• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Rodolfo Izaguirre

¡Las quejas de los vecinos!

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El poeta Juan Sánchez Peláez (1922-2003), autor de Elena y los elementos (1951) y de Animal de costumbre (1959), me miró, suspiró y dijo: “¡Las quejas de los vecinos!”. Hizo una ligera pausa y agregó: “¡Qué buen título para un libro!”. Le dije que otros se habían apropiado o adelantado con títulos que yo habría querido para mí como la Impaciencia del corazón, por ejemplo, 1938, de Stefan Zweig o la no menos hermosa e inquietante Pesadumbre de la belleza, 1957, de Baldomero Sanin Cano que parafraseaba con agudeza al Rimbaud de Une saison en enfer cuando el prosista colombiano permitió sentar en sus rodillas a una bella muchacha sin puesto en el pequeño autobús de provincia y, al poco rato, abrumado por el peso de aquella chica, encontró su belleza amarga y la injurió.

En la Caracas de mi niñez eran frecuentes las casas de vecindad que ocupaban solares en los que se alineaban una frente a otra pequeñas viviendas de gente muy humilde y la convivencia se descubría áspera y hostil y las quejas discurrían como agua sucia. En la parroquia donde transcurrió mi infancia las quejas apuntaban hacia una casa diagonal a la mía en la que un par de muchachas alegres y festivas organizaban fiestas y reuniones con invitados no conocidos por las fisgonas señoras que reinaban, por el contrario, en las “casas de familia”.

“Queja” significa expresión de algún dolor. Es resentimiento, querella, disgusto o acusación. Permanentemente, con ésta o aquella república, nos quejamos del gobierno; volcamos sobre él nuestras desventuras y le achacamos la mala vida que llevamos por nuestra propia culpa y después de vociferarlas seguimos camino hacia la desgracia creyéndonos más aligerados y resueltos. Vivimos envueltos en las quejas de los vecinos. Peor aún: ¡tenemos! vecinos que entran y salen; gritan, cuelgan la ropa en los balcones; escuchan gaitas estridentes y ¡les pegan a los hijos!

Conozco a VQ, un amigo arquitecto que, al mudarse a Oriente por razones de trabajo, me cedió la casa en la que vivía alquilado en una calle ciega muy arbolada en el este de la ciudad. Entre las recomendaciones que me hizo enfatizó la presencia de la vecina, una mujer entrometida de la que había que cuidarse. ¡Él lo hizo! Es más: fue lo primero que hizo al mudarse a aquella pequeña quinta cuyo jardín estaba separado de la casa vecina por una alambrada. Esa primera mañana, temprano, VQ se dispuso a regar el jardín con su manguera y en eso estaba cuando apareció la vecina a la que también veía por primera vez: ¡alborozada, gesticulando y manifestando casi a gritos la complacencia que le producía tener un nuevo vecino!

VQ no pronunció una sola palabra. La miró fijamente sin soltar la manguera y ella continuó impertérrita su perorata de bienvenida: porque tiene usted que comprender que los vecinos tenemos que conocernos, que la amistad es un tesoro y si hay niños habrá que hermanarlos porque el porvenir del país los necesita y es nuestra obligación como padres orientarlos y evitarles malos pasos y... Cuando VQ me alertó sobre aquella mujer dijo que no pudo contenerse y lo único que pensó fue no tener que lidiar con ella; mantenerla bien alejada, y fue cuando mi amigo se transformó ante mis ojos en protagonista de una hazaña portentosa porque dirigió la manguera hacia la mujer y la bañó despiadadamente, ajeno e insensible a los gritos y maldiciones de la asombrada vecina de la que nunca escuchó a partir de ese momento ninguna queja porque ella jamás le habló ni le dirigió mirada alguna. Cuando me tocó conocerla, encontré a una vecina precavida, cautelosa y escarmentada que miraba, sin embargo, con recelo ¡la manguera de mi jardín!