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Lorena González

El rapto de la mirada y el Museo Arturo Michelena

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El arte siempre empieza por la mirada, allí, en ese intersticio donde el pensamiento visual se activa, episodio secreto y siempre visible que de algún modo resquebraja lo real, lo abre, lo destroza, lo reconstruye y luego lo multiplica en las renovadas versiones de un todo tan consistente como inaprensible. Hace algún tiempo creo que comenté con fugacidad cuál fue para mí esa primera experiencia. El suceso en cuestión se dio en la antigua Galería de Arte Nacional, cuando en un paseo infantil de irrefrenable carrera por sus grandes espacios me detuvo con una fuerza implacable el óleo La caridad (1888) de Arturo Michelena.

Sudada y paralizada quedé frente al cuadro por unos quince minutos, como si la energía de mi desplazamiento incontenible hubiera sido atrapada por la escena sombría, por la actividad narrativa de una peripecia en la que la muerte caminaba en péndulo: la niña desatendida buscando algo, la angustiada señora entrando por el recuadro de luz y la mujer al borde del desfallecimiento, con esa mirada descolgada del cuerpo que salía de la tela hacia el espectador; brotando desde adentro, iluminada, imposible, desesperada.

Luego de ese suceso de la infancia, el resto de mi historia personal han sido las infinitas variables de aquel rapto. La narración ha venido a pedir audiencia porque hace unos días visité el Museo Arturo Michelena, estación de rigor en La Pastora adonde regreso cada cierto tiempo. Con sorpresa me encontré con una hermosa reconsideración de sus espacios bajo la curaduría de Juan Carlos Azpúrua y la museografía de Carlos García, quienes han logrado que la casa-museo de este invalorable artista venezolano tome un nuevo aire, equilibrio dinámico entre el mobiliario, los objetos, los bocetos y las piezas del artista junto a reflexiones sobre lo que fue una corta pero vehemente carrera que lo posicionó como el pintor latinoamericano más importante de finales del siglo XIX, al obtener dos medallas de oro en eventos capitales como el Salón de la Sociedad de Artistas Franceses de 1887 y la Exposición Universal de París en 1889.

En la primera instancia de la casa me encontré con otra de las obras claves de este creador: La vara rota (1892). Recuerdo con inquietud este cuadro de tema taurino en el que el toro arremete contra el caballo del picador, gracias a la renovada revisión que sobre esta obra trazó Luis Pérez Oramas en su texto para el catálogo Genio y gloria de Arturo Michelena, muestra expuesta en la GAN en el año 1998 con motivo del centenario de la muerte del artista. En su texto se divisa un recorrido vigente y profundo sobre los planos de la mirada en esta pintura, más allá del encierro academicista y hasta complaciente con el que lo han querido catalogar algunos de nuestros críticos, despuntando una poética por estudiarse en otras obras fundamentales como Vuelvan caras (1890) y Miranda en La Carraca (1896); contingencias en las que esa misma presencia de la muerte que mira para raptar al que la observa en un arrebato del que hablo al inicio de este texto parece repetirse en varios episodios pictóricos para alternarse con temas existenciales como la brevedad de la existencia, la enfermedad que signó los días del artista, los retornos constantes a la patria y las dicotomías entre la progresista Francia del momento y las turbias cadenas de miseria y barbarie que enfrentaba la sociedad venezolana de aquel entonces, devastada por los desmanes de guerras civiles y revueltas que azotaron una buena parte de nuestro siglo XIX.

El nuevo Museo Arturo Michelena, además de renovar sus propias instalaciones, ha extendido la creación de una sala de uso especial para la investigación y exhibición de propuestas sobre la obra de Michelena y sus contemporáneos. En este lugar las exposiciones Álbum familiar de Lastenia Tello de Michelena y Michelena mítico parecen haber iniciado el camino hacia un renovado estudio sobre la obra y la trayectoria de uno de los creadores con mayor reconocimiento internacional que ha tenido nuestro país. Esperemos que continúen ahondando en ese delicado filo de una obra que aún espera por nuevas consideraciones y que siempre se renueva, desde los tiempos inagotables de un trazo capaz de avivar para la posteridad los fuegos fatuos de la vida y la muerte.