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Leopoldo Martínez Nucete

La reforma educativa es cuestión de vida o muerte

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Esta semana hemos estado concentrados en la educación, no como problema sino como mandato impostergable y como campo inagotable para la creatividad. Si siempre hemos pensado que en la educación está la salida a nuestras calamidades colectivas, ahora sabemos también que la educación puede garantizarnos cotas de desarrollo, convivencia y bienestar nunca antes prefiguradas por la humanidad.

Hemos sostenido un evento en Miami, llamado “Leading Education”, que contó con la participación de los equipos de www.IQLatino.org, Formar Hib y el Idea Center del Miami/Dade Community College; y recibimos el acompañamiento del secretario de Educación de la ciudad de Buenos Aires, así como de cerca de 40 líderes del sector educativo y emprendedores con impacto sobre este sector en todo el hemisferio.

En dos días fueron debatidas y estudiadas las prácticas idóneas para producir impactos positivos en la educación, desde el sector público, el emprendimiento, la filantropía y la inversión social corporativa, las ONG, los educadores y las universidades.

Naturalmente, fueron muchos los temas y aristas, pero hubo una coincidencia fundamental: América Latina y Estados Unidos necesitan una educación de calidad para todos. Y la necesitan ya.

En América Latina, aunque la prioridad reviste carácter de urgencia, no tiene el lugar que corresponde en el debate nacional, pese a haber consenso en el sentido de que por una educación de calidad para todos pasa la conquista de una sociedad más incluyente, la superación de la pobreza y el fortalecimiento del músculo emprendedor de nuestros países, sin el cual, será imposible acelerar el crecimiento económico.

Por su parte, Estados Unidos, al medirse con sus principales competidores en la OECD, ve con nitidez que el gigante del Norte necesita transformaciones profundas para no perder competitividad en el plano internacional y alcanzar mayores niveles de igualdad, así como para el empoderamiento de las minorías. Recordemos que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) es un foro donde coinciden los gobiernos de 31 democracias y economías de mercado para enfrentar desafíos relacionados con la globalización.

Las discusiones fueron variadas y estimulantes. Muchos fueron los puntos de vista que encontraron audiencia en estos días de trabajo. De tan apremiante agenda, nos quedamos con dos preocupaciones sobre las cuales urge actuar en todo el continente. La primera es la dignificación de la carrera docente. Que el maestro sea un referente de liderazgo, prestigio y reconocimiento cónsono con su imprescindible labor e impacto social.

Quedó demostrado que la inversión en educación ha incrementado sustancialmente en las últimas décadas, para escalar hasta niveles de 5% a 6% de PIB. No obstante, esa inversión no se refleja en los salarios del docente ni en su capacitación. En consecuencia, en toda la región estamos trabados en una confrontación gremial: se reclama una mejor compensación, pero se exige evaluación del docente para alcanzarla.

Urge, pues, encontrar mecanismos para que la evaluación no se transforme en una espada de Damocles ni en un obstáculo para el mejoramiento salarial del maestro. Con ese objetivo debemos desarrollar modelos cooperativos o colaborativos, enriquecidos por actores sociales de todas las proveniencias. Es una alternativa crucial en nuestro tiempo.

Aquí nos conectamos con el segundo asunto que llamó nuestra atención: la transformación e impacto de la tecnología en el campo educativo. Por un lado, están las herramientas de acceso al conocimiento y la información, así como las aplicaciones para apoyar el proceso docente o medir avances en el campo educativo. Y por el otro, tenemos los modelos de educación a distancia, “blended learning”; y plataformas que permiten acceso a la educación con el propósito de reinsertar a quienes desertaron del proceso educativo, quizá por su realidad socioeconómica.

En este ámbito aparece un espacio de formidable escala para el encuentro entre la oferta de emprendedores e innovadores y la demanda de servicios con valor agregado, una coincidencia muy útil para los gobiernos de ciudades interesadas en reducir el déficit educativo en los sectores populares.

Por supuesto, estas cuestiones tienen también anchos senderos en la filantropía y la responsabilidad social empresarial. Es mucho lo que puede lograrse entre ONG, gobiernos locales, universidades y empresa privada para desarrollar modelos de educación para el trabajo. Desde iniciativas que conviertan a cada empresa en una escuela para capital humano, al participar en sistemas de pasantías o entrenamiento, hasta plataformas donde el proceso educativo ocurre también fuera del aula, sin interrumpir la subsistencia o exigencias del horario de trabajo de quienes aspiran a mejores oportunidades a través de la educación.

Se hizo explícita, entonces, la obligación de todos para elevar la educación al sitio cimero y urgente que le corresponde en la agenda política de nuestros países. Para ello se hace indispensable asumir otro reto inexorable: el de dirigir recursos a la formación de nuestro liderazgo político. Es preciso educar a nuestros líderes de relevo para que se alejen de la nefasta tentación populista y asuman la educación como gran bandera en las agendas de gobierno de nuestros países y regiones.

Al concluir el encuentro sabemos que estamos convocados a innovar para transformar nuestros sistemas educativos. Y somos conscientes, no sin cierta angustia, que de no acatar este precepto, nuevas y mayores calamidades se abatirán sobre nuestros pueblos.

 

Nos leemos por Twitter @lecumberry