• Caracas (Venezuela)

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Miguel Gomes

El retorno de la expresión

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“Debemos leer para nosotros mismos, para inspirarnos; pero también contra nosotros, para sentirnos impotentes, desesperados, eruditos. Leer los periódicos; los áridos sarcasmos de los filósofos. Leer a los que desprecian la poesía para entender por qué lo hacen. Leer a los enemigos, a los revolucionarios del lenguaje y, asimismo, a aquellos cuya oscuridad o malicia o locura o grandeza es incomprensible: solo así creceremos, nos rebasaremos y, haciéndolo, seremos de verdad lo que somos”.

Entresaco las líneas anteriores de un libro de 2002 que Adam Zagajewski tituló Defensa del ardor –o del fervor, según la traducción que prefiramos. Recordarlo, se me ocurre, es la mejor manera de abordar la colección más reciente de relatos de Antonio López Ortega, La sombra inmóvil (2013), no tanto porque los referentes coincidan, sino porque las creencias del poeta polaco y las del narrador venezolano, pese a la distancia cultural que se interpone entre ellos, convergen en lo esencial. Nociones desde hace mucho marginadas del vocabulario intelectual como las de inspiración, trascendencia, entusiasmo, fervor, ardor son imprescindibles para captar lo que uno y otro privilegian en su contemplación. Cada uno, a su modo, se ha erigido en exponente de una nueva sensibilidad, quizá de una cosmovisión en la que la mengua del afecto posmoderna teorizada por Fredric Jameson se disipa gracias a un entendimiento menos deshumanizado de las prácticas estéticas. En ambos se evidencia una vuelta al ámbito de la expresión, que para Jameson se había agotado en la segunda mitad del siglo XX junto con la confianza en un ego monádico burgués. Casos notables como los de Zagajewski y López Ortega, entre varios de los últimos años, confirman el redescubrimiento de un yo que no se concibe ahora como propiedad privada, sino como espacio en el que más allá de estrecheces individuales se suscita una comunión del autor y su público.

El envés de una imagen

A lo largo de La sombra inmóvil palpita un “corazón” particularmente visible en el cuento que da título al conjunto, donde se despliega la tristeza de quien lamenta la enfermedad de una mascota: “Corazón recrecido, me repetía a mí mismo con insistencia, como si todos mis pensamientos estuvieran compuestos por ese conjunto de letras, por ese abecedario de la agonía” (p. 287). El pathos contenido es característico de las conductas imaginativas de López Ortega. En este volumen, de hecho, las dos etapas previas de su obra, la de Naturalezas menores y Lunar –de los años noventa– y la de Fractura e Indio desnudo –en el nuevo milenio– pactan de alguna manera, por la combinación del ambiguo psicologismo de la segunda con el lirismo gótico de la primera. Tal pacto señala una exploración tesonera que sobrepasa las variables estilísticas. Lo que sus libros comparten es ante todo el recrecimiento, signo de pena o compasión, jamás de indiferencia. Ello, a contracorriente del cerebralismo sardónico y formulista o las gélidas poses de la narrativa hispánica que saltó al estrellato a fines del siglo pasado (piénsese en inveterados productores en serie como César Aira o Mario Bellatin, entre otros).

El relato donde emerge desde simas arquetípicas la visión matriz del corazón recrecido, por otra parte, también ata cabos de todos los títulos de nuestro autor, ya que la dispersa vitalidad contemporánea propiciada por la mundialización se enfatiza con el vaivén entre dos tramas paralelas, la de un condenado a muerte en Ohio y la de la melancólica intimidad de una familia venezolana. Lo inconexo para la razón no lo es necesariamente para el sentir: el collage adicional que supone el periódico sucio de Thor, el perro que veremos agonizar en Margarita, yuxtaponiendo sangre, excrementos, semen, calígine, aunque igualmente amor, añoranza y el resplandor que se agazapa en el nombre de Lucena, el veterinario, nos conduce de modo imprevisto a una epifanía en la que hemos de preguntarnos si no somos esos fragmentos, esas ruinas del sentido que solo la aceptación de lo irracional logra juntar. La inmovilidad no es más que una apariencia en el inconsciente, cuyas sombras ocultan un vértigo de posibilidades. Sospecho que la lógica interna del libro apunta, en efecto, hacia un envés de su imagen inicial.

Un desafío ético

En varios cuentos nos asaltan fogonazos de violencia y desencanto social; la nostalgia por una Venezuela desaparecida que, después de todo, no estaba tan mal. Allí, sin embargo, no concluye lo que se desea y sabemos ido. Hay personajes que migran, que se desplazan, que “se borran a sí mismos” (p.67).La sombra es inmóvil pero, repito, en ella los significados están en movimiento, sea por la técnica del contrapunto de anécdotas, usual en López Ortega desde los inicios de su carrera, sea por el carácter de opera aperta que su libro cultiva.

En el envés, en el otro espacio presentido, se halla lo sagrado, en nuestros tiempos tan agónico como el pastor alemán que resulta llamarse Thor. Si el epígrafe de La sombra inmóvil, tomado de Alejandro Oliveros, sugiere una “sombra de los días”, el título del volumen bien puede indicar una noche oscura del alma en que el anhelo de la luz se inflama. El inmenso corazón de estos relatos late con más fuerza cada vez que se aproxima el instante en que los contrarios dejan de serlo. A pesar de que el tema más persistente sea el dolor causado por la desorientación, por la pérdida del centro, un corazón recrecido anuncia y magnifica lo que, sin reducirse al intelecto, nos ofrece un nuevo asidero. La lectura religiosa, en la acepción que dio Lactancio a religio: ‘religarnos a lo divino’, se vuelve inevitable, así como la evocación de la uniomystica. Por eso, las frecuentes paradojas fascinan a narradores o personajes, simbólicamente reforzada su percepción de eventos que no descifran del todo: “Pensó en una frase —sol frío—” o “Florece cuando todo muere” (p.16). Por eso, la rama de apamate de otra de las historias propina un golpe en que se advierte el rito: “La rama me tumbó contra el suelo [y] la sangre fue como un agua bautismal” (p.73). Y por eso un apretado bosque ha ido poblando la narrativa de López Ortega: sus árboles son axesmundi, escaleras de Jacob que comunican lo subterráneo y lo celeste, edénicos marcadores del origen. En el clímax de cuentos como “Historia de una rama”, “Los árboles” o “Persistencia de la acacia” se materializa el momento eterno en que los personajes arraigan en su propio ser o en que una voz narrativa atribuye su poética a una “revelación” (p.300).

El sentir religioso así recuperado tras decenios de literatura emotiva y espiritualmente anémica tal vez tenga explicación social, si se repara en la situación venezolana. Cabría indagar hasta qué punto hay un cruce instintivo de fuegos entre La sombra inmóvil y la grotesca cristalización de lo sagrado en un país de copiosas idolatrías políticas, pantomimas de la fe que el decreto fosiliza. C.G. Jung aseveraba que el arte, al igual que los sueños, contrarresta las exageraciones de la conciencia; las manifestaciones estéticas más intensas restauran, según él, el equilibrio individual o colectivo, hechas no de nuestros miedos, sino de nuestras carencias. Acaso López Ortega nos extienda con sus cuentos una sutil invitación a retomar el fervor para así crecer y rebasarnos. A nadie debería extrañar el gesto: cada uno de sus libros es prueba contundente de que los desafíos éticos nunca le han sido ajenos.

 

FICHA DEL LIBRO

La sombra inmóvil

Antonio López Ortega

Seix-Barral

Caracas, 2013