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Leopoldo Tablante

La nada y su proyecto

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En otro tiempo, a los periodistas se les llamaba, peyorativamente, «plumarios». Sin mencionar las malas lenguas de la intelectualidad recalcitrante (y la reprobación de los gobiernos dictatoriales, mejorando lo presente), los miembros del gremio han figurado en la ficción como habladores, sin poesía y sin escrúpulos, al servicio de su propia vanidad: el George Du Roy de Guy de Maupassant, el Charles Foster Kane de Orson Welles o el editor de sucesos del diario La Crónica de Lima, el inefable Arispe, que el Vargas Llosa de Conversación en La Catedral presenta como un tipo vulgar y amargo, encarnación de la máxima de que «el periodismo no es una vocación sino una frustración».

De la misma idea se ha hecho eco Alberto Barrera Tyszka, quien ha anotado en su narrativa que los periodistas con novelas engavetadas son seres dignos de suspicacia. El tema, clásico, también inspiró La dolce vita de Federico Fellini, revisitada 52 años más tarde por otro director italiano, el Paolo Sorrentino de La grande bellezza, Óscar a la mejor película extranjera en la ceremonia de 2014.

¿Recuerdan que, al final de La dolce vita, Marcello, periodista de farándula encarnado por Marcello Mastroianni, va a una playa con un grupo de jóvenes trasnochados de la burguesía romana y mira con displicencia a un monstruo marino recién arrastrado por unos pescadores y que después, aturdido y borracho, contempla desde la distancia a una chica rubia que trabaja en una fonda de la costa y que para él simboliza la inocencia y la esperanza? La película termina con un largo plano del rostro de la muchacha sonriendo misteriosamente. El recurso insinúa que, si tuviera el valor de guardar silencio, Marcello podría darle la espalda a su arribismo social para conectar con la compasión, con la belleza y consigo mismo. La grande bellezza retoma esa misma idea para presentárnosla como vida consumada: la de Jep Gambardella, un periodista cultural de 65 años. Napolitano, vive en Roma donde, con mucha elegancia, ya fue, ya malbarató su vida en dimes y diretes y viene de regreso hacia una soledad ineluctable.

De fiesta en fiesta –cuyo éxito social depende de lo que él tenga a bien publicar al respecto−, impecablemente vestido y con el abdomen a raya gracias a los rigores de una faja elástica, Jep se trasnocha con frecuencia, lo que no le impide recordar las emociones de su juventud, el comienzo de ese viaje al final de la noche sobre el que la película nos advierte de entrada con esta frase de Louis Ferdinand Céline: «Viajar es útil, pone en marcha la imaginación, el resto es ilusión y dolor. Nuestro viaje es completamente imaginario, y esa es su fuerza». Entre chismes y barullo, Gambardella retorna a su primera emoción amorosa y erótica, a su éxito fugaz a los 25 años con una única novela olvidada que tituló El aparato humano, tras la cual han transcurrido cuatro décadas de sequía. No obstante, el periodista estaría a punto de heredar una idea narrativa de Gustave Flaubert: escribir una novela sobre la nada, tema cuyas implicaciones ha conocido al dedillo gracias a su itinerario de socialite.

Mientras hace acopio de motivación, La grande bellezza se distrae en la amnesia de Jep ante sus romances furtivos, en la ilusión por una bailarina exótica a punto de morir, en la mala saña de una amiga con orgullo suficiente para reprocharle su mediocridad a sus amigos pero incapaz de admitir la suya propia, en el decálogo de hábitos a ser exhibidos en funerales (el evento social por excelencia), en el cable a tierra que para él representa su doméstica asiática (su único vínculo humano con el mundo real) y en la cena con una anciana beata a punto de alcanzar el éxtasis de la muerte.

Pero, como en La dolce vita, la principal distracción de La grande bellezza es la ciudad donde se afinca: las ruinas esplendorosas y polvorientas de una Roma que abruma con su edad, sus placeres y su blablablá una vida que se ha hecho, se ha estancado y comienza decantarse: la de Jep Gambardella, a punto de conquistar la solemne sabiduría del silencio.