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Antonio Sánchez García

El reino de la barbarie

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Somos una era sin líderes. Hemos dejado de tener líderes a finales del siglo XX.”   Oriana Fallaci

 

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En un encuentro privado celebrado a mediados de los sesenta en La Habana entre el francés Regis Debray y su esposa, la valenciana Elisabeth Burgos, Fidel Castro lo dejó en claro de una sentada: de apoderarse del petróleo venezolano, el mundo se rendiría a sus pies.

Quiso por las buenas, pero se encontró con el ceño adusto y el temple inflexible del político más destacado de la historia venezolana, Rómulo Betancourt. Ante lo cual y decidido a apoderarse del petróleo venezolano que comprendía como clave maestra para imponer sus afanes imperiales sobre todo el continente sudamericano y convertirse en un peón de primera línea en la lucha por la conquista del poder mundial, lo intentó por las malas. Se sirvió de la llamada izquierda revolucionaria y de los restos remanentes de la insurgencia en el interior de las fuerzas armadas, huérfanos de acceso al dominio del Estado tras la caída de Pérez Jiménez por acción del mismo Betancourt y de una Acción Democrática que se plegaba entonces a sus directrices. Consciente de su grandeza e infalibilidad.

Ambos remanentes, la izquierda que devendría en castrista y los sectores golpistas de unas fuerzas armadas trasminadas desde siempre de golpismo autocrático, servirían de plataforma a los intentos invasores de Fidel Castro. Que si en el interior de Venezuela encontrarían una élite política valerosa, consciente de su misión histórica y capaz de enrolar a las fuerzas armadas tras su proyecto democrático hegemónico – siempre, justo es subrayarlo, bajo la dirección de la Acción Democrática betancourtiana, que Copei y URD trastabillaron siempre en la indefinición existencial ante las veleidades socializantes de la hegemonía dominante en una sociedad petrolera y el proyecto castrocomunista – en el exterior chocaban con un mundo inmerso en la llamada Guerra Fría y un enfrentamiento existencial entre el comunismo sino soviético y el capitalismo occidental. Si los Estados Unidos se habían visto constreñidos por razones de Estado a tolerar la revolución cubana, no tolerarían otra Cuba en el Hemisferio, como lo pusieran de manifiesto la derrota del proyecto castrocomunista de la izquierda chilena y los desastres vividos por las fuerzas insurgentes alimentadas desde Cuba: tupamaros en Uruguay, montoneros en Argentina, ELNos en Bolivia y los distintos grupos de la llamada izquierda revolucionaria continental.

 

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De eso hace medio siglo. Sin que la derrota del proyecto castrocomunista se hubiera traducido en un cambio estructural de las fuerzas enfrentadas. Así, mientras Estados Unidos daban por resueltos los conflictos de su patio trasero, sufría la crítica universal a la brutalidad de su reacción cívico militar a los intentos desestabilizadores del castrismo latinoamericano y evolucionaba hacia una componenda con los antiguos enemigos, bajando la guardia ante la tenacidad y perseverancia del peligro castrista en la región, las fuerzas replegadas del castrismo volvían al ataque provistas de nuevas estrategias, a partir de la constitución del llamado Foro de Sao Paulo, se travestían de ropajes electoralistas y democratoides y luego de penetrar a las fuerzas armadas debilitadas por el esfuerzo anterior volvían al ataque, esta vez con mayores bríos y mayor sabiduría.

Chávez fue a esa política del letal y avieso contraataque castrista lo que al lenguaje teatral es un Deus ex Machina: el factor súbitamente aparecido del cielo que vino a enderezar los entuertos, redimir los pecados y abrir de un portazo la vía hacia la liquidación de las democracias latinoamericanas. Con un plus de significación universal: puso en las manos de Fidel Castro el petróleo venezolano que reclamaba para la realización de su proyecto imperial como Arquímides la palanca.

Quien aún no haya tomado conciencia del giro copernicano que la aparición de Chávez y la entrega de Venezuela y su petróleo al tirano cubano ha supuesto para el Hemisferio, no entiende las claves de la crisis excepcional que viven Venezuela y la región, ni puede, muchísimo menos, diseñar una correcta estrategia para enfrentarla. Pues tal giro se cumple en el contexto de una crisis tan excepcional como la nuestra, nacional, a saber: la grave pérdida del poder de decisión y voluntad – claves del comportamiento político - por parte del liderazgo de Occidente en el mundo. A un siglo exacto de la devastación causada por la Primera Guerra Mundial adolecemos del mismo grave síntoma de hondo significado histórico que la convirtiera en un Apocalipsis, tal como lo señalara recientemente el historiador inglés Max Hastings en su obra 1914: el año de la catástrofe: el planeta vive una crisis existencial y la enfrenta con liderazgos que están muy lejos de la altura del desafío.

