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Diego Arroyo Gil

La quema de los infieles

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Según algunos opinadores de alterada vena (proliferan, sobre todo, en las redes sociales), la oposición claudicó para siempre de sus ideales y firmó su sentencia de muerte hace unos días, cuando sus alcaldes asistieron a la reunión de alcaldes –perdone usted la redundancia– en Miraflores.

La verdad es que no deben extrañarnos este tipo de sentencias, de cohetes verbales. Savonarolas ha habido desde que el mundo es mundo, gentes que apenas abren los ojos por la mañana creen que la primera luz del día será la última sobre la tierra (la frase es de John Banville). Lo paradójico es que no son suicidas. Llegan a viejos con la misma mala uva que mordieron en la niñez. Agrio vino.

A ver, se puede no estar de acuerdo con el hecho de que los alcaldes de la oposición hayan asistido a un acto presidido por Nicolás Maduro. Hay personas que así lo han expresado, tranquilamente. Pero una cosa es no estar de acuerdo y argumentar por qué y otra distinta es lo que estos aspaventeros hacen: ladran, chillan, aúllan como un animal herido. “¡Han echado por la borda nuestra lucha!”, exclaman. Por favor.

En el fondo –aunque el síntoma es bien visible– lo que les pasa es que no conciben que sus opiniones no sean la Santa Palabra y, como todas, puedan requerir matices. Más bien porque creen que dicen el catecismo van por el mundo como el loco de avenida llamando a la quema de los infieles.

A veces yo también me pongo así, es la verdad, pero quiero creer que he mejorado con el tiempo. En 2002, sin ir más lejos, poco me faltó para ponerme una bata e ir a predicar mi evangelio en la plaza Altamira. Me detuvo un viejo amigo que había vivido casi todo el siglo XX venezolano.

Esta fue su advertencia: “Revise los libros, hijo, dese cuenta de que los histéricos no llegan a ninguna parte”. Salí a la calle con la admonición en mente y me dediqué a observar y a debatir, como hizo y como sigue haciendo la mayoría de la gente. A veces estuve de acuerdo con las decisiones que tomaban nuestros líderes. Otras no. ¿No es lo normal?

La oposición –lo dijo Aveledo hace unos días– está al tanto de que tiene cosas que corregir. Precisamente gracias a que lleva tiempo corrigiéndose a sí misma ha llegado adonde ha llegado, ha logrado convertirse en esa inmensa fuerza política y moral que es. Por lo demás, Ledezma, Blyde, Smolansky, muchos de los representantes de la sociedad democrática dijeron su palabra con rigor y sobriedad. Nuestros alcaldes dieron una lección en Miraflores, donde desde hace tiempo no se escuchaban palabras serenas y templadas.

Hay que confiar un poco más en lo que los líderes que hemos visto crecer pueden hacer por nosotros. Prestarle la voz al grito no contribuye en nada con las reformas que las críticas de buena lid reclaman.