• Caracas (Venezuela)

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Fernando Luis Egaña

Un pueblo desesperado

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Maduro y sus colaboradores se la pasan repitiendo que los venezolanos somos unos de los pueblos más felices del mundo. Una prueba más, si es que hacía falta alguna adicional, de que Maduro y sus colaboradores viven en una burbuja que está completamente aislada de la trágica situación que padece Venezuela. Y, encima, también repiten que están haciendo una obra portentosa a favor de Venezuela, de importancia y significación planetaria. Si se creen o no esos despropósitos es otro tema, más para el dominio de la psiquiatría que de la política. Pero lo más avasallante de la realidad de nuestro país es que el conjunto del pueblo está desesperado.

Lo que siente la abrumadora mayoría de los venezolanos o. Una prueba masan repitiendo que los venezolanos somos unos de los pueblos mno es mera inquietud o preocupación, o incluso angustia o ansiedad. Es mucho pero mucho más. Es verdadera desesperación lo que está apoderándose de densos sectores sociales, ante la escasez de comida, de medicinas, y de cualquier cosa necesaria para la supervivencia diaria. El “Cumanacazo”, como fenómeno de desesperación colectiva no es un hecho aislado. Por todos los rincones de Venezuela se producen situaciones parecidas en lo esencial, aunque no siempre del mismo alcance de lo que acontece en Cumaná. Y ello tiende a extenderse por todo el territorio nacional, y no solo en ámbitos “periféricos” sino muy centrados en los principales núcleos urbanos.

Pero, sobre todo, la desesperación viene por la falta de alimentos. Una situación sin precedentes en la memoria colectiva de los venezolanos. Porque no es que la comida esté extremadamente cara, que la está cuando se consigue, es que no se encuentra gran parte de los alimentos básicos. Por eso los saqueos están a la orden del día. Por eso es que los grandes mercados están militarizados y los pequeños venden la poca mercancía que  tienen con las rejas trancadas. Y los transportistas de alimentos se niegan a hacer su trabajo, por justificado temor, en gran parte del país.os ientos en una burbuja que est

Nada de esto es exageración. Es el drama cotidiano de la familia venezolana. Y mientras más necesitada, más pobre, más dramática es la realidad. La desesperación social es alteración intensa, cólera, enojo violento, anarquía. Ya lo estamos padeciendo y todo indica que las críticas condiciones van a empeorar. Cada vez se produce menos, cada vez se importa menos, y la conclusión es obvia: cada vez hay menos qué comer. Los rimbombantes planes y motores de la hegemonía son eso: pura rimbombancia. Propaganda cada vez menos creíble, en particular en las innumerables e interminables colas que son un signo característico de esta menguada Venezuela.

La respuesta no puede ser la represión. Ni el racionamiento discriminatorio de los “CLAP”. No. La respuesta es el cambio de fondo que el país reclama. Pero en esto la hegemonía no está dispuesta a transigir ni un milímetro. Y lo que muchos solicitan es una consulta popular, en este caso el referéndum revocatorio consagrado en la Constitución. Pero no.

Maduro y sus colaboradores quieren seguir concentrando el poder para continuar despotizando y depredando. De allí que el grueso del pueblo venezolano esté desesperado. Y no hay peor consejera que la desesperación. Por tanto, lo que ya está pasando y lo que esté por pasar será una responsabilidad principal de la hegemonía roja. En teoría podría haber tiempo para evitar lo peor, pero en la práctica a los poderosos rojos no les importa ni la desesperación ni el destino de la población.