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Sergio Monsalve

Cómo refundar una galaxia destruida

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James Gunn es el George Lucas de la era post Tarantino. Ganó fama como guionista y acaba de ser consagrado como director por el éxito de Guardianes de galaxia, una versión trash y paródica de Star Wars, protagonizada por otro grupo de rebeldes sin causa.

Si La guerra de las galaxias era el síntoma del fin de la Guerra Fría, la nueva cinta de la casa Marvel no escapa de los parámetros del cine de superhéroes, nacido a consecuencia de la pesadilla terrorista. En última instancia, la historia de Los vengadores se repite, pero ahora como farsa autoconsciente e irónica.

Es decir, el guión de la cinta vuelve a plasmar el mismo dilema de las demás piezas del género: una pandilla disfuncional debe sumar esfuerzos y aprender a lidiar con sus diferencias para salvar al cosmos de su extinción, a merced de los apetitos megalómanos de un villano, de un arquetipo del mal.

En el libreto, ocurre lo de siempre. Los buenos le propinan una lección al “Darte Vader” de la fórmula. Las promesas mesiánicas y populistas cumplen su cometido en la pantalla. Los espectadores hacen catarsis y regresan en sana paz a la casa.

Por dos horas, los problemas, enredos y tragedias logran ser conjuradas por la astucia de una caravana del valor, de una cruzada por el reintegro del sueño americano.

En síntesis, es el costado menos interesante y más conservador de Guardianes de la galaxia, bajo la estricta supervisión de los códigos morales de Disney. Por algo, cualquier tensión erótica es reprimida. Aun así, la película despierta la empatía de los críticos y espectadores, por una serie de argumentos razonables.

En descargo de ella, enumeramos sus principales atributos.

La música tiene un papel fundamental en la conexión emotiva de las secuencias de la trama. Antes de fallecer, la madre del protagonista le regala a su hijo una cinta magnética con diferentes canciones y temas de la nostalgia pop.

A partir de entonces, el realizador nos sumerge en su universo personal, distinguido por el reciclaje de la cultura mainstream de desecho. El mensaje subyacente se hace obvio. En pleno apogeo de la moda del iPod, Guardianes de la galaxia reivindica la época del cassette.

Como J. J. Abrahams, la propuesta de James Gunn consiste en descubrir una nueva vibra y energía en las técnicas adoptadas por los artesanos del pasado.

No en balde, él procede de las catacumbas de la explotación, cuando trabajó al servicio del estudio independiente Troma, casa de mutantes de goma y monstruos con máscara de látex.

Salvando las distancias, hoy goza de lo lindo, como un niño grande, al recuperar sus influencias y esencias en función de un proyecto ambicioso.

En pocas palabras, se trata de convertir una historieta no tan popular en una franquicia audiovisual de millones de dólares. A la espera de la segunda parte, las expectativas de los inversionistas arrojan un saldo favorable.

En paralelo, el responsable del encargo se sale con la suya. A pesar de sus defectos narrativos y estructurales, James Gunn entrega una de las sorpresas de la temporada de verano. Una efectiva y demagógica oda al poder de convencimiento de los perdedores. Una deliberada tomadura de pelo contra el cine de los caballeros oscuros y solemnes. Una quijotada, deliciosamente absurda, integrada por uno de los ensambles del año: un árbol amigable, un mapache deslenguado, un luchador enlutado, una chica medio alien y un mesías por accidente, quien baila como Kevin Bacon en Footloose.

No es cine de autor o una intensidad de aquellas, pero uno termina cogiéndoles cariño a los protagonistas de la función.
Mérito del corazón y el cerebro de Mr. James Gunn.

Precisos los efectos y las escenas del clímax. Erráticas y redundantes las cuestiones del segundo acto. Preferimos el primero y el tercero.

Inolvidable el epílogo de la redención humanista, con la danza y el sonido como telones de fondo.

La aventura se justifica en el reencuentro y la reconciliación de las diversidades.

Los narcisos entienden el principio de la solidaridad y el hecho de actuar con desprendimiento. Son pistas y bases para buscar reconstruir la hecatombe del desenlace. Un consejo para salir de la crisis, por cortesía del escritor de la fábula, evocando a WALL-E de Pixar.

Con total honestidad, aquí se asume el kitsch, la serie b y el neobarroco, sin complejos. Y el asunto funciona. Allí radica la autenticidad de Guardianes de la galaxia.