• Caracas (Venezuela)

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Luis Pedro España

Los radicales

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A riesgo de echarme encima a la mitad o más de los que militan políticamente por Internet, es pertinente emitir opinión sobre este renacer de los llamados radicales dentro de la oposición. Sobre los exagerados del lado oficial también habría que decir, y mucho, pero el peso de las circunstancias económicas que ellos mismos transformaron de bonanza en pavorosa crisis los tiene agazapados y, por lo tanto, de ellos no hay que ocuparse, por ahora.

Lo cierto es que luego del resultado electoral del pasado diciembre y de haberse desatado el inicio de una recesión económica y social, cuya profundidad y temporalidad provoca vértigo, algún estratega, de esos mismos que orientaron a la Coordinadora Democrática desde el golpe de abril hasta el llamado a la abstención en las elecciones parlamentarias de 2005, vuelven a calentarles las orejas a más de una doña harta de tanto abuso, a los señores desesperados por el pasar de los días y de tanto muchacho fogoso que supone que en sus manos está el porvenir de la patria, porque, de lo contrario, no encontrará futuro aquí en su propia casa.

La culpa no es del ciego, sino de quien le da el garrote. No son los pocos venezolanos que salen exaltados a las calles, y que ven con frustración que las masas no los acompañan, los responsables, y mucho menos los culpables, de estupideces como los insultos a la delegación cubana a la Serie del Caribe en Margarita, el intento de volver a trancar calles sin ningún otro motivo que lo malo que está todo, o por la reedición de ideas que propusieron personajes que ya están de vuelta con el gobierno y que en su momento, en su pasantía por la oposición, inventaron aquello de la marcha sin retorno.

Si la historia sirve para enseñar algo, hay que recordarles a los venezolanos que prestan atención a los dirigentes que se dicen radicales, que mientras fueron las acciones insensatas las que condujeron a la oposición, en esos mismos años (2002-2005 para los desmemoriados) fue cuando el gobierno amasó más poder económico, representativo y militar.

Fue en esos años de radicalismo cuando los espacios democráticos lo perdieron todo. No fue sino después de 2007, cuando comenzaron a coordinarse las acciones de los partidos políticos, cuando se optó por la senda democrática y se creó la unidad, que se salió a la calle, no a incendiarla, sino a encontrase con el venezolano y explicarle, desde el punto de vista de lo civil, republicano y de avanzada, cuáles podían ser las salidas para el país, más allá de la dependencia mesiánica o de la sumisión petrolera.

Cuantitativamente, y en votos (no desde el “a mí me parece”), la unidad democrática no ha dejado de crecer y aun con sus baches, y con las obscenas maniobras de quienes están dispuestos a todo con tal de no dejar el poder, ha logrado reducir los espacios y hacer perder influencia a quienes están a tirito de pasar a las duchas.

Es por ello que el ataque a la unidad, el intento de desconocer o desacreditar a sus principales líderes, y sustituirlos por una agenda de violencia y radicalismo histérico, puede hacernos perder lo que con tanto trabajo se ha recuperado y ganado en los últimos años.

Pero más allá de las opiniones propias o ajenas, la ruta electoral y democrática sigue vigente porque el país prefiere ese camino que la agitación, el desorden y la incertidumbre de los insensatos que, por desespero o apetencias personales, quieren acelerar un cambio que el país, al menos por ahora, no está dispuesto a que ocurra por una vía distinta a la de la paz.

Si no lo cree, pregúntele a la inmensa mayoría de venezolanos por qué no le hacen el menor caso al llamado de los radicales y por qué deploran sus últimas acciones.