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Antonio Sánchez García

El reino maravilloso de las encuestas

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No haber sido capaces de romper ese trágico equilibrio de fuerzas, obvio decirlo, es culpa exclusiva de la sociedad democrática. Es resultado de una carencia de imaginación, inteligencia y osadía políticas. Es producto de la apatía, el desinterés y la ignorancia de quienes se niegan a mirar a través de ese espejo roto y tener el coraje y la osadía que tuvieron quienes no esperaron encuestas para salir a conquistar la república y nos han legado la democracia, hoy por hoy en estado terminal. Que otros se alegren por el resultado de estas encuestas. A mí me desconciertan

Si las encuestas tuvieran el mágico poder de los punzones y las 45 mm, las máximas autoridades yacerían en un charco de números, colgarían de una señal de tránsito que indicara paso obligado a la derecha o en otro de pendiente en 90 grados. Pero las encuestas son espejos rotos. Fracturan la imagen de la realidad en trozos incongruentes y nos dan un caleidoscopio de un error a la carta, ordenado por su clientela. Si la humanidad hubiera confiado en ellas y el buen Dios las hubiera tenido entre las criaturas surgidas de su maravillosa chistera en el Big Bang de la creación, andaríamos en taparrabos. Una encuesta ordenada por Fernando VII daba un 95% a favor de la provincia y un miserable 5% a favor de la Independencia. A no ser que el financista que la encargara hubiera sido Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Ponte Palacios y Blanco y el universo de encuestados se hubiera limitado al mantuanaje caraqueño amigo de los enciclopedistas franceses.

Primer despropósito: toma variables diferenciadas por líneas rectas, cordilleras por horizontes infinitos y seres de carne y hueso por logaritmos y estructuras matemáticas. Lo mismo vale lo que opine un mudo que lo que afirme Plácido Domingo, un analfabeta que Albert Einstein, un cojo que Lionel Messi. Son la perfecta sirvienta de la señora democracia, ese error estadístico que menospreciaba Jorge Luis Borges. Como lo sabemos sin necesidad de conversar con el señor Schemel, a la primera de cambios la humanidad se decantó por el igualitarismo y enterró la libertad en una fosa común. A veces se asoman los huesos de una mano.

Pero a los hechos, esos “facts” que tanto admiran quienes ven el mundo en positivo: de la revisión de la última encuesta de Keller se deducía un hecho monstruoso: existe un hiato hasta hoy insuperable entre lo que verdaderamente siente la mitad de los venezolanos –esto es una basura y no resolverá uno solo de nuestros gravísimos problemas– y lo que cree o le han hecho creer: sigue siendo y con cierto orgullo “chavista”. Una quisicosa puesta en pie por demagogos, usurpadores y farsantes que combina los desastres objetivos que provoca con la seducción y el encantamiento de los espejos rotos.

De allí que a la hora de la verdad su hemisferio cerebral de elemental racionalidad rechace todas las absurdas propuestas de los locos del patio, mientras su otro hemisferio insiste en mantenerse en sus trece. Antes que darle crédito a su elemental racionalidad se somete al siniestro universo de rencores, odios, reconcomios e insensateces que le dicta seguir hundiendo las patas en el estercolero.

Lo mismo sucede con esta reciente de IVAD, desgajado todo lo que pueda ser considerado una cortesía de la casa hacia quienes la financiaron. Se comprueba lo que todas las otras encuestan vienen reafirmando desde hace años: del chavismo arrasador de fines de los noventa, a pesar de un cuarto de millón de muertos, una devaluación digna de la crisis del 29 y la literal devastación de un país que fuera próspero y feliz, solo sobrevive un 30%. Pero ese “solo 30%”, en manos de los Castro, las fuerzas armadas controladas por los Castro, el gobierno controlado por los Castro y los medios controlados por los Castro, vale lo que jamás valdrá el otro 30% controlado por el espíritu santo. Pues aunque usted no lo crea, existe otro 30% al que le parece que la lluvia sube de la tierra al cielo, el sol se acuesta y se levanta y no considera apropiado pronunciarse sobre lo que pasa o no pasa en el país.

La razón, por el camino escarpado. La sinrazón, de bajadita. De cada 10 venezolanos, 8 consideran que el gobierno está equivocado, va hacia el despeñadero, vivimos una feroz crisis política y económica, Maduro traiciona el legado dejado por Chávez –sepan ellos a qué se refieren cuando hablan de “legado”– y consideran que algo debe cambiar. Si esa cifra tuviera algún sentido, el oficialismo gobernante no debiera ni siquiera llegar a 20%. Pero hete aquí que ante la pregunta del bloque al que pertenecen, 33% se dice oficialistas. Si se le sumaran los que todavía no saben a qué bloque pertenecen, 14,5%, pueden llegar a 47,5%.

Ciertamente: el bloque opositor suma 52,5%, lo que en condiciones normales, que no es ni de lejos el caso, indicaría una discreta aunque cómoda mayoría. Pero causa una honda vergüenza, incluso indignación e impotencia, que luego de arrasar con nuestra sociedad, asaltar todos los procesos electorales, asesinar más de cuarenta jóvenes que protestaban pacíficamente –si es que a una guarimba no se la compara con los llamados colectivos revolucionarios ni la brutal parafernalia bélica con los que fueran enfrentados– y provocar la más grave crisis económica y de desabastecimiento –73,5% de los encuestados la consideran el principal problema nacional– todo ello exponencialmente demostrado en estos meses recientes, solo la mitad de los venezolanos haya decidido sumarse a la oposición a este estado de guerra civil no declarada.

No haber sido capaces de romper ese trágico equilibrio de fuerzas, obvio es decirlo, es culpa exclusiva de la sociedad democrática. Es resultado de una carencia de imaginación, inteligencia y osadía políticas. Es producto de la apatía, el desinterés y la ignorancia de quienes se niegan a mirar a través de ese espejo roto y tener el coraje y la osadía que tuvieron quienes no esperaron encuestas para salir a conquistar la república y nos han legado la democracia, hoy por hoy en estado terminal. Que otros se alegren por el resultado de estas encuestas. A mí me desconciertan.