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Elías Pino Iturrieta

Los remedios de Navarrete

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Juan Antonio Navarrete es un sabio franciscano de Caracas, ilustrado y a la vez tradicional, que deja un voluminoso libro al que acudimos hoy debido a las circunstancias, es decir, porque las carencias de la actualidad pueden encontrar alivio en las soluciones que el autor atesora en su época. Se trata de Arca de Letras y Teatro Universal, escrito entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, alucinante enciclopedia que hoy tiene pocos lectores pese a la rica oferta de temas y a los consejos de utilidad que abundan en sus páginas. Encerrado en su celda conventual, mientras ve pasar los portentos del mundo moderno, Navarrete se aferra a los conocimientos del pasado y pugna por mantenerlos. De allí la curiosa amalgama de atrevimientos y entendimientos antiguos de la vida, que distingue una obra fundamental a la cual, por razones obvias, se acude ahora para explorar la parte relacionada con la medicina.

El franciscano sabe de los adelantos de la ciencia médica.

Habla de profilaxis y explica la existencia de diferentes patologías que se tratan en las universidades, conoce la teoría de los humores y recetas francesas o inglesas a las cuales acuden los pacientes en Europa, pero no se arroja con tranquilidad en el seno de las innovaciones. Por fe y costumbre, o porque estaban más a mano, recomienda los antídotos antiguos. Ahora ofrezco algunos de ellos, que conviene considerar debido a las carencias que caracterizan el mercado farmacéutico.

Los "Brevetines", en primer lugar. Lenitivos infalibles para las calenturas, se hacen con palma y oliva benditas y garantizan inmediata curación, especialmente si se acompañan con unas oraciones llamadas "Pólizas" que se deben pronunciar en latín; o si se copian en un papel, se pegan con engrudo a la mezcla y se presentan en forma de relicario. Si los "Brevetines" tienen la agregación de huesos o fragmentos de ropa de los santos, todavía mejor. Las pestilencias y la muerte repentina se evitan, según el solidario fraile, mediante la utilización de un bálsamo llamado "Agnus Dei", que el papa Urbano V envió al emperador de los griegos para salvar su vida en medio de la agonía. Los interesados podían obtener el detalle de los ingredientes, si lo visitaban en los conventos de san Francisco y san Jacinto después de pronunciar las siguientes palabras: "Balsamus et munda cera cum chrismatis unda". También aconseja la utilización de la "Cédula de San Antonio" contra las lombrices y los dolores de cabeza y pecho, pero advierte que es de trabajosa aplicación: antes de acudir a la protección del venerado santo, se deben recitar "los cuatro Evangelios con sus oraciones y el versículo titulado Si quoeris Miracula".

Se detiene especialmente en un "Cédula de Santo Domingo", debido a que lo curó pese a que, ni aún ante la proximidad de la muerte, él iba a formar parte de su congregación. Veamos: "Yo mismo soy el testigo, pues siendo un niño como de trece o catorce años, estando casi desahuciado de calenturas, me trajeron unos santos religiosos de mi padre Santo Domingo que me echaron esta cédula, y hasta hoy que tengo 53 años de edad, aunque estoy en la Religión de mi padre San Francisco, me acuerdo y lo conozco y confieso que Santo Domingo me favoreció". Un prodigio alejado del sectarismo, por lo tanto.

¿Por qué se aferra Navarrete a este tipo de remedios, pese a que reconoce la existencia de caminos científicos para el encuentro de la salud? Lo explica con meridiana claridad: "Porque es proposición bien católica que si no hubiera habido pecado en el mundo, tampoco hubiera enfermedades, que no son otra cosa que castigos del pecado de nuestro primer padre y de los nuestros propios. Toda enfermedad del cuerpo proviene necesariamente de la enfermedad espiritual del alma. Toda enfermedad es castigo y efecto del pecado". En la actualidad, con la desolación de las farmacias y ante una bíblica carestía de medicinas, quizá convenga volver a esta afirmación de nuestro fraile y preguntar por los pecados que nos atan a dura penitencia. ¿Cuál ha sido nuestro yerro, nuestro gigantesco desliz colectivo, para merecer un purgatorio que nos sugiere buscar la terapéutica celestial de los antepasados?