• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El próximo papa

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El jueves 28 de febrero marcó un hecho histórico. Sucedió algo no visto en los últimos 500 años, el retiro voluntario de un pontífice romano. Desde el
momento en que el papa Ratzinger sorprendió al mundo con su renuncia, han sido innumerables las consideraciones y especulaciones que la decisión
suscitó. Un hecho sin precedentes, era lógico que diera lugar a las más variadas hipótesis.

A sabiendas del impacto que la noticia causaría dentro y fuera de la Iglesia, Benedicto XVI se esmeró en preverlo todo y en manejar la situación
con un tacto que la historia le reconocerá, con una ponderación y una claridad que, al tiempo de reivindicar su derecho personal al retiro, definió las líneas de la transición y de la posterior coexistencia con el sucesor. Ratzinger será ahora papa emérito, pero hará vida monástica y como
gran teólogo, quizás lo espere la escritura de nuevas obras capitales.

Con su retiro no cesarán los análisis de su obra como sucesor de Juan Pablo II. Ya este hecho, suceder a un pontífice de tan largo reinado y de personalidad tan singular, debió contar en el ánimo de Benedicto XVI.

Parece ser un denominador común. Al papa Eugenio Pacelli, el cuestionado Pío XII de la II Guerra mundial, lo sucedió un pontífice de personalidad totalmente diferente, como Juan XXIII. Humilde, sensible, cercano a la gente. Reformador. Y a este lo sustituyó uno diferente, el papa Montini, Paulo VI. El primer papa que viajó fuera de Europa.

Un papa que duró apenas treinta días, Juan Pablo I, abrió inesperadamente las puertas del Vaticano a un papa no italiano, el polaco Juan Pablo II, pontífice mediático y personalidad política de vasta influencia, recorrió los cinco continentes, y dejó una obra imperecedera. En 2005 ascendió Ratzinger. Por propia decisión, acaba de pasar al retiro.

Como se ha advertido durante estos días, los problemas de la Iglesia católica son innumerables y complejos. Ratzinger se sintió sin las fuerzas y sin la energía para enfrentarlos. A partir del 28 de febrero, los ojos ya no se dirigen al pontífice que desaparece de la escena. Los desafíos que se vislumbran en el horizonte son de gran magnitud. Ya no se trata ahora de elegir un papa de transición, lo que se requiere es un pontífice que tenga la capacidad de estadista de Juan Pablo II, la sabiduría de Benedicto XVI, pero sobre todo la sensibilidad de Juan XXIII, la comprensión de las grandes reformas que deben acometerse dentro y fuera de la Santa Sede.

Tal vez no sea lo fundamental la representación geográfica del nuevo pontífice. Lo que va a contar es el espíritu de reforma y de avance, de cambios sustanciales, y de una nueva toma de conciencia por parte de cardenales y de obispos. Quizás no sea tampoco la obra milagrosa de un nuevo papa. Para que los cambios vengan y vengan con armonía, la cuestión trascenderá al sucesor de Benedicto XVI. Esperemos el humo blanco y la sabiduría del Espíritu Santo.