• Caracas (Venezuela)

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Antonio Sánchez García

Los revolucionarios están indignados

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Los revolucionarios están indignados. De forma y fondo. De fondo, pues perdieron alcaldías emblemáticas por las que daban la vida, como Caracas, Valencia, Maracaibo, Barquisimeto o Mérida, sin cuyo control no hay estado comunal ni asalto al Cuartel Moncada que valgan.

¿Cómo imaginarse el poder de los bolcheviques y su régimen soviético con ciudades como Kiev, Leningrado y Moscú en manos de los mencheviques? Y eso en 1932, a 14 años del asalto al Palacio de Invierno. Un desastre verdaderamente inenarrable, como lo señala un análisis temprano de la agencia de noticias Aporrea arriba citado.

En cuanto a la forma, el dolor raya en la tragedia. “Tóvarich Lenin, no se caiga de espaldas: ¡se perdió Barinas!” hubiera dicho el camarada Gustavo Machado, si consecuente con la eternidad que prometía el comunismo no se hubiera muerto de un yeyo el 17 de julio de 1983. La Tiflis en que nació Ioseb Besarionis dze Jugashvili, alias Stalin, ha caído en manos de los rusos blancos. Los mutilados y encerados restos del teniente coronel Hugo Chávez, el mensajerito del Zar de todas las Cubas, no encontrarán reposo.

Barinas, que viera correr descalzo al granuja de Misia Elena, - Huguito, pues, el loquito de las arañas -,  ha caído en poder de la derecha. Y conste que el Cuartel de la Montaña, la Wolfsschanze o guarida del lobo que hubieran llamado los nazis y en la cual estuvo a punto de perder la vida el Führer, también estuvo a un tris de perderse en manos de la derecha si no hubieran mediado acontecimientos de los que más vale no menealle, en honor de la salubridad de los sucesos. Que si no metían la mano hasta la cacha de la espada en el CNE también perdían la última esmeralda de la boina de la Comandanta Suprema: nada más y nada menos que el propio municipio Libertador.
 
De modo que por los predios de Miraflores y tras de esas coloridas bambalinas que hacen coro a interminables cadenas de auto bombo huele a velorio, a conciliábulos, a sahumerios. Maduro quisiera llamar al orden al general Leopoldo Cintra, el gobernador mercenario de los Castro in partibus infidelis, para q ordene el despelote montado por los babalaos, santeros, paleros y tabaqueros del sótano de Palacio que le aseguraron el mismo sábado a la luz de la luna que el momento era propicio, Changó y Yemayá se aparecieron en borras y huesos y babalúayé aseguraba que ganaban incluso en El Hatillo.
 
Pero hay algunos detalles que hacen reflexionar al fablistán que esto escribe:  una cosa es Aporrea y su visión hegeliana, escatológica, meta histórica, mesiánica y apocalíptica de un pobre campamento llamado Venezuela – que no es, créanmelo, y sé del tema, una de las tribus perdidas de Israel - y otra muy distinta la aspiración de un pobre chofer de autobús, de mal aliento, con agrios aromas mal disimulados tras una cortina de colonia argentina Lancaster, ex pasante en una agencia de viajes, cucuteño y  medio vago, ascendido por azares de la diosa de Sorte al trono celestial de los vuelos de PDVSA. Quien se conforma sólo y simplemente con que no lleguen los indignados a hacerse justicia por propia mano  y ponerle un violento fin a este largo sueño de una noche de verano.
 
¿Quién tiene la razón? ¿Vladimir Ilich Ulianov o la señora que vendía empanadas en Cúcuta? Pronto lo sabremos.