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Carlos Delgado Flores

La rebelión

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Bizancio. Enero del año 532. El emperador Justiniano había decidido restaurar las antiguas fronteras del Imperio Romano, por lo cual impuso aumentos en los impuestos y restricciones en los servicios de los ciudadanos del imperio, para sufragar la guerra contra Persia. Debía asegurarse el control de la ciudad y para ello encargó a una de las facciones de los equipos de las carreras de caballos que la controlaban, en cada uno de sus demos –la azul–, de lograr la supremacía sobre las otras: la blanca, la roja y la verde.

Es día de carreras en el hipódromo, el máximo acontecimiento político de masas de la polis oriental, solo parangonable con el circo romano de los siglos anteriores, el basileus (emperador) ha acudido con todo su fasto a presidirlas. En eso, un orador de los verdes lo interpela desde la tribuna, intermediado en el diálogo por el anunciador.

Orador verde: —Me dicen que soy libre. Pues bien, tengo que hacer uso de mi libertad. Si un hombre es libre, pero se sabe que es un verde, será castigado. La justicia permanece ciega cuando se trata del color verde. Deténganse todos estos asesinatos y déjese que seamos castigados legalmente. Los seres humanos no pueden ser oprimidos como si fueran castigados por la ley. Más valía que Sabbatius no hubiera nunca nacido. Porque su hijo es un asesino... Un carpintero que estaba trabajando aquí ha sido asesinado. ¿Quién lo mató?

Demarca (el demarca es el líder de la facción) de los azules: —Tu bando es el único que entra en el hipódromo con asesinos.

Orador verde: —Sí, tu bando. Vosotros podéis matar y se os protege en la huida. Señor Justiniano, ¿quién mató al carpintero?

Anunciador: —Vosotros mismos.

Orador verde: —Justiniano, ¿quién mató al hijo de Epigatos?

Anunciador: —Tú tratas de culpar a los azules.

Orador verde: —Ahora, quiera Dios Nuestro Señor tener piedad de nosotros. Nuestro Señor no nos engañará. Discutiré con mucho gusto con cualquiera que diga que Dios hace que tales cosas sucedan. ¿Quién es el que nos engaña? Explicadme esto.

Anunciador: —Tú estás blasfemando. ¡Cállate!

Orador verde: —¡Si tal es el deseo del más Majestuoso! Ahora ya conozco la verdad, pero me callaré. No pediré justicia aquí. Podemos darnos por muertos si nos quedamos. Buscad vuestros huesos espectadores.

Hasta aquí cito el relato de Procopio, quien proseguirá narrando que al concluir el orador, verdes y azules salen del hipódromo y emprenden una batalla campal a sus afueras, que es reprimida duramente por tropas del emperador; dos forofos (nombre con el que se conoce al público del foro, donde se realizan las carreras), uno verde y uno azul, son ejecutados, los heridos de ambos bandos son apresados en los hospitales, lo que viola el derecho de asilo. Tales fueron los desmanes de la represión, que lograron lo que parecía imposible, que verdes y azules se unieran contra el emperador.

A partir de allí ocurre lo que la historia recuerda como la Rebelión de Nika, que toma su nombre del grito conque los bandos animaban a sus equipos en las carreras: ¡Nika! (Vence). Rebelión en la que dos bandos antaño enfrentados deciden vestirse de púrpura (que eran los colores consagrados al emperador) y al grito de “Vivan los humanos azules-verdes” reivindican su condición de ciudadanos de la polis, deponen al emperador y nombran en su remplazo a Hipacio, sobrino del anterior emperador Anastasio, no sin antes arrasar violentamente buena parte de la ciudad. Con este gesto constituyen un gobierno no intermediado, sino controlado directamente por el Demos, y que no triunfa porque una acción sorpresa y un cambio de decisión de Justiniano, movido por su esposa, la emperatriz Teodora, transformará la derrota en una masacre de 30.000 forofos, verdes y azules.

