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Elio Gómez Grillo

El psicoanálisis criminal

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Cuando César Lombroso y los suyos están creando hacia los finales del siglo XIX la criminología científica, ya otro genio llamado Segismundo Freud había lanzado al mundo su doctrina, también científica, que todos llamamos psicoanálisis y que actualiza hacia los cuarenta del siglo XX su enjundia criminológica y casi monta tienda propia bajo la titulación, tan comprensiva, de psicoanálisis criminal.

Con el psicoanálisis criminal, el ensimismamiento, la mismidad criminológica, se hace psicológica por primera vez. De la concreción de lo anatomofisiológico se pasa a la abstracción de lo mental. Ya no son los rostros patibularios, ni las hormonas transgresoras, ni los cuerpos y temperamentos violatorios.
Ahora es el alma pura aristotélica, la conciencia sin mediciones antropométricas ni contajes hormonales y todavía más allá, más allá de la conciencia la metaconciencia, el inconsciente, sí, una fuerza recién descubierta que Freud ha hecho saltar de su sombrero de prestidigitador inverosímil.

En ese inconsciente se alojan los complejos, y uno de ellos, el complejo de Edipo, que es el amor inconsciente incestuoso hacia la madre, produce en el individuo otro complejo, el de culpa, el cual genera la búsqueda de una expiación, a manera de penitencia purificadora.

En los sujetos que poseen una criminalidad latente, aquella sed de castigo expiatorio se satisface mediante la comisión de un hecho delictivo, con la finalidad inconsciente de sufrir una sanción. El delito en sí no sería sino un medio, un pretexto –con una causal racionalizada, esto es aparentemente justificada– para merecer una pena y lograr su liberación psíquica.

Por eso Freud asienta que “el sentimiento de culpabilidad no ha surgido como consecuencia del delito perpetrado, sino que este ha sido cometido como consecuencia del sentimiento de culpabilidad”. Es decir, que se delinque para ser castigado y poder expiar así la culpa edípica.

La cárcel aparece por añadidura, como el gran útero materno que representa protección y amparo. La condena, en lugar de constituir un castigo, representaría un premio, una gratificación.