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Lorena González

Los protocolos de la inercia

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La crítica de arte tiene múltiples opciones de estructuración, en especial dentro de los campos abiertos y volátiles que ha asentado la cultura contemporánea. Si el arte, el contexto y las formas de asumir la historia cambian, de algún modo la crítica debe responder a esas transformaciones, volverse testimonio; no solo de los movimientos que surgen en el día a día, sino también como contrapunto desde la propia escritura frente a la imagen que batalla en la voracidad del afuera. A veces es imperante demandar ajustes cuando no es exitosa la vinculación entre las intenciones del artista, los procesos de la materia y la conexión final con el entorno. Lo ideal es reclamar atención en los casos en los que se atisba la mejora potencial del camino fallido, pues las causas perdidas tan solo conllevan a la palabra inútil, manchada por la soberbia de aquel que se cree dueño de la verdad para condenar o glorificar.

En tiempos oscuros la crítica debe ser dialogante. Asiento ese terreno por la experiencia que tuve con el artista Hayfer Brea, la cual decantó en la exposición Inercia ante la lejanía, presentada desde febrero en los espacios del PP del hotel Paseo Las Mercedes. Allí, en las serenas y complejas imágenes que desarrolló en torno a la situación ecológica del lago de Valencia, se encuentran las claves de un proceso que dio sus primeras señales en el no tan afortunado ejercicio de la muestra El Teide: mis raíces canarias, presentada en Oficina #1 en el año 2011 y reseñada en esta columna. Sin embargo, allí estaban las claves que comenzarían a desplazar su maestría en el dibujo y las especiales relaciones críticas que ha establecido con el paisaje hacia conjuntos desprendidos de lo conocido; indagando en riesgos inéditos brotaron zonas donde la acción, el performance, la instalación, el video y la fotografía se revelaron como una nueva manera de dibujar sus inquietudes frente a los vacíos y ausencias que ocupan sus proyectos artísticos.

En Inercia ante la lejanía, Brea recompone una secuencia visual en la que la fotografía está cargada de una profundidad soterrada y contundente, revelando un nexo poderoso entre ruinas beligerantes y la capacidad de la mirada para atrapar esa poética. Con cierta distancia captura la desolación de puntos geográficos de este importante reservorio de agua dulce de nuestro país, el cual está extendiendo sus límites y presentando altos niveles de contaminación producto del crecimiento de las ciudades de Valencia y Maracay. El artista se ocupó de insertarse en lo no visto, en aquello que todos cuestionan pero de lo que nadie se responsabiliza; lejanía absurda, olvido, evasión constante ante los ángulos de lo terrible que acecha, anulando incluso el empalme con la belleza que todavía respira en las conflictivas aguas. Lo más valioso que produjo Brea es una imagen cargada de proceso y constancia. En momentos en los que lo fotográfico extiende sus redes hacia un ejercicio fugaz al alcance de todos, surge esta serie en la que el poder de la imagen es una narrativa eficaz que convoca a la palabra. La fotografía brota y susurra hacia nosotros, nos habla, pregunta… desde el lugar de la urgencia que apabulla a lo importante, en el vórtice de un caos que agarrota la verdadera acción sobre los delicados problemas que hoy nos asedian.