• Caracas (Venezuela)

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Vladimir Villegas

La quinceañera

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Han transcurrido ya quince años desde aquel 15 de diciembre de 1999, cuando los ciudadanos aprobaron en referendo la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, luego de un intenso período de debates, foros, propuestas, asambleas en plazas públicas, videoconferencias y demás actividades destinadas a ampliar las consultas multisectoriales con miras a incluir a toda la sociedad en las definiciones de un nuevo proyecto de país.

El origen popular de esta Constitución no tiene precedentes en nuestro país. Jamás se había dado en Venezuela una participación  de tal magnitud para elaborar una carta magna. La sede del  viejo Congreso nacional, hoy Asamblea Nacional, fue el escenario de  reunión de quienes formamos parte de la Asamblea Nacional Constituyente.  Allí hicieron acto de presencia prácticamente todos los factores de la vida nacional para formular sus propuestas o manifestar su inconformidad con algún aspecto del texto constitucional que habría de ser sometido a consulta popular.

La  sede de la Constituyente  fue prácticamente tomada por organizaciones de derechos humanos, grupos estudiantiles, trabajadores, feministas, campesinos, representantes de la tercera edad, deportistas, religiosos  pertenecientes a los más diversos cultos, empresarios, dirigentes comunitarios, personas con discapacidad, ambientalistas, bomberos, policías, organizaciones partidarias y contrarias al aborto,  e incluso integrantes de la Fuerza Armada. Todos querían verse reflejados en la nueva carta magna, que sus  propuestas fueran tomadas en cuenta.

El resultado, una carta magna avanzada en materia de derechos humanos,  que promueve la inclusión, que establece un modelo económico  en el cual hay cabida a diversas formas de propiedad, que abre las puertas a la participación ciudadana, que reconoce los derechos de los pueblos indígenas, que apunta hacia la creación de un Estado social de derecho y de justicia, y  que en buena medida recoge de manera concreta buena parte  de las aspiraciones históricas  del pueblo venezolano.

La Constitución de 1999 es un proyecto de país por realizarse. Buena parte de su contenido no ha tenido su expresión en la práctica. En otros casos se expresa un claro divorcio entre su texto y la realidad. Por ejemplo, si confrontamos el sistema de justicia que tenemos con lo que el ciudadano aprobó en referendo es evidente que verrugas como el retardo procesal, la situación de los centros de reclusión y  la corrupción siguen siendo taras  que evidencian esa contradicción. Y en el campo económico, por citar otro ejemplo, el que sigamos anclados en el rentismo es la mejor muestra de que  estamos muy lejos de un modelo que fomente la producción nacional,  que estimule el emprendimiento y que apunte hacia la soberanía alimentaria.

Si hacemos una revisión del texto constitucional y lo confrontamos con la realidad, llegaremos a la conclusión de que  la carta magna de 1999 es un proyecto de país por realizarse. Podría decirse que es hoy el único texto en torno al cual existe consenso entre los venezolanos. La constitución no es parte de nuestros problemas, todo lo contrario, sigue siendo el punto de partida, el plan de vuelo para avanzar hacia un mejor país.  En mi criterio, su vigencia no es lo que está en discusión sino su aplicación.

No se puede negar que, como toda obra humana, es perfectible, que tiene vacíos, que en su momento puede y debe haber reformas puntuales, como por ejemplo, en materia de financiamiento público a la actividad política. Fue un error prohibirlo. Es mejor que el Estado financie de manera transparente las campañas electorales a que algunas manos negras se metan en la política, o se utilicen de manera indebida los recursos públicos para favorecer a un partido.

Esta Constitución, como toda quinceañera, lo que tiene es futuro. Corresponde hacer el trabajo para que sus sueños no se queden en el papel.