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Sergio Dahbar

Hay rey para rato

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La pregunta que cualquier fanático de Stephen King debería hacerse hoy es qué lugar ocupará esta pluma hemorrágica de Maine, Estados Unidos, cuando muera. ¿Ocurrirá como sucedió con Alejandro Dumás, que primero fue popular y después de muerto se convirtió en un clásico respetado por su talento literario? Difícil saberlo ahora.

Recientemente el periodista español Miguel Mora conversó con Stephen King, a propósito del lanzamiento de Doctor sueño (Plaza & Janés, 2013), curiosa continuación su tercera novela, El resplandor (1977). Y le hizo la pregunta de rigor.

Le costó responderla al escritor, entre otras cosas porque King no sabe celebrarse a sí mismo (por suerte) y piensa que es un profesional cuyo primer deber es trabajar atado a la silla todos los días. Hablar de sí mismo no es una de sus caracterísitcas más convincentes.

Como buen lector que es, King sabe que la eternidad de los escritores es rara. Algunos sobreviven y otros desaparecen, por razones caprichosas que se escapan a la lógica de las evaluaciones literarias más sesudas.

King no comprende por qué se lee todavía a Stanley Gardner (autor de Perry Mason), mientras hoy James M. Cain (autor de El cartero llama dos veces) duerme en el olvido. Los hábitos de los lectores son inescrutables y crueles.

Con Stephen King ocurrió como con tantos artistas. Al principio la gente se avergonzaba de reconocer que les gustaban sus novelas. Rápidamente fue etiquetado como un maestro del terror. También fue ubicado en el estante de los escritores populares, que era una manera de recordarle que podían leerlo masivamente, pero que no era reconocido por la gran literatura.

Cuando en 2003 obtuvo la medalla del National Book Foundation por su contribución a las letras americanas, un año después de que recayera en Philip Roth, la justicia comenzó a colocar las valoraciones en su justo sitio. Joshua Rothman escribió en The New Yorker que todos los súbgéneros literarios fluyen por su literatura y siempre desembocan en Maine.

El escritor de novelas policiales Walter Mosley comentó que King conocía de manera instintiva miedos profundos de los americanos. Miedos a los sucesos sobrenaturales, pero sobretodo miedo a la pobreza, la soledad y el hambre.

King ha escrito 50 libros y ha vendido 300 millones de ejemplares en 40 años. Sigue siendo un vecino cualquiera de Maine, que odia a los republicanos y a las armas. Le gusta regalarle su dinero a las librerías de pueblos pequeños y quisiera pagar más impuestos.

King sabe que el dinero puede ser un compañero esquivo. Cuando su madre moría de cáncer, no pudo darle el tratamiento que hubiera querido, para que se sientiera como una reina. Carrie (1974) se vendió un mes después de su muerte, cuando ya el dinero no hacía falta.

Ahora su nombre vuelve a la boca de sus lectores, libreros y editores porque al publicar Doctor sueño, rescató del olvido a Danny Torrance, aquel niño maltratado por su padre alcohólico, que posee el talento de leer los pensamientos de los otros.

Danny Torrance tiene ahora 40 años, es un bebedor insigne como su padre, que cuida enfermos moribundos, asiste a las reuniones de alcohólicos anónimos y se enfrenta a una pandilla de vampiros que comen niños.

Rara vez las cosas buenas se repiten de la misma manera. King debía saber que una secuela de El resplandor era atractiva, pero peligrosa. Habían pasado demasiados años entre 1977 y el presente.

Por eso escogió a Danny Torrence como protagonista de una novela de acción entretenida, que se lee rápidamente, y que no dejará a ningún fanático de King fuera de lugar, como ocurrió con algunos de los que leyeron 22/11/63, ficción sobre el hombre que regresa al pasado para matar a Oswald y salvar a Kennedy.

Con 65 años, pareciera que hay King para rato. Para el horror puro y duro; para las voluminosas novelas apocalíticas que encierran una metáfora sobre el lado feo de los americanos; para los divertimentos como Joyland y Doctor sueño…

Como ocurre con Clint Eastwood, otro mito americano que envejece con nobleza de espíritu; King mejora con los años, como las buenas bebidas. Nunca olvida sus orígenes. No quiere dejar de ser ese personaje de bajo perfil, que paga las cuentas, saca la basura y se pregunta que qué pasaría si al vecino del frente le cortaran la garganta.