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Michael Spence

La recuperación de España

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La economía española está comenzando a atraer la atención de los inversores –y no solo porque los precios de los activos están deprimidos en el clima actual (lo que, se podría decir, implica un buen negocio para los inversores a más largo plazo)–. Si bien existen enormes problemas que todavía deben superarse, también hay una sensación clara y palpable de que la economía ha cruzado un punto de inflexión alrededor del inicio de este año.

Para los escépticos, los brotes de la recuperación no florecerán si no se tiene acceso al grifo del crédito, que todavía está taponado por el perjuicio en los balances de muchos bancos. Sin embargo, aunque el camino de regreso al pleno empleo y a un crecimiento sostenible no se construirá de la noche a la mañana, el progreso puede ser más rápido de lo que suponen la mayoría de los observadores.

Es fácil perderse en los detalles de los patrones de recuperación, de modo que ayuda un marco sólido para evaluar el crecimiento potencial. De hecho, la economía española es un caso clásico de un patrón de crecimiento defectuoso seguido de una recuperación predecible, ayudada por la implementación de políticas, que es impulsada principalmente (con cierta demora) por el sector comercial.

Antes de la crisis, la economía de España dependía de la demanda creada por una burbuja inmobiliaria apalancada –un patrón no muy diferente en algunos sentidos del de Estados Unidos–. En consecuencia, tanto el crecimiento como el empleo tuvieron lugar a expensas del lado comercial de la economía. Los costos de mano de obra unitarios aumentaron marcadamente en comparación con Alemania –no solo en España sino también en todo el sur de Europa, y en Francia– en la década que comenzó en 2000, luego de la introducción del euro.

La crisis afectó la demanda doméstica y el sector comercial estaba incapacitado, porque el rápido incremento de los costos de mano de obra unitarios relativos, combinado con un euro sobrevaluado, había minado la competitividad. Es más, el daño asociado con la crisis que sufrieron los balances de los bancos restringió la demanda y limitó seriamente el crédito de los hogares y los préstamos a pequeñas y medianas empresas.

España no estaba en una posición envidiable. El rápido deterioro de la posición fiscal después de la crisis hizo que cualquier respuesta contracíclica sustancial resultara imposible, a la vez que las restricciones regulatorias limitaban la flexibilidad estructural de la economía.

El camino a la recuperación, si bien difícil y prolongado, ha sido relativamente claro y específico. En primer lugar, los costos de mano de obra unitarios tenían que bajar a niveles productivos para restaurar la competitividad –un proceso doloroso sin el mecanismo del tipo de cambio–. Por cierto, ha habido una reconvergencia sustancial poscrisis hacia los niveles alemanes.

En segundo lugar, era necesario que tanto el capital como la mano de obra fluyeran hacia el sector comercial, donde las restricciones de la demanda se pueden relajar a medida que converge la productividad. Al igual que muchos otros países del sur de Europa, sin embargo, las rigideces del mercado laboral entre otras redujeron drásticamente la velocidad y aumentaron los costos del ajuste económico estructural, lo que resultó en niveles más bajos de crecimiento y empleo, especialmente para los jóvenes y para quienes buscaban su primer empleo.

Tanto los responsables de las políticas como los líderes empresariales de España parecieron entender la naturaleza de los desequilibrios económicos previos a la crisis –y la importancia del sector comercial como motor de recuperación–. El gobierno reconoció que la economía podía no beneficiarse de un restablecimiento parcial de la competitividad sin cambios estructurales y sancionó una reforma significativa del mercado laboral en la primavera de 2013. Fue polémica porque, al igual que todas las medidas de este tipo, rescindió ciertas protecciones para los trabajadores. Pero la máxima protección es el empleo creciente. Con retraso, la reforma hoy parece estar dando sus frutos.

De hecho, aunque la inversión doméstica está limitada por la disponibilidad de crédito, las principales multinacionales europeas y latinoamericanas han comenzado a invertir en la economía española, atraídas en parte por su mejor postura competitiva y flexibilidad estructural y, en un horizonte ligeramente más lejano, por una recuperación de la demanda interna. El capital de riesgo también está regresando, no solo porque las valuaciones son atractivas, sino también porque el crecimiento potencial en España hoy parece posible de alcanzar. 

Aunque España e Italia están igualmente deprimidas en términos de crecimiento y empleo actual, especialmente para los jóvenes, se destacan dos diferencias significativas. Una es que, a diferencia de España, Italia ha experimentado una convergencia relativamente menor de los costos de mano de obra unitarios y la productividad. Eso restringe el potencial de la parte comercial de la economía como motor de crecimiento. 

La segunda diferencia es que la reforma del mercado laboral y la liberalización del mercado en Italia siguen en la lista de asuntos pendientes del nuevo gobierno del primer ministro Matteo Renzi. Si Italia quiere sacar ventaja del potencial de crecimiento en el sector comercial de la economía, acabar lo que se empieza es crucial –de la misma manera que lo fue para España–. No existe ninguna posibilidad en ninguno de los dos países de que la demanda interna por sí sola respalde un crecimiento sostenido en el corto a mediano plazo. Es más, ambos países necesitan políticas orientadas al crecimiento para favorecer el desapalancamiento.

Como ha demostrado la experiencia de España, si bien la flexibilidad estructural es difícil de alcanzar políticamente, es esencial para un fuerte desempeño económico. Una razón es que se necesita un reequilibrio cuando un patrón de crecimiento defectuoso distorsiona la estructura de la economía, particularmente el equilibrio entre el sector comercial y no comercial. Otra es que las fuerzas del mercado tecnológico y global están imponiendo un cambio estructural en todas las economías avanzadas, incluso aquellas que no están desequilibradas. Las rigideces inherentes impiden la adaptación y afectan negativamente el crecimiento y el empleo.

En términos generales, las economías exitosas en las últimas tres décadas han sido aquellas que han adoptado reformas y políticas destinadas a incrementar la adaptabilidad estructural: podemos pensar en Estados Unidos después de Ronald Reagan, en el Reino Unido después de Margaret Thatcher, en Alemania después de Gerhard Schröder y en China después de Deng Xiaoping. España parece estar en las primeras instancias de recuperar un patrón de crecimiento equilibrado y sostenible. Es de esperarse que otros pronto sigan su ejemplo.


*Premio Nobel de Economía, es profesor de Economía en la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York y miembro senior de la Hoover Institution.


Copyright: Project Syndicate, 2014.