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Antonio Sánchez García

La revolución contrarrevolucionaria

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“El zamuro, símbolo de muerte, bien habría merecido ser el ave heráldica de aquella democracia guerrera, que fue la de Venezuela durante las guerras civiles.”

Pedro Manuel Arcaya, Memorias

“Los pueblos se resienten siempre de su origen. Las circunstancias que acompañaron a su nacimiento y sirvieron a su desarrollo influyen sobre todo el resto de su vida.” Alexis de Tocqueville, La democracia en América

 

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La naturaleza regresiva del proceso abierto por los militares golpistas del 4 de febrero, cuya deriva dictatorial sufrimos todavía hoy aún ignorantes de su desenlace, a veintidós años de distancia, fue advertido por muy pocos venezolanos. Bastaba, sin embargo, un elemental conocimiento de la llamada “historia patria” para constatar que de entre las docenas y docenas de “revoluciones” – en cientos las ha contabilizado el historiador Salcedo Bastardo – era la primera a la que bien cabía bautizarla como “revolución contrarrevolucionaria”, tal como la describiese en mi primer libro dedicado a nuestra circunstancia histórica, Dictadura o Democracia, Venezuela en la encrucijada, editado en 2003[1]. Todas ellas resultado de ese fondo fundacional de barbarie y corrupción al que debieron recurrir Bolívar y Páez para quitarle sus tropas de llaneros salvajes a Boves para atraerlos a una misión de la que no tenían ni la menor idea ni el menor interés: la Independencia y la posterior construcción de la República. No fueron ni el afán libertario ni una causa patriótica, nacionalista, como quisieran hacernos creer sus descendientes bolivarianos, tan bárbaros, cruentos y sanguinarios como aquellos llaneros, los que incentivaron la ambición guerrera de las tropas de Boves pasadas – talanqueadas, se diría hoy - al bando de Páez: fue una mejor y promisoria  oferta de botín, las tierras arrancadas a sus legítimos propietarios, los bienes saqueados. Así lo escribe Pedro Briceño Méndez, secretario del general Páez, en 1821: “Cuando el señor general Páez ocupó a Apure en 1816, viéndose aislado en medio de un país enemigo, sin apoyo ni esperanza de tenerlo por ninguna parte, y sin contar siquiera con la opinión general del territorio que obraba, se vio obligado a ofrecer a sus tropas que todas las propiedades que perteneciesen al gobierno de Apure (que eran las confiscadas a los enemigos) se distribuirían entre ellos libremente. Este, entre otros, fue el medio más eficaz de comprometer a aquellos soldados y de aumentarlos porque todos corrieron a participar de iguales ventajas.”

A la vuelta de los días, la lanza del saqueo de la barbarie autóctona siguió pendiendo, ahora sobre las cabezas de los libertadores: “así como los llaneros se hicieron enemigos de los españoles porque después de haber subyugado a Venezuela éstos no le cumplieron las promesas que les habían hecho Boves y Yáñez, ahora promoverían la guerra civil contra el gobierno, si éste no les satisfacía inmediatamente en sus haberes.”  Y no fue una simple suposición del Libertador, que hizo saber al Congreso para que apurase el reparto. Pues como lo señala Laureano Vallenilla Lanz en Cesarismo Democrático, poco después “sucedió lo que había previsto el Libertador: los llaneros se dieron de nuevo al robo y al pillaje, como lo venían practicando desde los tiempos coloniales, con la diferencia de que ahora podían disfrazar sus bárbaros impulsos proclamando principios políticos y “reformas” constitucionales. Ya nuestros nómadas habían entrado en la historia.”[2] De esos polvos, estos lodos.

 

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No fue escrito ayer, aunque hubiera podido serlo. Fue publicado en 1919, pronto hará un siglo. Como hace un siglo y medio, en 1856 y a treinta años de las angustias del Libertador citadas por Vallenilla Lanz,  Cecilio Acosta, otro gran intelectual venezolano escribiese que “las convulsiones intestinas han dado sacrificios, pero no mejoras; lágrimas, pero no cosechas. Han sido siempre un extravío para volver al mismo punto, con un desengaño de más, con un tesoro de menos”. Para que cuarenta años después Luis Level de Goda escribiese a su vez en su Historia Contemporánea de Venezuela, al filo de entrar al siglo XX, que “las revoluciones no han producido en Venezuela sino el caudillaje más vulgar, gobiernos personales y de caciques, grandes desórdenes y desafueros, corrupción, y una larga y horrenda tiranía, la ruina moral del país y la degradación de un gran número de venezolanos.”

Me he preguntado, desde que me enfrascara en la lectura de nuestra historia republicana con auténtica pasión, si los intelectuales que aprobaron el golpe del neo “llaneraje salvaje” y sus siniestras consecuencias – proviniesen de las izquierdas marxistas, socialdemócratas, socialcristianas o directamente de la derecha financiera y empresarial - o rehuyeron enfrentarlo con hidalguía y sentido de responsabilidad histórica, estaban conscientes de esos llamados de auxilio brotados de las mejores gargantas de nuestra atribulada intelectualidad decimonónica.  He leído las reflexiones al respecto del santón de nuestra Intelligentzia, Arturo Uslar Pietri, publicadas negro sobre blanco en su opúsculo Golpe y Estado en Venezuela [3] , tomado como palabra de fe de lo mejor de nuestra intelectualidad democrática – si es que existe - y puedo dar fe de su torva complicidad con el golpismo, cuyas devastadoras consecuencias me fueran sin embargo perfectamente conscientes la madrugada misma del golpe, un venezolano de a pie, recién nacionalizado y apenas asomado a las aviesa tradición del militarismo surgido de las caballerías que fueran primero cabalgaduras de tropas de bandidos, luego de esbirros del realismo salvaje para terminar dueños de la tierra, montoneros, caudillos y generales de la República. Un galimatías.

