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Antonio Sánchez García

La revolución de febrero

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Contra todos los pronósticos y sin pedirle permiso a nadie, como suelen acontecer las revoluciones, rompiendo puertas y derribando obstáculos, el 12 de febrero recién pasado estalló uno de los procesos sociopolíticos más fascinantes del recién estrenado siglo XXI. Y a pesar de encontrarse apenas en sus inicios, deja entrever que cumplirá a cabalidad con los fines que la historia suele depositar en ellas: empujar al basurero a las antiguallas que parapetan un sistema caduco, retrógrado, inútil, ruinoso y dar vuelta la página  para instaurar un nuevo ciclo político en la convulsa realidad venezolana. Abrir las puertas y ventanas de la sociedad para ventearla de tanto polvo decimonónico y darle el impulso a un nuevo arranque. Pues está revolución parece haber llegado para quedarse. Y salvo que medien sucesos extraordinarios – retorcijones del desarbolado viejo sistema, incluso con sucesos cruentos y malvados – terminará por imponer sus propósitos. La historia no suele dar pasos en falso. Cuando los da, es porque no quedaba más remedio.

Tres expresiones de estos Idus de Febrero me parecen sintomáticos para darle las connotaciones de un cambio revolucionario: la juventud de sus líderes y protagonistas, su carácter nacional y el objetivo de alta política que los motivan: un cambio radical de la situación imperante. Sin contar con los medios de comunicación habituales que determinaran el curso de nuestra vida política  durante los últimos veinte años – la radio, la televisión y la prensa – e hicieran de la manipulación especular el quid del manejo de las situaciones – lo que en otro lugar he llamado “la política como espectáculo” – las nuevas generaciones han seguido el llamado a la calle de los dos líderes más prominentes de la circunstancia – Leopoldo López y María Corina Machado – respaldados por la sabia experiencia del mejor reservorio del liderazgo democrático de nuestro país, el recién reelecto alcalde metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma – de un punto al otro del país. Que en vez de obedecer el llamado al diálogo entre cúpulas cerradas empeñado por el liderazgo tradicional han decidido poner en movimientos acciones de masa que no pueden tener otro fin que el desalojo del gobierno y el fin de su régimen.

Una diferencia abisal con la frustrada rebelión popular del 11 de abril de 2002, desarrollada exclusivamente en Caracas, prácticamente sin conducción política y carente de propósitos específicos. Más expresión germinal de una rebelión social que una revolución política. De allí que fuera fácilmente desalojada del escenario, para ser escamoteada por un falso golpe de Estado y la acción de figuras civiles y militares carentes de todo arraigo nacional. En 24 horas había muerto el intento más exitoso y democrático de la sociedad civil por ponerle fin a un régimen que lo utilizaría para sus propios fines, descabezando a las fuerzas armadas, apropiándose de Pdvsa y manipulándolo a destajo para crear el espantajo que le daría legitimidad a un régimen que por ese mismo acto había perdido toda legitimidad. Fue el comienzo de esta grave crisis de excepción y la deriva totalitaria a la que los Idus de Febrero pretenden ponerle un atajo definitivo.

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Esta revolución, que comenzara a gestarse tras años y años de desengaños frente a un liderazgo incapaz de responder adecuadamente a la inmensa gravedad de la crisis de excepción que hemos estado viviendo desde entonces, menospreciando la naturaleza totalitaria del sistema considerándolo un simple “mal gobierno”, como sostuvieran muchos dirigentes políticos y mediáticos del pasado, o una “democracia imperfecta”, como ha dado en llamarla el último de los representantes del viejo liderazgo, Henrique Capriles, no parece ser ni ocasional ni fácilmente desmontable o condenable mediante un gigantesco aparataje comunicacional, tal cual ocurriera con la extraordinaria rebelión popular del 11 de abril.

El cambio de las circunstancias se ha producido por la indetenible fuerza de las cosas. El régimen que entonces se estrenaba ha llegado ya a los 14 años de vida, un lapso apenas soportable por una sociedad habituada desde hace más de medio siglo a gobiernos democráticos de cinco años de duración, siempre religiosa y meticulosamente desmontados, siguiendo imposiciones constitucionales. Y dentro de un sistema de alternabilidad religiosamente respetado.

Han sido, y allí radica una de las más graves e insuperables trabas a la permanencia de este régimen, gobiernos estrictamente civiles y civilistas, así sus relaciones con la institución militar no se hayan caracterizado por la pulcritud, la obediencia vertical al mando civil y la autoridad plena de la comandancia política. Desde el golpe de Estado del 4 de febrero, un hecho que sorprendió a una sociedad que, en su conjunto, ni siquiera se imaginaba que el curso de lo que entonces se llamaba el hilo constitucional pudiera ser interrumpido de manera tan aviesa, tan criminal y tan impune, la civilidad fue acorralada y prácticamente destituida de los controles del poder estatal y suplantada por camarillas militares. Que en estos catorce años han vuelto a la ominosa práctica del saqueo de los bienes públicos, los abusos de toda índole y la ausencia de instituciones contraloras. En rigor, una dictadura propia del siglo XIX, llevada a su máxima expresión en pleno siglo XXI. Una aberración anti histórica. Mantenida con vida gracias a los fastuosos ingresos petroleros que han llegado a su fin.