Sobre el significado de esta histórica rebelión, Jorge Romero Gil de la Universidad de Barcelona en una entrada para el blog Ideas sapiens, observa: “El pueblo niega absolutamente el carácter divino del ejercicio del poder imperial, o, mejor aún, se declara sacer (sagrado, consagrado) a sí mismo –es decir, el depositario del poder por expreso deseo de la divinidad es el pueblo, y este es el que decide qué emperador debe ejercer un poder, que si bien es divino, no reside en sus manos sino en las del pueblo– y este es un planteamiento que se remonta a los mismos días en los que la expresión Senatus Populusque Romanorum tenía un significado real, cuando se estableció que el pueblo y el senado eran estamentos separados de una misma sociedad pero que ambos eran sagrados y, ambos, eran los depositarios del poder y la legitimidad. Ciertamente el Senado (el romano tanto como el bizantino) había terminado por abandonar, en la práctica, la idea del ejercicio del poder, no así el pueblo; este, de hecho, no solo reclama su carácter sacer, sino que proclama abiertamente un concepto que –para el emperador– es subversivo: proclama su propia Maiestas imperial; y lo hace de un modo gráfico y simbólico. En ese sentido, Procopio explica que los miembros de las facciones utilizaban la púrpura (él mismo indica que indebidamente) en sus vestiduras, no es una simple cuestión de moda, pues la púrpura no es otra cosa que el símbolo del poder imperial”.

Estas ideas que vienen de la antigüedad romana y bizantina están en el fondo de las ideas que contemporáneamente vemos en acción, en la política y el derecho, en las naciones de todo el orbe y aun en la nuestra, pese a que no parezca. Y es que cuando el Estado, en abuso reconocible de su soberanía (es decir: la condición sagrada –sacer– del poder con que el pueblo lo ha investido) violenta la otra fuente de soberanía que es el voto, negando recursos a los gobernadores y alcaldes electos democráticamente, por no estar presentes en una reunión del Consejo Federal; acorrala a la disidencia política que existe como expresión de la libertad de pensamiento y de afiliación política, porque para el modo en que este entiende la soberanía no hay adversarios sino enemigos; hegemoniza y coopta todos los espacios de deliberación política, imponiendo por vía de la propaganda un conjunto de definiciones autorizadas para las cosas (pensamiento único, neolengua, etc.); corporativiza la garantía de derechos, convirtiéndolas en prebendas de una facción; cuando todo esto ocurre, el Estado se convierte en tiranía y la rebelión del pueblo se vuelve legítima, el demos se consagra y al igual que el soberano, queda en la condición original del Homo Sacer: aquel que está consagrado a los dioses, al que ningún hombre puede asesinar, pero si lo hace, no podrá ser condenado por ello, tal como lo afirma Giorgio Agamben en Homo Sacer, el poder soberano y la nuda vida (Pretextos, 1998)

Esta consagración del Homo Sacer pasa por el abandono, la exclusión del bando, que puede estar representado por la ley o por la pertenencia a una facción, máxime en nuestro caso, cuando la ley se ha convertido en la expresión de una facción. La rebelión, digo, es legítima porque los rebeldes están abandonados, lo que lleva a considerar que en esta situación, a la par de que quedan liberados de la obligación por ante la ley, quedan vulnerables a su acción en cuanto que es la acción de una facción.

Creo que el ejercicio irrestricto de la soberanía implicado en la construcción de la hegemonía revolucionaria del proceso ha generado este estado de cosas; que fue a partir del 15-F (referéndum de la enmienda constitucional para la reelección indefinida), cuando se abrió para esta fase del proceso político venezolano esta posibilidad concreta, que ahora se ha potenciado con la protesta estudiantil por la falta de una política pública consistente para la seguridad ciudadana, que devino en feroz represión y en consolidación de la censura (impuesta o autocensura) de los medios de comunicación. Ello, no obstante, no debe confundirse con el estado de naturaleza porque pese a que el ejercicio político de la facción de gobierno ha demolido las instituciones, aún no ha podido derogar las leyes de la cultura, que existen, aunque no siempre son percibidas.

Se abre el tiempo de la rebelión, y dependerá del grado de madurez del liderazgo político venezolano y de la capacidad de horror de las naciones del orbe, el que esta rebelión sea lo menos violenta y lo más constructiva posible para el proyecto histórico venezolano. Dependerá que la protesta y la estructura, la soberanía y la institucionalidad sepan articularse para constituir las bases de un horizonte social compartido, un consenso en torno a un nuevo proyecto nacional.