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Beatriz de Majo

La quimera catalana

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El que 70% de la población catalana haya acudido a las urnas a pronunciarse sobre una tesis independentista –lo que era el trasfondo de las elecciones parlamentarias del pasado domingo– es un hecho sin precedentes. En la última consulta sólo uno de cada cuatro ciudadanos se había manifestado. En esta ocasión fueron los indecisos los que dieron una paliza a la tesis de convertir esta autonomía española en un país independiente con aspiraciones a ingresar en la Unión Europea. ¡Tamaña barbaridad!

La aventura independentista no pareció atractiva a los catalanes. Existía una posibilidad real de que el proyecto llegara a sacar alas, pero hubo conciencia popular acerca del carácter quimérico de tan descabellada propuesta. Es que de cara a España y de cara igualmente a la UE hacía falta no sólo que los catalanes se manifestaran contestes con una presencia independiente de su región en el concierto europeo. Era necesario que España en su conjunto los secundara, a través de un referéndum, lo que resultaba una cuesta imposible de transitar.

Artur Mas, al frente de la Generalitat, estaba decidido a llevar a sus conciudadanos a una calle sin salida. Salió con las tablas en la cabeza al convocar a estas elecciones anticipadas. Por ello el sentimiento popular es que el líder pasó de “frívolo a irresponsable”, como señaló la prensa una vez conocidos los resultados adversos. Pretender que un sueño como la independencia catalana pueda ser acogido favorablemente en la Europa de hoy es un sinsentido colosal. Está a la vista que en medio de la dramática prueba a la que la sometió la actual crisis de pagos de la región, Europa, más que nunca, está determinada a actuar como la unidad para la que tiene vocación. El corolario del episodio aún inconcluso de la estabilidad económica europea y de la subsistencia del euro es uno solo: los Estados-naciones como unidades independientes no son buenos para atender los problemas del mundo actual.

El domingo luego de la debacle electoral del plan soberanista de Mas, nos recordaba Xavier Vidal-Folch, ex director de El País, que el gran pensador Daniel Bell planteaba que el Estado es hoy “demasiado pequeño para atender los grandes problemas del mundo actual y demasiado grande para encarar los pequeños problemas cotidianos del ciudadano”. Si desde entonces el declive del Estado es una realidad incontestable, cuál es el sentido de querer disponer de una nueva nación frágil y enclenque cuando en Europa grandes y pequeños se debaten y luchan a brazo partido por la unión política.

Este ejercicio de responsabilidad ciudadana, de apego popular a lo nacional, redundará en una mejor actitud del centrismo para escuchar sus reclamos. Los problemas que Cataluña intentaba resolver por la vía separatista pueden ser resueltos menos traumáticamente en el seno de la comunidad española. Venció la sindéresis, el equilibrio, el sentido común.