• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

La pureza del horizonte

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Encendimos una fogata frente al mar mientras tomábamos unos tragos y esperábamos el momento en el que se produciría el eclipse lunar anunciado en la prensa. Reíamos, no nos tomábamos en serio, excitados como estábamos no tanto por el hecho de presenciar un acontecimiento astronómico infrecuente sino por los tragos que ya empezaban a hacer efecto. Pero la euforia se disolvió y nos envolvió la angustia y el pavor cuando alguien del grupo dijo, como si hablara consigo mismo: ¿Qué pasaría si el horizonte comenzara a avanzar hacia nosotros?

Resultó terrorífico el comentario porque significaba que, al venir hacia nosotros lenta e inexorablemente, el espacio de nuestra alegría lunar terminaría empequeñeciéndose hasta no quedar lugar firme y seríamos arrastrados hacia atrás como si alguna ola silenciosa y gigantesca, una nueva presencia nos borrara del mundo; arrollados y devastados por esa línea que hace que se unan el cielo y la tierra y pone límites a la misma tierra confundida con la vastedad celestial. Un terror similar a los que tanto agobiaban a Malte Laurids Brigge en los cuadernos que escribió Rainer Maria Rilke: “¡Que esta miga de pan sea de vidrio al caer y se rompa!”, o este otro muy ajustado a la generalizada corrupción chavista: “¡Que una cifra comience a crecer en mi cerebro y no haya espacio para contenerla!”. Porque ¿cómo se escriben los millares de millardos escamoteados al tesoro público en los últimos quince años de régimen bolivariano? ¿Cuántos números hay que poner uno tras otro?

El horizonte comenzó a acercarse a nosotros desde el momento en que Hugo Chávez apareció en la escena política. Él creyó que podía unir el cielo con la tierra y murió sabiendo que lo único que había logrado fue agregar un nuevo terror a los enumerados por Rilke, pero no como un fascinante terror metafísico sino como una catástrofe y aplastante ruina por haber desplazado el horizonte convirtiendo en luto y devastación lo que alguna vez fueron parajes de goce y esplendor. Al tener el horizonte encima nuestro, maltratándonos sin clemencia y empujándonos hacia atrás con cuartelaria agresividad, los más jóvenes ya no pueden verlo o superarlo. ¡Su agobiante proximidad les impide avanzar! Más allá de él, tan cercano ahora, no hay distancias que recorrer. Y el resto de nosotros tratamos a duras penas de soportar la embestida. En el país el horizonte es hoy una garra, una banda armada, un Estado forajido, una abominación que se enriquece con el narcotráfico. Un lugar de oprobios, trampas y mentiras; de humillaciones y vejámenes a la dignidad. El horizonte que antes alabábamos por la perfecta pureza de su línea en el confín de nuestras miradas es una calamidad que nos avasalla. Se hizo verdad la interrogante formulada por quien junto al calor de una fogata mientras esperábamos que la luna se desvaneciera en el cielo, vaticinó la posibilidad de que el horizonte se acercara a nosotros para deshacernos. No hay ahora horizonte que alcanzar o superar. Al acercarse se ha convertido en una barrera contaminada con los bacilos del régimen militar. ¡Nos cierra el paso, nos encarcela! No nos deja respirar y ansiosos buscamos oxígeno en los lugares donde todavía reinan la inteligencia y la sensibilidad. Con dificultad mantenemos abiertas las puertas y las ventanas universitarias; disentimos, protestamos, y a pesar de las amenazas y la cárcel exigimos justicia y libertad y nos empeñamos en colocar nuevamente el horizonte en su lugar para que vuelvan a confundirse el cielo y la tierra en la ilusoria y admirable línea de su perfecta y fascinante pureza.