• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

Sobre el pueblo

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A lo largo de casi un centenar de artículos he venido tratando el tema de la violencia desde todos los puntos de vista que me han parecido pertinentes con la intención de aportar algo para mantener vigilante la conciencia ciudadana ante la peor amenaza que a todos nos acecha. Creo llegado el momento de cerrar este ciclo y abrir otro. No es un cierre hermético ni con siete llaves pues será tristemente inevitable volver a él.

Dada una publicación ampliamente conocida, fruto de acuciosa investigación, que lleva por título “Y salimos a matar gente”, el Centro de Investigaciones Populares, que coordino desde hace más de veinte años, ha sido considerado como un instituto de estudios sobre violencia, lo cual no corresponde exactamente a la realidad. El foco de los trabajos del Centro y de la gran mayoría de sus publicaciones, ha sido desde sus orígenes y lo sigue siendo, la producción de un conocimiento lo más completo y realista posible del mundo-de-vida popular venezolano, esto es, de cómo el pueblo venezolano piensa el mundo en el que vive, cómo lo siente, cómo se lo representa, cómo lo practica, cómo lo produce, cómo entabla sus relaciones y, en general, cómo se hace y se vive persona cada uno en él.

Pero de qué se trata cuando se habla de pueblo.

El término pueblo está quizás con demasiada frecuencia en boca de mucha gente, pero sobre todo en la de los políticos y más en nuestros últimos tiempos. Los científicos sociales hoy tienden a descartarlo como tema de estudio e incluso de simple conocimiento por su aparente imprecisión, por sus connotaciones ideológicas y por el uso manipulativo al que se presta y se ha prestado. Sin embargo, todos sabemos, a primera vista, de qué hablamos cuando decimos pueblo aunque, luego, la reflexión encuentre dificultades en precisar.

El concepto más moderno, el que arranca de la Ilustración, identifica al pueblo con el total de la población de un estado-nación, esto es, como sujeto civil y político sin distinciones internas. El concepto de pueblo, sin embargo, no tiene origen ilustrado. Es mucho más antiguo. Entre nosotros, lo podemos remontar tanto a Grecia como a Roma. La sociedad romana se concibe como senatus populusque romanus; senado y pueblo. Dos componentes claramente distintos: lo que podríamos llamar hoy las élites por estirpe, poder y riquezas y el pueblo, la masa de los pobres sin estirpe ni poder. Forman un binomio pero no se identifican. A ésta, en nuestra cultura, se une otra tradición, la bíblica. En ella el pueblo es “el pueblo de Yahvé”. No habría distinción entre pueblo y élites. Sin embargo, los profetas identifican al pueblo con “los pobres de Yahvé” distinguiéndolo de sus dirigentes que lo oprimen. Si en Roma pueblo es un concepto sociológico, en Israel es sobre todo un concepto ético, pero en ambos hay una clara distinción entre dirigencia y pueblo. Las dos tradiciones se fusionan en la tradición cristiana: pueblo es a la vez un concepto sociológico y ético. En la Modernidad éste se desliza de socio-ético a socio-político. Sin embargo, nada suprime la vieja distinción entre dirigencia y pueblo. La sociedad venezolana no es comprensible sin esta misma distinción por múltiples razones y quizás precisamente el no hacerla sobre bases sólidas de investigación y sobre un conocimiento bien elaborado con toda la sistematicidad, el control y la crítica propios de las actuales ciencias sociales sino sobre opiniones y especulaciones basadas en presupuestos y prejuicios transmitidos de generación en generación, explique muchos de los desaciertos en la conducción política, social y económica del país.

Sirva esto de introducción a un nuevo tema.