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Aníbal Romero

La revolución del buen salvaje

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Esta pasada semana el presidente venezolano aseveró que las nuevas tecnologías de explotación del petróleo van a producir un terremoto en Estados Unidos. Afirmó además que pronto todas las escuelas y liceos del país serán equipados con sus respectivos “huertos escolares”, en los que diligentes alumnos cultivarán hortalizas y recibirán los beneficios de la presencia de una vaca y de numerosas gallinas, siempre listas para suministrar leche y huevos a las nuevas generaciones revolucionarias. No suficientemente contento con estas fábulas, el cada día más extraviado líder socialista confirmó que su revolución agrícola implica el retorno al cultivo en los llamados “conucos”, es decir, pequeñas parcelas en las que se espera que felices familias, comprometidas con la preservación del medio ambiente, producirán sus vegetales; todo ello en función del avance del hombre nuevo y mientras se entretienen cantando loas al Che Guevara y al “comandante eterno”, Hugo Chávez.

Traigo a colación estos pronunciamientos para destacar un punto que ha sido en otras oportunidades señalado, pero que merece reconsideración. El proceso político que ha experimentado Venezuela estos quince años ha estado impregnado, entre otros aspectos, por la confusa pero palpable visión de una utopía arcaica, por el impulso hacia un pasado imaginario en el que se conjugan el ansia de reivindicar al buen salvaje latinoamericano, personaje que se vislumbra como siempre oprimido por diversos enemigos foráneos y domésticos, con la ambición de recuperar una sociedad cuasi-primitiva, cerrada, autárquica y amurallada frente a un mundo al que se percibe ajeno y hostil.

Sería un error subestimar el papel de lo que acá denominaré la “ideología del escape”, que junto a la del buen salvaje ha influido en el desarrollo del proceso político venezolano los pasados tres lustros. Me refiero al escape con respecto a la modernidad.

En efecto, como en su momento apuntó Popper, el socialismo en general es un proyecto regresivo, anti-moderno, anclado en el colectivismo de ancestrales períodos tribales de la historia. Para Carlos Marx, soñador sin escrúpulos, el socialismo se ubicaba más bien como punto culminante de un rumbo de cambios hacia adelante, en los que el más avanzado capitalismo cedería su lugar a un paraíso de ilimitada abundancia. En el caso venezolano, el grupo de izquierda radical –guiado por Cuba– que tanta influencia ha ejercido en la conducción de la revolución bolivariana, ha puesto de manifiesto el verdadero rostro regresivo del socialismo, entremezclado con el elemento propiamente latinoamericano del buen salvaje. En lugar de la quimérica abundancia socialista de Marx nuestros revolucionarios visualizan una sociedad de pobres.

En modo alguno, insisto, debe subestimarse el peso del factor ideológico sobre lo que acontece en Venezuela. Lo que Nicolás Maduro expresa en sus grotescos discursos constituye un ingrediente fundamental de un proceso con honda raigambre en las tradiciones, mitos, cultos, sueños y fantasías de una parte significativa de la izquierda en América Latina. La izquierda delirante que actualmente predomina en Venezuela, combina una amplia ignorancia sobre las realidades del mundo actual con el apego a una fantasía descabellada, a una utopía gaseosa y destructiva cuyo efectivo logro sólo puede concretarse mediante una permanente violencia.

A todo lo anterior se suma la más sólida incapacidad por parte de nuestros revolucionarios para entender las implicaciones de lo que dicen y hacen, o para realizar la más mínima autocrítica sobre los resultados de sus pesadillas. Para sólo indicar otro caso ilustrativo del delirio, hace también pocos días Elías Jaua, el “ministro de Comunas” del gobierno bolivariano, sostuvo con total desparpajo que el pueblo venezolano “tiene resueltos los problemas básicos de alimentación, educación y salud”, y ello en un país donde la escasez de alimentos y medicinas constituye el pan de cada día, donde escuelas y liceos generan lástima por su condición deplorable, y donde cunden sin control enfermedades tropicales que se creían eliminadas hace décadas.

La utopía arcaica del buen salvaje y la ideología del escape son elementos cruciales de la ecuación que resume el caos, retroceso y tragedia en que se ha transformado la vida de la sociedad venezolana. La nueva víctima de la utopía arcaica es el IVIC, el cincuentenario Instituto de investigaciones científicas del país, que ahora los revolucionarios aspiran convertir en un ente “cercano a los pobres”, lo que sin duda significará la destrucción de lo logrado en el pasado, el abandono de cualquier empeño académico razonable, el imperio de la mediocridad y la búsqueda quimérica de una “ciencia popular”, sustentada en lo que algunos presumen es la “genuina esencia del pueblo”.

