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Ildemaro Torres

Y con razón

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El humorismo merece una jerarquización justa, por su significado intrínseco y su eventual valor como rasgo caracterológico de un pueblo; sus obras tienen un significado testimonial y es sabido que si a algo temen los autócratas ensoberbecidos es a la agudeza de un humorista inteligente. En tal sentido hay fechas y sucesos a ser siempre recordados, como lo han sido entre nosotros los siguientes. 

El 21 de enero de 1965 fue publicado en El Nacional el primer Zapatazo, cumpliéndose ahora 49 años de ese hecho de tanta trascendencia para el periodismo y el humorismo venezolanos. En aquella caricatura inicial aparecía el boxeador “Morocho” Hernández recién coronado (pasados sus deslices) campeón de su peso, parado satisfecho en lo alto de un envase de leche.

El nombre de la sección lo sugirió el periodista Omar Pérez; en principio Zapata no estuvo de acuerdo, por temer que fuera tomado como autopromoción, pero Julio Barroeta lo reiteró sobre la base de la gracia implícita en el doble significado; la decisión no pudo ser más acertada, como lo probó el fenómeno de que al poco tiempo ya el espacio y su título gozaban de gran popularidad entre los lectores, así como sus contenidos ya eran temas de conversación.

No tardaron en ser y siguen siendo, miles las personas que cada mañana buscan esa caricatura cual clave para una mejor comprensión del acontecer nacional y hasta para definir más claramente una posición individual ante las diversas situaciones. La aceptación palpada llevó a Aníbal Nazoa a afirmar que “El Zapatazo representa el triunfo más clamoroso que haya obtenido caricaturista alguno en Venezuela”.

Los Zapatazos constituyen una producción de miles de dibujos. Como humorista de ingenio y mente inagotables, él ha jerarquizado la caricatura como arte, género periodístico, medio de divulgación cultural, instrumento para la denuncia de las lacras sociales, y como vehículo para la educación política y la lucha ideológica. Igualmente él ha sabido ser el vocero consecuente de ese venezolano famélico, parasitado, desempleado, relegado a la insalubridad y a la miseria en la Venezuela millonaria, y el mismo que de un barril petrolero vacío hace su silla, su mesa, su traje y su vivienda; además, y dentro de su pluralidad de contextos, nos da a Coromotico, en goce de aprecio por la identificación popular con ella en sus aspiraciones y frustraciones.

Con él se ha cumplido la acertada observación que hiciera José Balza en 1975, de que “un estilo inconfundible hallará el historiador futuro cuando venga a buscar lo más hondo de esta década y de las que vienen, en la escritura gráfica de Zapata”, pues a decir suyo, éste inscribe a diario en la prensa “nuestra mejor novela, nuestra mejor crítica, nuestra filosofía”; siendo numerosos los libros publicados, como también las tesis de grado y de maestría de las Escuelas de Comunicación Social de la UCV y la UCAB, para los cuales los Zapatazos han sido útiles crónicas de épocas, con rango de fundamental documentación histórica.  

Zapata fue por años profesor en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central, e invitado por todas las otras universidades del país a foros y conferencias. Es difícil encontrar un tema universitario que no haya sido objeto de un dibujo suyo, y cuando la autonomía ha sido amenazada o violada por alguien que drena sus frustraciones a través de acciones antiuniversitarias, o por soldados o policías con órdenes de disparar, él ha denunciado el atropello e invariablemente le ha salido al paso a la barbarie.

Y es que Zapata mantiene incólumes su agudeza crítica, su fe en la capacidad perceptiva del pueblo, y su empeño de crear, que no cesamos de aplaudirle agradecidos.