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Juan Barreto

Las redes del poder popular

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La lucha contra el burocratismo, dada su clara impronta cultural, ha de ser librada de forma permanente y a todas las escalas; entendiendo que su hondo calado en la mentalidad de la gente representa un severo obstáculo para cualquier proceso de transformación. Por ello la figura del poder popular tiene que hacerse músculo político de la gente, frente a la proverbial tendencia de la burocracia del Estado a coparlo todo.

El desmontaje de las jerarquías burocráticas y los mandos piramidales abre paso a las nuevas formas de agenciamiento colectivo, donde las interacciones se generan redificadamente: pensando los problemas en interacción con los otros, disponiendo de procesos complejos para la toma de decisiones y para garantizar la participación, contando con robustas plataformas tecnológicas que hacen posible el aseguramiento de la calidad de los procesos organizacionales. El nuevo tono de lo político va por esta vía.

Habilitar nuevas formas de gestión política supone una apuesta fuerte por la democracia directa, por la autogestión de procesos, por la participación real de la gente en las decisiones, en suma, por un efectivo ejercicio del poder popular en todos los ámbitos. En nuestro país, el sistema de las misiones, los consejos comunales y la diseminación de las redes del poder popular en todas las escalas son síntomas de un proceso mucho más profundo de desbancamiento del viejo Estado y sus telarañas burocráticas. No se trata solo de un proceso tecno-organizacional, sino fundamentalmente político: empoderamiento de las comunidades efectivas de cara al poder estatal. Esa contradicción ha de ser resuelta a favor del poder popular. Pero sabemos que ello no ocurrirá asépticamente como simple “transferencia de competencias”.

Se trata más bien de un campo de fuerzas en tensión cuyo dinamismo es de naturaleza esencialmente política. En un proceso revolucionario la calidad de los sistemas decisionales es vital. Esa calidad es directamente proporcional a la efectiva participación de la gente. El tamaño de las organizaciones no se escoge caprichosamente pero el impacto de dimensiones inmanejables tampoco se decide a voluntad. Eso quiere decir que las proporciones de una organización política no son neutras respecto a la calidad de la participación y su autonomía de gestión.

Lo mismo ha de plantearse en relación con los ámbitos en los que es susceptible la organización de prácticas políticas. Tanto la vida interna de las organizaciones, como la riqueza de sus articulaciones con los tejidos sociales que les son pertinentes, tienen una directa relación con el tipo organizacional que se adopta. Por aquello de que “lo pequeño es hermoso” es menester cuidar las escalas al punto de asegurar la participación directa, los acuerdos bregados en el diálogo, la negociación de conflictos lidiados en caliente. Allí se logra un poderoso antídoto antiburocrático que funciona eficazmente justo hasta el momento en que las grandes escalas desdibujan el rostro de la participación directa. Los ámbitos de acción tampoco se eligen por capricho.

La vida política no es solo el espacio público convencional. Desde la biopolítica que encara asuntos atinentes a la intersubjetividad hasta los desarrollos más radicales de una ecología política que apuesta por el decrecimiento (o crecimiento cero) se despliega un amplio abanico de espacios en los que las prácticas políticas requieren modalidades organizativas de distinto tipo. De nuevo: con una gran vocación de horizontalidad, prescindiendo de lógicas normativas que ponen por delante las formalidades, acentuando el valor del desempeño frente al imperio del estatus, erradicando sin contemplaciones las parafernalias nominales que entorpecen, que retardan, que distraen energías impunemente.