• Caracas (Venezuela)

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Freddy Lepage

¿Quién quiere dinamitar la democracia?

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El régimen de Maduro cada día se asemeja más al de una dictadura. El hecho de celebrar elecciones –cuestionadas y trucadas– con el ventajismo de utilizar a su favor todo el aparato oficialista distorsiona cualquier posibilidad de pensar que en Venezuela se respeta la voluntad popular. El nuevo estilo que se ha instaurado en varios países latinoamericanos es el de la toma el poder por medio de elecciones, para luego detonar desde dentro a la misma democracia. Este fenómeno, aunque no es nuevo, tomó nuevos bríos desde la llegada de Chávez al poder en 1999.

Ahora bien, tan importante es la legitimidad de origen –la de Maduro está cuestionada– como la de desempeño o de gestión y la autonomía de los poderes. Es decir, se debe cumplir con una serie de pautas democráticas para que cualquier gobierno sea reconocido como tal. Ahora bien, la situación actual venezolana es muy grave. Por un lado está la ceguera –rayana en autismo de los militares y civiles todopoderosos porque cuentan con el monopolio de las armas y el control absoluto de todas las instituciones del Estado–, y por el otro, la actitud valiente y decidida de los jóvenes estudiantes que se están jugando su futuro en un país que no le ofrece ninguno, más allá de emigrar a otras latitudes para conseguir empleos dignos, seguridad personal y las libertades necesarias para desempeñarse una vez que se gradúen.

El gobierno se encuentra entrampado en un laberinto creado por él mismo del cual le será muy difícil salir, sin pagar un altísimo costo político. Las acciones radicales y arbitrariedades de Diosdado Cabello, así como la brutal represión de los cuerpos de seguridad y de las bandas armadas contra los manifestantes –causantes de un número importante de muertos– le han subido el tono a la violencia a niveles que han encendido las alarmas internacionales. Todo aquel andamiaje “democrático” laboriosa y meticulosamente construido durante 15 años por el comandante eterno para mantener una fachada democrática ha sido echado al suelo por sus herederos en apenas mes y medio.

Para muestra basta un botón: los desmanes ocurridos en San Cristóbal, donde tuvieron que militarizar toda la ciudad con el Ejército y la presencia del Alto Mando para aplacar –sin resultado alguno– a un pueblo arrecho por tantos atropellos, ha recorrido todos los rincones del globo terráqueo. Por cierto, que tal operación militar habla muy mal de quienes la idearon y la ejecutaron porque –en la práctica– salieron con las tablas en la cabeza. Cómo se puede pensar que semejante preparación castrense pueda servir ante una amenaza (que, por suerte, no está planteada en la mente de ningún venezolano con cuatro dedos de frente) de algún país extranjero. Si, para someter a una población inerme, sin más armas que las de la razón que le asiste para expresar su descontento ante un régimen que ha fracasado, han necesitado tal despliegue de efectivos y fuerza bruta, me asalta la pregunta ¿cuál sería su proceder en caso de una verdadera conflagración militar externa? Seguramente estaríamos fritos…    

Los vulgares y descarados atropellos a la Constitución en el caso de María Corina Machado y el encarcelamiento arbitrario de Leopoldo López y los alcaldes Ceballos y Scarano en instalaciones militares, así como la detención ilegal de estudiantes por el simple hecho de expresar su inconformidad por lo que ocurre, amén de  las repetidas amenazas de Maduro a todos los acaldes que no se plieguen a la represión contra la protesta, son síntomas claves del deterioro institucional, progresivo y sostenido de un gobierno que siente cuestionada y amenazada su estabilidad y permanencia. Por eso, es menester acabar con las libertades públicas violando flagrantemente los derechos humanos fundamentales. Pero, eso no es suficiente…