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Oscar Hernández Bernalette

El regionalismo en América Latina sin oxígeno

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El proceso de integración regional ha generado muchas expectativas y demostrado pocos beneficios para los pobladores de la región. No hemos medido los niveles de satisfacción integracionista para demostrar, por ejemplo, en qué se han beneficiado nuestros países de tanto discurso, tantos encuentros, anuncios y promesas. La retórica sigue predominando más que las medidas prácticas que garanticen un proceso en vías de consolidación de un gran espacio económico y comercial latinoamericano. La Comunidad Andina tambalea y el Mercosur pareciera estancado. Hoy existen casi los mismos obstáculos burocráticos, administrativos que hace 30 años. No existe libre movilidad de personas, no tenemos una política de cielos abiertos y siguen siendo las fronteras y nuestros puertos los grandes obstáculos para el libre comercio entre nuestros pueblos. Mientras que en el mundo se consolidan regiones, en la nuestra la dispersión y la división están a la orden del día.

El regionalismo es una tendencia universal. Muestra de ello son los más de 300 acuerdos comerciales notificados ante la OMC. Por su parte, si algo ha tratado de hacer el conjunto de gobiernos de la región latinoamericana por décadas es convertir esta parte del continente en una región en el sentido más amplio de la palabra. No en el simplemente geográfico, que de por sí lo es, sino como entidad política y económica. Sin embargo, si bien la naturaleza se ha encargado en buena manera darnos una entidad bastante homogénea, los hombres encomendados a hacer la política en esta parte del mundo más se han acercado a unirnos por la vía de la retórica que por la de la integración amplia, verificable y perdurable. Esto es, sin instituciones sólidas.

Veamos. Dos grandes etapas para evaluar los esfuerzos por integrar la región. Sin menospreciar los hechos a lo largo de la historia y el legado de nuestros libertadores por la construcción de una región liberada más que integrada, podemos ver dos períodos bien diferenciados: los años noventa y el ciclo que corresponde a la primera década del nuevo milenio. En la primera etapa, nos caracterizamos por una maraña de acuerdos comerciales y de integración que fueron proliferando y consolidándose en una década en la cual se imponía una visión liberal de la economía y de inserción en los procesos de globalización. Teniendo como puntas de lanza la CAN, el Acuerdo de Integración Centroamericano, Caricom, Mercosur y posteriormente el Acuerdo del Pacífico. A estos se suman los TLC entre algunos países de la región, especialmente impulsados por Chile y México. El G-3 fue uno de estos esfuerzos integradores con Colombia y México, y que lamentablemente fue denunciado por Venezuela a comienzos del gobierno de Chávez. Fue por cierto la época en la cual se prohibía hablar en la jerga oficial de productividad, globalización en términos positivos y de competitividad.

Con el regionalismo abierto se buscaba, entre otros propósitos, conformar una economía de mayor escala para la región. Era difícil intentar penetrar la economía mundial con otras de menor dimensión. Venezuela tenía más opciones como miembro de la CAN que como actor individual, además de, por supuesto, su fortaleza como proveedor de petróleo que perfectamente hubiese podido desarrollar una economía energética como pocos países en la región.

Otro de los objetivos que se perseguía era hacer que nuestras empresas fuesen más competitivas. Los gobiernos estimulaban a sus empresas a competir para desarrollar sus capacidades exportadoras. Por otra parte, estos procesos de integración, y a su vez de ampliación de mercados, permitían el ahorro de divisas convertibles, así como atraer inversiones directas basadas en la amplitud de los nuevos mercados que se abrían entre los países de la región. Un inversionista extranjero en Venezuela, por ejemplo, se articulaba en el mercado andino sin mayor dificultad.

Esta fortaleza integradora buscaba también permitirle a la región una mayor capacidad negociadora frente a terceros. Se entendía que una región unida negociaría con mayor paridad ante las grandes economías, especialmente Estados Unidos y la UE. Hoy el otro gran actor sería China. Toda esta lista de propósitos para la región buscaba, además, tres grandes objetivos: ampliar los flujos de comercio entre los países de la región, desarrollar la infraestructura regional y generar riqueza en la zona, con su consecuente efecto en la creación de empleo estable. Esta visión era el preámbulo a nuevos y mayores consumidores con opción de elección de productos.

Entender el regionalismo de esta manera era la bisagra a una futura unidad política. Sin embargo, vemos que las diferencias políticas y las imposiciones ideológicas situaron la región lejos de un regionalismo vigoroso que la colocara en una dimensión competitiva ante el resto del mundo. Lo que hemos construido es un esquema inapropiado que se basa en la cooperación sin interdependencia, por encima de la competencia y la retórica como herramienta de desintegración de la arquitectura comercial y económica que bien se perfilaba como la base de una región fuerte y mucho más dinámica. La ideologización de la integración ha debilitado las instituciones comunitarias. Los ejecutivos reinterpretan el proceso a su antojo y hacen retroceder iniciativas del pasado que ya nos deberían haber convertido en la región más integrada del planeta.

Pudiéramos entonces concluir preguntándonos: ¿estamos seguros de que en nuestros países sus clases dirigentes, sus instituciones, los gobernantes, están convencidos de las grandes oportunidades que brindan a la región los procesos de integración? Por otra parte, ¿son los pueblos de la región consientes de los beneficios que la integración económica, social, política, tiene para ellos? ¿Hemos medido alguna vez los niveles de satisfacción integracionista? ¿En qué se han beneficiado nuestros países de tanta retórica, tantos encuentros, anuncios y promesas?

 

*Embajador de carrera. Fue director general de Negociaciones Internacionales del ICE, y director general de Economía y Cooperación Internacional del MRE.