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Tulio Hernández

La reinvención de un continente

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Algunos consideran que todo comenzó en 1962 cuando La ciudad y los perros, la novela de Mario Vargas Llosa, publicada cuando su autor apenas llegaba a los 26 años de edad, ganó el Premio de Biblioteca Breve que otorgaba en Barcelona el editor Carlos Barral. Otros, que en realidad no fue por esa sola obra sino por ocho libros decisivos que se publicaron ese mismo año, entre los que brillan aún Historias de cronopios y de famas, El siglo de las luces y La muerte de Artemio Cruz.

Los más académicos, en cambio, piensan que el hecho decisivo fue la publicación de Los nuestros, libro en el que el escritor chileno Luis Harss, luego de viajar por París, Barcelona y Ciudad de México persiguiéndolos, reunió ensayos y entrevistas sobre los que consideraba los diez autores latinoamericanos más representativos del momento.

Lo cierto es que por estos días en España se conmemoran los 50 años de aquel fenómeno conocido como el “boom” de la literatura latinoamericana, dentro del cual se encontraban como antecedentes o como protagonistas, si nos atenemos a la lista del libro de Harss, escritores de edades, nacionalidades y estilos tan diversos como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges y Joao Guimaraes Rosa, el único de habla portuguesa.

¿Qué fue lo que ocurrió por entonces? Simple y llanamente que un lugar del mundo, América Latina, hasta entonces tenido como una especie de franquicia menor de la civilización occidental, hizo su entrada triunfal en el escenario literario internacional a través de un conjunto de escritores y de obras que vinieron a renovar la lengua española y portuguesa, introducir nuevas maneras de narrar sustentadas en una memoria colectiva deslumbrante y portentosa, y sobre todo a protagonizar una operación de marketing editorial que hizo subir las ventas de libros de una manera descomunal hasta entonces desconocida.

Si el efecto internacional más notorio del boom fue haber venido a alterar los esquemas de valoración y las jerarquías institucionalizadas en la geopolítica de las letras mundiales, a lo interno de América Latina su impronta fue aún más significativa. Las fronteras de las literaturas nacionales y nacionalistas se hicieron trizas. Ahora todos los latinoamericanos en sus respectivos países leían las mismas novelas con las que se identificaban en un universo literario, pero también cultural y político, común.

Un nuevo cosmopolitismo regional había hecho eclosión y, de manera análoga a lo que comenzaba a ocurrir para las identidades caribeñas una vez que los músicos latinos reunidos en Nueva York al amparo de empresarios musicales norteamericanos inventaron la salsa, París y Barcelona con sus agentes editoriales a lo Carmen Balcells se convirtieron en el escenario desde donde la cultura latinoamericana se recomponía en una conciencia más integral de sí misma.

Es cierto que toda etiqueta literaria es siempre una simplificación de una realidad mucho más compleja. Que es muy difícil y arbitrario decidir quiénes forman parte y quiénes no del boom. Que sin Cabrera Infante, Manuel Puig, Haroldo Conti, José Donoso o Felisberto Hernández, para mencionar los primeros que se me vienen a la memoria, la literatura de la época resulta incompleta. Pero también lo es que la contundencia y el peso de aquel fenómeno es tan grande que podemos decir que el imaginario de América Latina quedó para siempre transformado por la obra de estos autores que incorporaron el habla de la calle y las historias más cercanas al hecho literario.

Si América Latina no puede comprenderse sin las épicas de Bolívar o San Martín, tampoco hoy se hace inteligible sin todas las batallas perdidas de Aureliano Buendía o la delirante cruzada de Antonio Conselheiro en La guerra del fin del mundo. Si nuestra geografía urbana pasa por Sao Paulo, Ciudad de México o Caracas, esta resulta hoy incompleta sin ciudades como Macondo, Comala o Santa María. El boom fue también la reinvención de un continente.