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Eddy Reyes Torres

Una religión falsa

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“Los ojos de Chávez quedaron fijos sobre El Calvario”. Así se titula la nota de Dalila Itriago, publicada el lunes 2 de marzo en El Nacional. A manera de subtítulo se dice: “A tres días del segundo aniversario de la muerte del presidente, la Alcaldía de Libertador colocó el símbolo del gobierno con mosaicos vitrificados en las escalinatas”. Y a continuación leemos: “Ya no son rojos, sino en un negro hecho en tramas de mosaicos vitrificados blancos y negro. Ahora los ojos de Chávez, que habían sido pintados en rojo sobre las escalinatas de El Calvario fueron fijados a la contrahuella de cada escalón con cemento y cerámica, y desde ayer miran a los que pasan por El Silencio. El blanco de lo recién hecho resalta en el telón sucio que forma el resto de la escalinata”. Un aspecto importante de la noticia es que el trabajo  fue encargado por la Alcaldía de Libertador a una empresa italiana, especializada en recubrimientos para “piscinas y baños de hoteles” y “residencias de lujo” en distintas ciudades del mundo. Sin más, una aberrante contradicción de esta revolución que se dice representar a los pobres.

Lo anterior llamó especialmente mi atención porque pocos días antes una amiga me manifestó que esa misma imagen de Chávez, colocada en diferentes partes de la ciudad, le causaba mucho temor por su estrecha relación con la figura de los encapuchados (o enmascarados). El asunto pues tiene la importancia que se origina de encontrarnos frente a una propaganda deliberada del régimen para producir impacto en la colectividad. En esencia, lo que realmente nos debe interesar es la motivación más profunda que hay con esa “política comunicacional”.

Creo que la razón de fondo del nada original emblema de marras tiene que ver con consideraciones simbólicas y cuasi religiosas vinculadas con culturas primitivas. Cualquier texto sobre el tema abunda en apreciaciones sobre lo que acá nos ocupa. Ciertamente, “aquel que tiene ojos” designa entre los esquimales al chamán, al clarividente. Por su parte, los sarcófagos egipcios están adornados muchas veces con dibujos de los dos ojos, a fin de permitir al muerto “seguir sin desplazarse el espectáculo del mundo exterior”. Como órgano principal de la percepción física, se emplea para simbolizar el conocimiento, la penetración profunda y la vigilancia. Y como la mayoría de las religiones consideraron que la verdadera sabiduría y el conocimiento dimanaba de sus dioses, se ha empleado como representación divina. De allí que se señalara a los astros como el ojo a través del cual nos ven los dioses. Adviértase que hablamos de la sola representación del ojo, no de un par de ojos que emergen de un antifaz o máscara.

En las sociedades primigenias, la ocultación de la cara con una máscara, generalmente con forma monstruosa, era un recurso para ahuyentar mágicamente a los enemigos y apropiarse así de las fuerzas de los animales o personas a que hacían alusión. En Oriente, por ejemplo, se usaron regularmente con fines funerarios, pretendiendo mantener el rostro del difunto después de su muerte para que en la reencarnación siguiese ese modelo. Pero la máscara exterioriza a veces tendencias demoníacas e inferiores. Ella no se utiliza ni se manipula jamás impunemente; debe ser objeto de atenciones especiales pues de lo contrario es peligrosa para el propio enmascarado. Efectivamente, este, al pretender obtener la fuerza de otro atrayéndolas con la artimaña de su máscara, pueden terminar siendo poseído por el otro. En la actualidad, el uso de la máscara, especialmente en los carnavales, simboliza una pérdida de la propia identidad para así convertirse en otra persona.

Tengo fundadas reservas para pensar que este desatino comunicacional haya sido evaluado detenidamente por sus promotores y, mucho menos, consultado a especialistas de arte y mitologías. El hecho de mezclar la simbología religiosa del ojo con la expresión simbólica de la máscara, pone de manifiesto un arroz con mango con efectos diferentes y hasta opuestos. No hay que perder de vista que al “emblema” se le define como “cosa que es representación simbólica de otra”; y también como “símbolo en que se representa alguna figura, al pie de la cual se escribe algún verso o lema que declara el concepto o moralidad que encierra”. Una obra fundamental para el estudio de este asunto es los Emblemas del jurista y humanista Andrea Alciato (1492-1550). Gracias a su trabajo se perfiló un nuevo lenguaje que tomó en cuenta el legado seudoegipcio, la tradición simbólica de la Edad Media y hasta la mitología clásica. Los emblemas conforman una compilación gráfica y literaria que es indispensable para hacer una lectura objetiva de las creaciones plásticas, así como sus motivaciones.

A los autores de la metedura de pata les recomendamos leer la obra de Alciato. En especial, le sugerimos que se detengan en el análisis del sexto emblema, relativo a “La religión falsa”. Debajo de la pictura o imagen simbólica encontramos la siguiente suscriptio, declaración o epigrama: “Una ramera bellísima, sentada en un trono real, lleva el peplo insigne con púrpuras gloriosas. A todos da licores de una crátera llena, y en torno suyo yace la turba ebria. Así pintan a Babilonia, que atrapa a las gentes estúpidas con una belleza seductora y una religión falsa”. Se amonesta de tal modo a esa  supuesta sabiduría humana que no conoce la religión y sus símbolos, y aboga entonces por la superstición, lo cual conduce  siempre a la pura necedad.

 

@EddyReyesT