéricos y cornamentas) y se entremezclan con su aparente reverso, las cruces de neón de los créditos de apertura. El poder de las imágenes en True Detective es tan atractivo como opresivo, y allí reside una de las claves de su éxito. Es como si cada cuadro volara como una flecha directo al inconsciente y allí se clavara para pudrirse con el tiempo, y germinar las peores pesadillas.