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Eduardo Escobar

Qué tan razonable es el Homo sapiens

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Algunos piensan que el hombre es el mismo animal hasta hoy; desde cuando surgió en África nadie sabe por qué, para qué o cómo, a pesar de la admirable parafernalia técnica que lo rodea. Que es racional podría ser una calumnia, la falsa atribución de un ilusionista despistado. Basta encender el TV para alarmar la sospecha sobre su reputada sensatez.

En Brasil, los fieles de la nueva religión de los estadios fiestean, ondean banderas, besan escudos, soplan pitos, vitorean a unos jóvenes millonarios hechos a físicas patadas. Mientras, los destechados que cargan el tarro para la sopa aguada de la esperanza se manifiestan ante las marquesinas olímpicas y enfrentan a la policía, cariacontecidos y furiosos. En Bogotá, unos adolescentes exasperados por el desorden neuronal secuestraron un bus para celebrar el aniversario de una empresa comercial de traficantes de sudor. Y al otro lado del planeta, los galavardos de Dios se masacran por un libro santo. Difícil concluir que la razón los asiste. O que existe la piedad.

Desde mi casa parecen unos extraños animales mis prójimos cuando bajan en masa por la autopista cada semestre, fechas contadas, con sus sombras plegables dentro de los automóviles. Se les ve en la cara de cazadores de mariposas, y en la sonrisa de quien prepara un milagro, que aspiran a escuchar una canción que anhelan desde que nacieron aunque sea para olvidarla luego. Pero cómo podrán escucharla con el ruido que hacen. Entre tantos afanes vanos.

Los más pobres corren a las playas exiguas de las quebradas pantanosas de las laderas de las montañas, a donde a pesar de todo pueden llevar sus ollas tiznadas y a veces brilla una trucha o una sortija. Otros, hacia las oscuras de los ríos de los valles, donde crecen el matarratón y la guanábana. O hacia las de los prestigiosos océanos mayores. Cada cual según el presupuesto y el temperamento. Unos pocos, a esas islas de Camus, donde los hombres mueren locos y felices. Y los automóviles, los de fibra de vidrio y los de hojalata, pequeños y grandes (el tamaño importa), dejan a su paso fétidas estelas de humo, entreveradas con las horrísonas canciones de moda, siempre malas. Pero eso no importa: importa el poder del parlante. El decibel es el mensaje. El que haga más ruido. El que más kilómetros saque de una patada.

Detrás de los vidrios se amontonan rostros de niños con una gorra norteamericana hecha en China. ¿No suena irracional? Y los hocicos de sus perros, engreídos, con ese aire de superioridad que gastan, exhiben un diente cobarde desde la seguridad de la ventanilla. Y en las plataformas de los furgones saltan maletas, envoltorios plásticos y a veces un triciclo amarillo. Conducen santos endeudados, rufianes con bocinas de pocos amigos, ancianos a paso de tortuga, jóvenes de gafas oscuras que se conceden el aire de estrellas de cine en remojo. Y todo me recuerda las migraciones de los cangrejos. Las travesías marcadas de los gansos.

Quizás son solo una formidable máquina de carne, que se aceita con dinero y quema gasolina, que escancia cervezas y ruñe huesos en los paradores. Camino a las tierras bajas. A bailar en las discotecas de los hoteles como hacen los peces de las profundidades antes de las cópulas genésicas. Algunos filósofos aún discuten si tienen alma estos plantígrados en pantuflas. Y si es inmortal. O solo otra envoltura transitoria. O si todo es apenas una agitación inútil, una fibrilación más en los limos de la biosfera.

La estadística sabe que ciertos sábados, en las grandes ciudades, cuando coinciden el día de la paga y el plenilunio, las enfermeras en los hospitales se desinfectan las manos más temprano, hablando frivolidades, pues, aunque seguro habrá jaleo, borrachos y cuchillos, ellas están acostumbradas y saben que es inevitable. Y lo demás es el cuento del libre albedrío, cuyo resultado es esta viscosa montaña de basura.