• Caracas (Venezuela)

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Álvaro Requena

Hasta un punto…

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Enero 2013 será recordado en los anales de Venezuela y en la memoria de muchos compatriotas, que mortificados y retorcidos de malestar, rabia, impotencia e incredulidad, hemos presenciado el “parto de los montes” que significó la “continuidad”, la desconstitucionalización del periodo de gobierno y la desformalización del mismo.

¿Qué puede significar para una nación un desafuero como ese y los otros que estamos viviendo en este país?

Se trata de un cambio de señal, del lenguaje y de la actitud política y social que, de ahora en adelante, ya no será la misma. Las definiciones que nos daban seguridad y esperanza en cuanto a la duración e intención de las divisiones del tiempo en las funciones gubernamentales y legales, ya no existen y no van a regresar, por ahora. Los gobiernos durarán tanto como la fuerza que representen lo decida. Los votos, mejor dicho, las elecciones, servirán como el adorno perfecto, el hábito que sí hace al monje.

No es la primera vez que vivimos una situación en la que el temor y la paranoia llevaron a los gobernantes a elucubraciones vagas, sin mayores fundamentos y a imponer formalidades especiales para aparentar que se defendían derechos constitucionales y leyes. Un ejemplo fue la anulación de los votos asistidos, las firmas del revocatorio y otras triquiñuelas que “justificaron” la “tramparencia” de aquellos procesos.

Eso es lo que tenemos y las reacciones a las decisiones tomadas por la clase oficialista venezolana, no se han hecho esperar. Ha habido protestas escritas, habladas, gritadas, caceroleadas, indignadas y también calladas o musitadas. Cada vez es más frecuente el silencio y, además, disentir, para muchos, ya no es una opción. Mutismo activo y aquinesia selectiva son actitudes corrientes. Seguimos siendo un “bravo pueblo”, porque nos ponemos bravos, no porque seamos osados y decididos al sentirnos indignados.

La pasión por el caudillo, por el líder reformador, por el lucero de la patria y el timonel del Estado, ya las conocemos. La historia reciente está llena de calificativos similares en alabanza y obsecuencia a sus jefes, elegidos o no. Siglos de jalabolismo despiadado e irrespetuoso para con los ciudadanos y las leyes que los arropan. Siglos de torcimiento, amañamiento o desprecio de las leyes. Entretanto, alguien debe aparecer justificando, explicando y diseñando una tramoya que haga más digerible la situación.

Tomemos notas amigos, reportemos el momento y lo que sentimos. La cuerda se puede torcer, la presión se puede ejercer, el miedo se puede infundir, pero hasta un punto. El punto de quiebre va del individuo al colectivo. Se puede mentir y engañar casi todo el tiempo a casi todo el mundo, pero hasta un punto. Hasta que seamos de nuevo el “bravo pueblo” indignados, arrojados y temerarios, que siempre fuimos.