Y finalmente, ha fallecido el verdadero deus ex machina de esa extraña excrecencia: el caudillo, figura que era su propia legitimación y la legitimación del sistema mismo. Coincidiendo su muerte con el derrumbe del soporte económico de un régimen sustentado en la corrupción, la compra de conciencias y el estupro. Con lo cual ha quedado al descubierto la naturaleza farsesca, envilecida y envilecedora, del sistema. Si a todo ello, ya de suyo suficientemente explosivo como para reventar las bases del sistema, se le agrega la insólita incapacidad, ignorancia, mediocridad y carencia de principios morales de la tripulación a la que dejara encargada su barco a la deriva, la implosión sólo era cuestión de tiempo. Esa implosión parece estar llegando. Mucho antes de lo que muchos esperábamos. ¿Cuánto tardará en dar al traste con los despojos de esta sedicente revolución bolivariana del siglo XXI?
 
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La mayor dificultad y probablemente el mayor peligro que acecha al buen desenlace de esta revolución en curso – que puede replegarse y volver a la carga con sus altas y bajas mareas, como todas las revoluciones y de cuyo decurso nadie puede anticipar ritmos, giros y desenlaces – radica en la profunda decadencia en que se encuentra el viejo liderazgo democrático y la carencia de una unidad verdadera que suelde la acción de las masas en movimiento. Habituado a nadar en las ya pestilentes aguas del estatismo clientelar – un rasgo que comunica a la llamada cuarta con la quinta repúblicas- , del rentismo petrolero, a la concupiscencia con la corrupción y la injusticia del caudillaje partidista más vulgar. Al extremo de haberse ido habituando a gobernar sus feudos con los mismos rasgos autocráticos del sistema y, por lo mismo, a una cohabitación con el sistema que esta inédita revolución pretende derribar. Un liderazgo insensible al sufrimiento de los menesterosos y soberbio ante la exigencia de abrir sus espacios al libre debate del pueblo militante. Lo que explica su desgano, su desinterés y hasta su rechazo a incorporarse a este inédito proceso sociopolítico y distanciarse drásticamente del parlamentarismo y del electoralismo que lo ha marcado a sangre y fuego. Facilitando las pervertidas prácticas manipulativo electoralistas del régimen castrochavista que les permite su propia sobrevivencia. Y ello, por ahora, escudado en las supuestas buenas intenciones de evitar la violencia y no remover las aguas estancadas del oficialismo. Una patraña que ni ellos mismos se la creen.

Otra no menor, y que lastra desde hace décadas el comportamiento de nuestras clases dirigentes y la sociedad toda: el descuido ante los principios morales que deben regir nuestras conductas. La connivencia con los abusos del poderoso. El aprovechamiento de los cargos obtenidos gracias al control partidista para incrementar riquezas. La proliferación del crimen, que ha convertido a Venezuela en un matadero, se debe no sólo a las facilidades que le otorgara el régimen para sembrar el miedo, incluso el terror en los sectores más débiles de nuestra sociedad. Se debe a la pérdida sistemática del componente moral en la vida de nuestras familias. De allí que los responsables por esta verdadera hecatombe moral sean no sólo los corruptores, sino los corrompidos.  Sólo un pueblo fracturado en su conciencia moral pudo dejarse arrastrar por la apabullante inmoralidad reinante. Y correr al saqueo en cuanto el gobierno le abrió las compuertas de la ilegalidad. Que terminó por infestar hasta la médula a quienes, responsable por la custodia de nuestras fronteras y nuestra soberanía, permitieron el crimen más espantoso vivido por Venezuela en estos dos siglos de República: unas fuerzas armadas dispuestas a entregarse sin disparar una bala a un miserable gobierno extranjero y prohijar el peor crimen de los crímenes de lesa humanidad: el narcotráfico. Por no mencionar la entrega de nuestra soberanía.
El catálogo de dificultades y la dimensión de esta empresa de reconstrucción nacional que habremos de enfrentar dan pie a detenerse a considerar la gigantesca dimensión del desafío. A pesar de tal envergadura, nos llena de optimismo saber que dos jóvenes llenos de coraje, imaginación e ilusiones hayan decidido entregar sus vidas a la colosal tarea de encabezar la revolución democrática en curso. Y nos da fortaleza y tranquilidad saber que un político de la estatura propia de un estadista se haya sumado desinteresadamente a acompañarlos en esta ruta llena de riesgos y peligros. Un pueblo entero, joven, puro, sin taras ni vicios inveterados ha decidido seguir la senda que ellos les han señalado. Y según todos los indicios, no se detendrá hasta ver cumplido su cometido. Poco importa el tiempo y los sacrificios que demande.

Es el cumplimiento del desafío de aquello que Pablo el Apóstol llamaba “el tiempo que urge”. El tiempo de usar la vida que nos queda con la avaricia del sediento para alcanzar la obra que nos redimirá ante la historia: volver a ser un pueblo de hombres justos.