Que en sus declaraciones postreras, ya al borde de la muerte, se desdijese y calificara al llanero salvaje del siglo XXI de no ser más que un pobre diablo, poco contribuye a incorporarlo al panteón de los combatientes por las libertades democráticas. Pero en esas declaraciones dadas a Rafael Arráiz Lucca deja ver que compartía a plenitud la visión pesimista sobre nuestra esencia turbulenta y salvaje que nos legaran hombres de la talla de Mario Briceño Yragorri en su Mensaje sin destino: “Lo trágico es el nivel de la gente que nos gobierna. Yo oía a Chávez el domingo, que cantidad de disparates dijo y con qué autosuficiencia, con qué arrogancia. Este es un país muy infortunado. Era muy difícil que aquí las cosas hubieran pasado de otra manera, porque este fue siempre un país muy pobre y muy atrasado, aislado, lleno de inestabilidad, de golpes de Estado, de eso que llaman revoluciones y, además, apareció esa riqueza inmensa del petróleo en manos del Estado, que provocó una distorsión total…Ya lo digo, yo estoy en un estado de ánimo muy malo, no tengo esperanzas, estoy con el infierno de Dante”.[4]

 

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¿En qué círculo del infierno de Dante hubiera situado Uslar Pietri a nuestras élites? ¿Qué valoración hubieran previsto para nuestras dirigencias democráticas los angustiados pensadores – de Cecilio Acosta a Briceño Yragorri –  que criticaban a quienes les rodeaban a mediados y finales del siglo XIX, a mediados del XX, a comienzos del XXI? ¿En qué medida son responsables del despertar del monstruo que creímos enterrado para siempre un 23 de enero de 1958, para volver a abrir los ojos en gloria y majestad, más poderoso que nunca y armado hasta los dientes un 4 de febrero de 1992 haberse apoderado de la Nación sin encontrar la menor, la más mínima resistencia? ¿Les cabe por ello la inculpación de traición que Sebastian Haffner les endilgara a comunistas, socialdemócratas, católicos de centro y conservadores de derecha a quienes responsabilizó por el ascenso y dominio de Hitler y el nazismo? Valga decir: ¿por la peor catástrofe histórica de que tengamos memoria?

No es una pregunta baladí ni de fácil respuesta. Detrás de los hombres del presente acechan las determinaciones del pasado. Y de creerle a Alexis de Tocqueville, poco menos que estamos condenados a ser lo que fuimos desde el nacimiento de la República: una turbulenta mezcla de pequeñas élites emancipadas sujetas a la veleidad y capricho de masas recicladas siempre desde el trasfondo de la barbarie. Una mezcla sobre la que poco influyen las ideologías, de creerle a Pedro Manuel Arcaya: “propiamente nunca hubo en Venezuela sino dos partidos en lucha, el del gobierno y el de la revolución, por lo demás fuera de eso en nada se diferenciaban. Ninguna revolución, ni aún la Federal, fue, a pesar lo que respecto se ha querido afirmar, una contienda en que se ventilasen contrapuestos principios político, tales como los de conservatismo o liberalismo o democracia y autoritarismo, y llegar al extremo de la incomprensión y la ignorancia de nuestro pasado, exhibir nuestras contiendas o alguna de ellas como lucha de clases, la del proletariado contra el capitalismo, la del campesino sin tierra contra el terrateniente, la del peón contra el hacendado, del obrero contra el patrón…Ninguno de esos bandos representaban realmente sino el espíritu anárquico de un pueblo dominado por la emoción y no por la fría razón…El tumulto de las ambiciones encontradas, las pasiones de unos bandos contra otros habría engendrado, inevitablemente, otra guerra civil.”[5]

De seguir las habituales coordenadas de nuestros conflictos, tales como los señalados por los intelectuales y personajes públicos de nuestro mediato e inmediato pasado, cómo, dónde y de qué naturaleza son los contendientes de hoy, qué significan, que representan, qué pretenden? ¿Dónde está la barbarie desencadenada, dónde los afanes libertarios? ¿Quién o quienes serán los victoriosos, el pasado retardatario o el futuro de promisiones?

Independientemente de la respuesta que hoy se imponga, ya no parecen ser dos, sino tres los bandos enfrentados en el grave conflicto histórico que vivimos: representan unos el retroceso a la tiranía, otros la continuidad de nuestra inestabilidad democrática, estos, la revolución y el cambio. De estos depende la grandeza del futuro.

 

[1] Antonio Sánchez García, Dictadura o democracia: Venezuela en la encrucijada, Editorial Altazor, Caracas, 2003.

[2] Laureano Vallenilla Lanz, Cesarismo Democrático, Los libros de El Nacional, Caracas, 1999, págs. 106 y 107.

[3] Arturo Uslar Pietri, Golpe y Estado en Venezuela, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1992.

[4] Arturo Uslar Pietri, Ajuste de cuentas. Conversación con Rafael Arráiz Lucca, Biblioteca Arturo Uslar Pietri, Los libros de El Nacional, Caracas, 2007, pág. 49.

[5] Pedro Manuel Arcaya, Memorias, Ediciones “Librería Historia”, Caracas, 1983, págs. 66,67.

 

@sangarccs