• Caracas (Venezuela)

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Eduardo Escobar

Las regresiones del siglo XXI

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Es inexplicable que algunos aparentes intelectuales de estos lares latinoamericanos aún piensen que el llamado socialismo del siglo XXI (el lector puede incluir una sonrisa condescendiente, una lágrima justa y un tris de vergüenza ajena) nombra un proceso revolucionario, un progreso en estas naciones que corren entre La Patagonia y los azules caníbales del Caribe.

Es tan obvio el retroceso en todas esas cosas que pasan por ser la realización del proyecto de Bolívar (que ha de estar en su tumba carraqueando con todos los huesos), es tan evidente el salto atrás que significan el dogmatismo, la mitificación de las personalidades, el nacionalismo narcótico, la represión, la trampa, la violencia y el empobrecimiento mental...

Dicen que el gorila involucionó en América en el mono aullador del Orinoco, y el cocodrilo en el modesto caimán de los pantanos del Casanare. Y tal vez por la misma razón, el Marx que presidía las paradas del primer Chávez acabó en un confuso llamado al Jesús misericordioso de las beatas en sus postrimerías, y el marxismo distorsionado por las luces brujas del trópico: o revelado. Es bueno insistir en los orígenes teológicos de Marx. Y en el talante talmúdico del comunismo ruso que fue un paradigma en el siglo XX. Y esperanza de nada.

Los líderes del socialismo del siglo XXI, en pro de un porvenir que no cuaja, se comparan con los pintorescos caudillos del pasado latinoamericano que dieron origen a una fabulosa biblioteca de novelas de desmesuras. Ahora con más banderas, con otras maletas cruzando dólares bajo las mesas diplomáticas mientras enriquecen a sus entenados y parientes. En Venezuela consagran gigante al coronel Chávez. En Argentina Cristina Kirchner hace lo propio con su marido en un hiperbólico homenaje póstumo. Napoleónico. Esdrújulo. Altisonante. La praxis marxista-leninista condujo al purgatorio suramericano de hoy, a un carnaval de ideas y mitos fofos. Pero si aquí dio por frutos purgatorios, otros lugares fueron más de malas realizando el embeleco del humanismo burgués embebido en las fantasías de la llamada izquierda. Su voluntarismo cerrero produce horrores sin nombre en contravía de la modernidad hace casi un siglo.

Hoy, en China, la prosperidad material, las autopistas, los rascacielos enmascaran crueldades, sumisiones, la escabrosa tiranía de los emperadores amarillos reencarnada en las jerarquías del partido. En la Rusia de Stalin y en la Camboya de Pol Pot y en la Cuba casi dieciochesca, lo que llaman la izquierda enloqueció de maneras distintas según las peculiaridades nacionales. Hoy La Habana está partida en dos mitades, una para gozar y otra para resignarse. En Vietnam el capitalismo fue derrotado por un poeta con hábitos de santo, pero volvió con su dinero en metáfora de la estupidez de la guerra. Hoy es una colmena proletaria rodeada de campos y casinos para los ricos europeos. Nat Turner dijo una verdad espantosa: la guerra fue una tontería: matamos tres millones de clientes para los productos norteamericanos. Y erizó el sonriente bigote. La lógica de la codicia triunfando sobre la ideología. Las máquinas avasallando las banderas.

Ante la lección de la historia, extraña ver aún tantos obnubilados por el espejismo tenaz. Por mi parte, aunque sigo aguardando el mundo que quiero desde que escribía poemas a Ho Chi Min y al Che y me asomaba a las grises células del partido en la adolescencia, ya sé que la única cosa peor que el capitalismo es la colectivización de la vida y la omnipotencia del Estado. Y que el marxismo no consiste en repartir areparina en los tugurios, ni en graduar arquitectos para el vano de las puertas. Y saberlo no me avergüenza. Todos los buscadores deben volver a veces sobre sus pasos. Y cambiar de rumbo. Y a veces de tesoro.