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Colette Capriles

Lo que se repite

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Existe un mecanismo cognitivo al que los científicos llaman el "sesgo de confirmación" que consiste, sencillamente, en la propensión a seleccionar información para corroborar aquello que uno cree, mientras se niega o minimiza toda "evidencia" en contrario. Examínese el lector por un momento y recuerde lo desagradable que suele ser verse obligado a cambiar de opinión por la contundencia de los hechos. Imagine además que estamos hablando de política, es decir, de una actividad humana en la que la opinión produce efectos prácticos. Lo que aparece es que en política es difícil considerar los hechos como fundamento del juicio, precisamente porque el sesgo de confirmación nos lleva a considerar de manera distinta cuáles son los "hechos".

Honestamente, si un escenario no cabía en mi imaginación al considerar los desenlaces del 7-O, era el de reencontrarme con el discurso de la antipolítica que yo creía ya venerablemente muerta y enterrada. Pero frente a la derrota, veo que han resucitado los intentos de desacreditar tanto el oficio del político como la actividad misma de la política, y no me resulta agradable concluir que la relación que algunos tienen con la alternativa democrática es crudamente utilitaria (no asociada a los valores y aspiraciones democráticos sino a un resultado eficaz) y –esto sí es grave- fundamentada en un sesgo perceptivo que les impide calibrar los hechos. Hay quienes dicen que no votarán más, como si castigándonos a todos (y a sí mismos especialmente) pudieran repudiar mejor a la injusticia de la que creen ser objeto. Y sienten que se ha cometido injusticia porque les parece imposible que un mal gobierno, un pésimo gobierno, un régimen en el cual se ha prodigado tanto daño y tanto sufrimiento, pueda ser refrendado como lo fue. Concluyen seleccionando hechos que pudieran configurar una explicación "antipolítica": la hipótesis del fraude. A partir de allí se deriva una serie de teoremas acerca de la calidad y honestidad de los políticos de la Unidad, etc, que conforman la gran constelación de la desconfianza que, una vez más, se le sirve al gobierno como un gran bonus.

No es este el lugar para evaluar la hipótesis; sólo remarco sus consecuencias políticas, e invito a pensar sobre aquello que la genera. Y creo que aquí está involucrada una terrible circunstancia, y espero indulgencia por lo crudo de la comparación: con la construcción de la pretendida hegemonía comunicacional (entendiendo por esto no sólo el control mediático sino específicamente el poder discursivo e institucional) se ha edificado una especie de campo de concentración al revés, en el cual el "mal" no es lo que está en el campo sino lo que está fuera de él. Es decir: el clivaje, la separación radical entre el universo chavista y la "nada" (o sus equivalentes semánticos denigratorios), opera en efecto como un gigantesco cerco epidemiológico que territorializa la nación partiéndola en dos. A cada lado de nuestro muro de Berlín, más monstruoso que el original, porque no es visible y grotesco, yacen dos culturas, dos identidades, dos lenguajes, dos mundos que todo el esfuerzo del Estado se dirige a separar cada vez más. No es tanto que se quiera convertir al país en una nueva Cuba, sino crear una réplica de la isla dentro de Venezuela.

Este paradójico "aislamiento" no ha sido percibido tal vez como corresponde, al menos hasta el 7-O. Es obvio que las lealtades identitarias que permanentemente procura el régimen no tienen contrapartida en los sectores democráticos, que necesitan reconstruir una unidad discursiva y conceptual auténticamente movilizadora. Ciertamente, la campaña del gobierno movilizó, pero con promesas "negativas" que ofrecían la pérdida de lo recibido, un retorno al "pasar trabajo", en caso de cambio político. Un mensaje poderoso bajo condiciones de dependencia como las que tenemos, que sólo podrá ser subvertido en la medida en que se disuelva el clivaje identitario. Y esa, entre muchas otras, es la tarea política que viene.