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Alonso Núñez

Dos relatos breves, un tabú gastronómico (II)

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En mi columna anterior ofrecí hablarles de dos relatos del género de misterio o policial, relacionados con la antropofagia o canibalismo. El primero es Une histoire épouvantable  –Una historia horrible, 1924–, cuyo autor, el periodista francés Gastón Leroux, ganó fama, sobre todo, por haber escrito El fantasma de la ópera, pieza que muchos años después de su muerte se daría a conocer como musical, en Londres y Nueva York.

En Una historia horrible se narra con humor negro la reunión anual de una corte de personajes mutilados, para cocinar y degustar partes de sus cuerpos o las de algún vecino curioso que se atreva a indagar sus extraños ágapes. Una de sus cercenadas víctimas narra cómo nació la afición por la carne humana de este macabro y caricaturesco grupo de residuos humanos: “Viajando en un vapor por los mares del Extremo Oriente habían naufragado cuantos en aquel comedor se hallaban reunidos, salvándose trece de aquellos desgraciados en una balsa. Al cabo de tres días habían agotado todas las provisiones y a los ocho ya se morían de hambre. Fue entonces cuando echaron suertes para ver a quién habían de comerse. En eso se oyó la voz de uno de los náufragos, un doctor que se jactaba de conservar su estuche de cirugía, que dijo: es inútil que uno de nosotros se exponga a ser comido entero. Sorteamos primero los brazos o las piernas a elegir y mañana veremos cómo se presenta el día; tal vez aparezca una vela en el horizonte”.

De acuerdo con el relato,  pasa más de un mes antes de que suceda el rescate en los mares de China. Los náufragos se dispersan pero no su afición a la carne humana de manera que al volver a Europa deciden reunirse una vez al año para proseguir con su festín, lo que los va convirtiendo cada vez más en hombres-tronco, con menos y menos extremidades. Paradójicamente, mientras más comen más se reducen sus cuerpos.

Tan atroz y verosímil relato termina con la graciosa queja de una involuntaria víctima, un vecino que narra las acciones, al decir: “Aquellos monstruos, una vez satisfecha su pasión, huyeron. Nadie vino ponerme en libertad hasta pasados cuatro días, cuando ya estaba medio muerto de hambre, porque los muy miserables no me habían dejado más que los huesos”.

@nunezalonso