• Caracas (Venezuela)

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Diego Arroyo Gil

Una reina llamada Michaelle Ascencio

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La muerte de Michaelle Ascencio ha echado un manto de dolor y de pena sobre el corazón ya estremecido de nuestro pueblo. Haitiana de nacimiento, venezolana a carta cabal, vivió su vida con los ojos llenos de una luz que lograba proyectar su propio milagro sobre su entorno.

Quienes gozamos alguna vez de su cercanía (amigos, alumnos, lectores, aun conocidos de la distancia), estamos abatidos por la súbita noticia de su ausencia, que apoca y disminuye todas las almas que resucitaban cada vez que ella aparecía, con esa presencia de reina que Michaelle tenía y cuya gracia distribuía a los suyos, con nobleza y prodigalidad caribeñas.

Antropóloga y estudiosa de la historia, era ante todo una profesora y una novelista a las que nadie podrá igualar, porque su manera de ser y de estar en la tierra eran irreducibles excepto a ella misma, que nos ha dejado en un momento de impresionante desconcierto. La tristeza por su muerte viene a sumarse –quién iba a decirlo–, a la tristeza por la situación de este país que ella amó y por el que trabajó hasta el último momento.

En esta hora de duelo resulta difícil expresar con templanza ni lucidez lo que ella era, lo que Michaelle nos daba cuando estaba viva y entre nosotros. Acaso sea suficiente decir que era una lámpara de belleza que alumbraba en los momentos de más espesa oscuridad.

Michaelle Ascencio, “Miqui” para sus amigos, ha regresado a la vieja y mítica, a su querida Guinea, como esas tortugas de buena madera que se lanzaban al mar desde la mesa del recibo de su casa. Allá la acoge de pie un continente de gentes y de dioses, y a él llegan nuestros cantos por la paz de su espíritu.

Adiós, Michaelle, pavorreal de antiguo imperio, abierto de plumas y colores en nuestra memoria, que es la tuya. Siempre.