• Caracas (Venezuela)

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Carlos Delgado Flores

Cuatro revoluciones

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Hace algunos días escuché a un dirigente estudiantil decir, en una reunión donde se discutía sobre las iniciativas de relación entre el movimiento estudiantil y la sociedad civil, que “eso es hacerle el juego a la antipolítica”. Pensé para mis adentros “¿qué edad tendría este chamo en 2002?”. “¿Puede este joven tener alguna conciencia de lo que han sido los últimos 25 años de la vida política venezolana, así no los haya vivido?”. Y al comentarlo con un amigo y colega nos dimos cuenta, nuevamente, de que esta medianía de la política venezolana de la cual todos nos quejamos tiene su origen en un hecho cotidiano harto probado: que nadie da lo que no tiene y que si nuestro liderazgo político no tiene conciencia histórica y sí abundante vocación por el mercadeo, especialmente el de tipo electoral, es porque la tecnocracia y el burocratismo prefieren las explicaciones antes que las comprensiones, el liderazgo legitimado por el cargo antes que el liderazgo legitimado por la gente, dados los recortes de realidad en donde trabajan, cómodamente instalados en sus saberes consagrados, que se tienen por verdaderos sin complicarse demasiado la existencia.

Desde luego, no es sensato aspirar a que los estudiantes tengan tal nivel de esclarecimiento, cuando quienes tenemos el compromiso de formarlos tampoco lo tenemos. Si un dirigente estudiantil ve en el diálogo de los estudiantes con la sociedad civil la actualización de la crisis política de los noventa en Venezuela y no la oportunidad de construir alianzas para el rescate de la democracia y la reconciliación nacional, es porque no sabe verlo, lo cual le da razón a Grigory Bateson cuando afirma que vemos desde donde sabemos, o mejor aun a George Lakoff cuando nos dice de los marcos conceptuales que son “estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo; todas las palabras se definen en relación con marcos conceptuales. El cambio de marco es cambio social”, o mejor todavía, a Albert Einstein cuando afirma: “Pretender resultados distintos haciendo lo mismo es locura”.

Así pues, podríamos decirle a nuestro amigo que los estudiantes no son un partido ni una ONG: son un gremio de la corporación universitaria, pero que una vez que asumen misiones de cambio histórico lo hacen como un gigantesco vaso comunicante entre los sectores de un país. Que tal y como han ido evolucionando las cosas en nuestro país, el centro político de la oposición se va configurando en un eje liberal antes que en uno socialdemócrata, al tiempo que el oficialismo se debate entre un corporativismo de corte estalinista y un nacionalismo desarrollista de base militar (queda a libre elección cuál de los dos es peor mal).

Podríamos decirle también que tal y como lo hemos venido sosteniendo en artículos anteriores, el gran problema del liberalismo es que no contempla la solidaridad, por lo cual hay que construírsela, en nuestro caso no con base en políticas públicas (para lo cual habría que llegar a ser gobierno), sino en la organización social, y en este sentido es útil examinar las revoluciones recientes de Europa oriental, no reivindicadas por la izquierda porque han sido liberales, pero tampoco entendidas plenamente en lo que tienen de liberador más allá de las doctrinas; revoluciones autolimitadas como las llamó Jacek Kuron, a partir de su conocimiento de la experiencia de Solidaridad en Polonia (1989), la cual tiene algunas cosas en común con la Revolución de Terciopelo en Checoslovaquia (1989), la Revolución buldozzer de Otpor en Serbia (2000) y la Revolución Naranja en Ucrania (2004), a saber: a) la combinación de las acciones entre partido y movimiento; b) la orientación de las acciones para operar la transición hacia la democracia desde regímenes autoritarios; c) la vinculación del proyecto político a la escala geopolítica, involucrando  intereses regionales o hemisféricos. Y d) la decisiva presencia de los estudiantes como vínculo entre los sectores del país.