El fenómeno más notable de esta grave crisis global se expresa en la dramática pérdida de liderazgo por parte de Estados Unidos y, tal vez  en mayor y más dramática medida, de Europa. Así como en la emergencia incontestada de China en el escenario mundial, la incontrolable situación de los restos sobrevivientes de lo que fuera el imperio soviético – la Rusia de Putin - y la brutal ofensiva del islamismo integrista sobre Occidente.

No es una simple crisis de orden político que afecte a las tensiones provocadas por conflictos de intereses: es una crisis de naturaleza moral, que ha puesto en cuestión los valores sustantivos que han movilizado al espíritu liberal democrático del último siglo. Y que se derivan, incluso, de las propias tendencias del capitalismo en su última fase de dominio trasnacional. Pareciera, como denunciaba con ardor y coraje la periodista italiana Oriana Fallaci, que la cultura de Occidente ha tocado fondo y ha colapsado, arrasada por los propios principios de la reproducción ampliada del sistema capitalista, con la desaparición de la ética y la corrupción generalizada de las élites. La alienación provocada por el predominio hegemónico y trasnacional de la mercancía ha triturado todas las normas de funcionamiento inmanentes a la cultura de Occidente.

 

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¿De qué otra manera y bajo qué otras coordenadas explicar el insólito y ominoso sometimiento de Holanda a la desquiciada y criminal voluntad de una mafia enquistada en el Estado venezolano, que pisoteando todas las normas del derecho y la justicia internacionales le impone al Reino de Holanda la renuncia al ejercicio de su soberanía, sometiendo a juicio y siguiendo el curso legal a un venezolano perseguido por la justicia de Estados Unidos  a través de los organismos policiales y judiciales internacionales competentes por los graves delitos de narcotráfico que se le imputan?

Es, desde el punto de vista de un análisis estrictamente político, la mayor derrota sufrida por Holanda, que acepta pervertir el sentido de su institucionalidad jurídica para doblegarse a un gobierno cuestionado internacionalmente por los graves abusos y violaciones a los derechos humanos y la práctica incuestionable de mecanismos violatorios de la buena vecindad en asuntos de política internacional. Como es el caso del narcotráfico y el terrorismo, los dos más graves delitos del derecho internacional, comprobadamente realizados por el personaje causante de esta crisis, liberado a pesar de las abrumadoras pruebas del cometimiento de sus delitos, llevados a cabo en una magnitud y dimensión tanto o más graves que los de notables narcotraficantes caídos en desgracia, como Pablo Escobar Gaviria.

Lo es también para los Estados Unidos, incapaces de ejercer su liderazgo sobre una región que se le ha escapado de las manos, carente de una estrategia global de defensa de los valores democráticos y liberales en su propio hemisferio. Y que puede ser burlado a millas de sus costas por un gobierno que cumple a la perfección con las condiciones como para ser calificado de forajido y narcotraficante. Sin que tan graves antecedentes mermen en lo más mínimo sus relaciones con los países de la región y del mundo.

En el caso de Holanda, la humillación se parea con la sufrida en manos de los rusos, que asesinan a más de cien de sus súbditos bombardeando el avión comercial en que viajaban. Y en ambos casos, lo que bordea la infamia, se trata de un sometimiento de Estado por razones estrictamente económicas: la dependencia al petróleo ruso venezolano y la salvaguardia de negocios entre los Estados, puestos muy por encima de las obligaciones éticas y morales constitutivas del derecho internacional.

En pocos años y antes de que se extinga una generación, el mundo ha vivido, como lo hemos señalado en nuestros artículos anteriores Persona non grata - http://www.el-nacional.com/opinion/Persona-non-grata_0_453554739.html - y Política y criminalidad  - http://www.el-nacional.com/opinion/Politica-criminalidad_0_452354850.html - un cambio de paradigmas de consecuencias todavía incalculables. El crimen ha dejado de serlo: cobijarlo, se convierte en un deber de Estado. En una sociedad dominada por los brutales intereses económicos, asesinar, traficar, reprimir y violar se convierten en norma si quien los comete ejerce su derecho de apropiación, así esté fundado en el crimen, sobre un bien necesario al funcionamiento del sistema, como el petróleo. Que en manos inescrupulosas, en un siglo inescrupuloso y pervertido, puede convertirse en la palanca para mover al mundo. Lo que hace medio siglo constituía el sueño del peor tirano de nuestra historia, hoy se ha hecho realidad. Es la mano del anciano que ha movido al títere que le torció el brazo a un reino. Y de paso puso en ridículo a un imperio.

Para Oriana Fallaci, ya era tarde. Ver los minaretes dominar por sobre las cúpulas y campanarios de la Italia cuna del cristianismo la había sumido en la profunda depresión que la arrastrara a la muerte. Hay que tener un corazón de piedra, un cerebro de corcho y un espíritu de plastilina para no compartir sus angustias. A un siglo de la explosión de la barbarie, sigue tan sólida y campante como siempre. Que Dios nos asista.