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Elsa Cardozo

Las protestas de aquí

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Las magnitudes de Brasil, al lado de su proyección mundial como potencia emergente, han hecho de las protestas de las últimas tres semanas noticia de primera plana en buena parte del mundo. No está de más mover la vista a otras escalas y momentos, comenzando por los regionales hasta llegar a Venezuela.

El tránsito de nuestro vecindario al siglo XXI estuvo signado por movilizaciones que colocaron a varios presidentes en el trance de dejar el cargo. Así ocurrió en Perú con Fujimori y en Ecuador con Jamil Mahuad en 2000; al año siguiente se retiró Fernando de la Rúa de la presidencia en Argentina y se produjo la movilización que precedió el anuncio de la renuncia de Hugo Chávez; le siguieron en Bolivia las de Gonzalo Sánchez de Lozada, en 2003; y Carlos Mesa, dos años después. 

Se inició entonces el llamado giro a la izquierda. Mientras Chávez recuperaba el poder y ofrecía rectificaciones, finalmente vanas, dirigentes opositores que en otros países prometían transformaciones sociales y económicas mayores llegaban a la presidencia en Brasil, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Argentina y, más adelante, Uruguay y Paraguay. En Chile ya gobernaban los socialistas como miembros de la Concertación. Por supuesto, la ola izquierdista mostró rápidamente divergencias de fondo.

Pocos de esos gobiernos, desde la presidencia y el congreso, hicieron honor a lo mucho que habían prometido. Los que más cumplieron fueron los presididos por Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile, y el de Lula da Silva en Brasil, con antecedentes en el trecho andado por el socialista Fernando H. Cardoso. También cumplieron razonablemente los gobiernos uruguayos de Tabaré Vásquez y José Mujica. De resto, los más radicales en sus discursos asumieron, con determinación y sin escrúpulos, políticas acalladoras de la crítica y obstructoras de los canales institucionales de control, así como fórmulas reeleccionistas para gobernar por más de dos períodos.

Es esa la situación en la que reaparece la protesta social bajo gobiernos reelectos. Un estudio reciente del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (La Protesta Social en América Latina, 2013) identifica reclamos por la desatención a necesidades básicas, incumplimientos institucionales y de gestión, e irrespeto a derechos y valores. En las protestas de los últimos tres años, para decirlo en pocas palabras, se viene manifestando una nueva manera de hacer oposición, desde la sociedad, a antiguos opositores ahora enraizados en el gobierno.

Por supuesto, es necesario hacer diferenciaciones; lo que para nuestro caso puede lograrse al comparar la gran protesta brasileña de estos días y las que por años y ahora se multiplican en Venezuela. Por aquí, según datos del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social sumaron 5.483 en 2012 y van 20.197 en los últimos seis años, con un salto mayor a partir de 2011, en condiciones sociales y políticas mucho menos complejas que las presentes.

Para el contraste y el seguimiento, ojalá que también para la imitación, quedan las reacciones de la presidente Dilma Rousseff, su equipo de Gobierno y el Congreso de Brasil: no hubo insultos ni descalificaciones, sólo firme exigencia de no violencia; los dirigentes más visibles fueron convocados a dialogar y se hizo público el compromiso de recursos provenientes del petróleo para educación, más rigor judicial ante la corrupción y el inicio de consultas para reformas políticas.