La revolución del buen salvaje incluye la ideología del escape. Por un lado, esta ideología presenta a ese imaginario buen salvaje, que es desde luego el pobre en nuestras sociedades, como un ser eternamente expoliado, engañado y vilipendiado por algún malvado imperialista y oligarca de turno. Por otro lado, esta ideología se basa en una crasa ignorancia acerca del contexto internacional y las fuerzas externas que de un modo u otro repercuten en la conducta de todos los países, conformando el marco en que toman sus decisiones. En tal sentido, es evidente que Maduro y sus colaboradores fueron tomados de sorpresa por las nuevas realidades del mercado petrolero mundial, realidades que han clavado una daga en las entrañas del régimen. Y esto no es lo peor, pues las sorpresas son comunes en ese ámbito. Lo peor es que el gobierno revolucionario no comprende las implicaciones profundas de las transformaciones en el panorama energético global, y pretende repetir las ya agotadas maniobras dentro de la OPEP, maniobras que pertenecen a épocas y relaciones de poder que no retornarán.

La estrechez mental y enciclopédica ignorancia de la izquierda delirante, así como la depredación castrista, están empujando a Venezuela a un dramático destino. La geopolítica de nuestros gobernantes consiste en quejarse por las consecuencias de sus desatinos, de su ceguera, de su patética incompetencia, de su entrega y subordinación a los intereses de Cuba, sin jamás considerar siquiera la posibilidad de que sus desgracias no sean el producto de una conspiración de quienes les adversan, sino de sus ideas absurdas, de su incapacidad, corrupción e incurable resentimiento.

¿En qué punto dejan a Venezuela la revolución del buen salvaje y la ideología del escape? Explorar una respuesta exige cierto contexto. Avanzaré citando lo que en una entrevista de hace pocos días, sostuvo el presidente de una de las empresas encuestadoras establecidas en Venezuela. Según esta persona, “en Venezuela durante 15 años han gobernado las palabras y las emociones… durante 15 años en Venezuela hubo un discurso muy poderoso del liderazgo del presidente Chávez que cambió la identidad nacional cultural. Ha surgido un nuevo repertorio de significaciones, nociones, metáforas, contenidos, símbolos y gramáticas que en este momento atraviesan a los todos sectores sociales. Hoy el país es chavista aunque no vote por Chávez, porque las ideas que durante 15 años fueron comunicadas de manera incesante y permanente cambiaron los significados culturales de la sociedad venezolana en general”.

Estas afirmaciones son muy discutibles. A mi manera de ver, en Venezuela no ha habido un cambio de la cultura política anterior a Chávez, sino una profundización de los peores rasgos de la cultura política ya vigente previamente a Chávez, y caracterizada por la creencia en que Venezuela es un país inmensamente rico debido tan sólo a sus recursos naturales, por la ruptura del vínculo entre trabajo y bienestar, por la dependencia con respecto al Estado, el populismo y el caudillismo. No tenemos una “nueva” cultura política, sino una predominante cultura política aún más distorsionada y fracasada de la que ya teníamos, una cultura política de izquierda populista que impide a los venezolanos entender la realidad que les rodea, y lo que se requeriría para prosperar en el mundo actual. De allí que ni siquiera Chávez y Maduro se hayan atrevido a aumentar el precio de la gasolina, que las llamadas “misiones” se hayan convertido en programas permanentes para la dependencia de millones, y que hoy tantos se pregunten por qué, si somos tan ricos, Venezuela se encuentra sumida en el foso de subdesarrollo en que de hecho la vemos.

En síntesis, la revolución del buen salvaje y la ideología del escape dejan tras de sí una nación postrada y en última instancia controlada por la Cuba comunista, una sociedad perpleja que no logra armonizar las fantasías transmitidas durante años de propaganda oficial con las realidades ante las que choca a diario, y un sistema político invertebrado, en el que los poderes públicos escenifican una perenne pantomima en medio de la invertebración del Estado. La sociedad venezolana se asoma al que podría ser un año decisivo de su evolución histórica con sus energías vitales disminuidas, sus recursos morales desgastados, y sus fuerzas políticas democráticas dispersas pero no finalmente destruidas. De allí que, a pesar de todo, sigo apostando a que llegará el amanecer para Venezuela. No queda otra opción.