• Caracas (Venezuela)

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Lorena González

Cuando la realidad nos supera

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La vida del arte, el ser del arte, ha estado siempre signado por una capacidad de ver más allá, de cernir desde la materia y en el aporte visual de sus engranajes, los rastros, las informaciones, las visiones y perspectivas de lo que en el día a día no todos pueden mirar con claridad. Esta fuerza cifrada es la potencia más latente de una obra, impulso que se concentra en lo que la obra sea capaz de decir sobre la realidad que sucede en torno a ella. En la medida en que esa misma sensibilidad vivencial tenga lugar en el ejercicio de otros acontecimientos distantes a su origen, esta obra y la realidad a la que remite podrán permanecer en el tiempo.

¿Pero qué sucede cuando la realidad nos supera? ¿Qué acontece con el arte y sus elementos en contextos donde las directrices de lo real desestabilizan todas las coordenadas de traducción y reflexión en torno a un suceso particular? Desde hace más de dos meses la vida del venezolano se ha visto trasegada por estos embates. Una contienda de versiones sin rumbo y traslaciones de verdades que van perdiendo su destino, amalgamadas por un poder que intenta una y otra vez, por todos los medios y a toda costa, silenciar y obstruir las emisiones de una queja cada vez más sonora, múltiple, diversa y contundente.

La gestión de un Estado debe conservar siempre puntos de equilibrio, segmentos de participación y canales de visibilidad para toda la organicidad que, incluso en su contra, forma parte de esa totalidad que integra los movimientos esenciales de una sociedad en vida democrática. Cuando esa posibilidad se reprime, cuando se coaccionan las llegadas, cuando se asesina la voz de los otros por la imposibilidad de escuchar e integrar sus sugerencias y opiniones, se convierte a esa parte de la población en paria, se le excluye de la posibilidad de pertenencia a la cartografía compartida y se le segrega como entidad integrante y símbolo vivo del desarrollo político, social y económico de la nación.

En este nivel las reacciones se desbordan. Los sucesos vividos en la Venezuela actual llevan dentro de sí la mácula de un procedimiento viral que enferma con creces el desempeño democrático para convertirlo en un proceso dictatorial y autoritario. Y este peligroso borde no solo tiene su inicio en los acontecimientos del 12-F, cuando una brutal represión no deja llegar hasta la Fiscalía General de la República a un importante contingente de estudiantes y ciudadanos que querían manifestar sus consideraciones sobre la difícil situación del país; lo que estamos viviendo es la sacudida degenerativa de muchos años de marchas y contramarchas, de prohibiciones, de segmentación, de celebraciones, ironías y abusos mientras las necesidades del otro son replegadas, acalladas y asesinadas, para convertirlo en un sujeto totalmente privado de su libertad física y moral. En este punto el arte se desborda y la obra se va a la calle: videos caseros, registros civiles, fotografías, trincheras, objetos, testimonios, instalaciones, palabras e intervenciones que se van transformando en las imágenes cotidianas de un decir humano que quiere manifestarse; expresiones transitivas que surgen ante un gobierno incapaz de ver que son sus propias acciones las que alimentan el complejo espiral de la violencia en esta topografía sangrante.